Abdelhamid Dabeiba, el pasado martes en el Parlamento libio, en la ciudad de Sirte.HAKIM AL-YAMANI / AP

El Parlamento de Libia ha aprobado este miércoles la formación de un Gobierno de transición impulsado por la ONU al frente del cual se situará Abdelhamid Dabeiba, un empresario millonario de 61 años nacido en la ciudad de Misrata. Libia se había convertido en un polvorín a las puertas de Europa, con miles de muertos y decenas de miles de desplazados y grandes potencias como Rusia y Turquía enfrentadas de forma indirecta. La guerra fomentó el nacimiento de mafias de traficantes que mandaban hacia Europa a más de 100.000 emigrantes irregulares cada año, hundió en la miseria al país con las mayores reservas de petróleo en África y provocó la llegada del Estado Islámico. Ahora, por primera vez en siete años, las dos grandes facciones enfrentadas del país, las del este y las del oeste, parecen remar en la misma dirección. El Gobierno de transición deberá organizar unas elecciones generales previstas para el 24 de diciembre.

Dabeiba obtuvo el respaldo de 121 de los 132 parlamentarios presentes reunidos en la ciudad de Sirte, a medio camino entre las dos regiones en que está fracturado el país, la Cirenaica (este) y la Tripolitana (oeste). La votación se produjo después de tres jornadas de debate que comenzaron el lunes 8 de marzo. El Parlamento llevaba dividido desde 2014, con una parte de los diputados en la ciudad de Tobruk, cercana a la frontera con Egipto, y otra parte en Trípoli.

El nuevo Gobierno estará compuesto por dos viceministros, 26 ministros y seis secretarios de Estado. El Ejecutivo reemplazará al llamado el Gobierno de Acuerdo Nacional, impulsado por la ONU en 2015 y con sede en Trípoli, aunque nunca fue reconocido por las autoridades y diputados que se encontraban en el este del país.

Jalel Harchaoui, investigador en el Clingendael Institute de La Haya, vaticinó en conversación telefónica con EL PAÍS el pasado lunes que Dabeiba obtendría la moción de confianza: “El Gobierno de Dabeiba es débil, pero va a obtener el apoyo de todas las partes para salvar el país. Las acusaciones de soborno que han recibido solo pretenden debilitarlo ante los repartos de poder que se están negociando. Los ministros que ha presentado no tienen un perfil fuerte, no son conocidos. Pero eso no importa, son mera fachada. Los actores que realmente van a contar ahora no son los ministros, sino otra gente como el mariscal Jalifa Hafter, en el este”.

Los desafíos para celebrar unas elecciones legislativas en diciembre son enormes. Dos de las potencias militares más influyentes en el país, como son Turquía y Rusia, apoyan a bandos rivales y no facilitan la retirada de sus mercenarios, tal como pactaron las partes enfrentadas. En el país hay 20.000 mercenarios, según cifraba la ONU en diciembre. Turquía se asentó en la llamada región Tripolitana y Rusia lo hizo sobre todo en la Cirenáica (al este) y en la sureña Fezán. El hombre fuerte del este, el mariscal Jalifa Hafter, de 77 años, sigue ejerciendo su influencia, amparado por Egipto y respaldado por Rusia y Emiratos Árabes Unidos. Y en la Tripolitana, la región gobernada por políticos adeptos a los Hermanos Musulmanes, diversas milicias compiten por el poder, a menudo de forma violenta.

Los obstáculos están ahí. Pero las buenas noticias también. Desde el pasado junio no se registran enfrentamientos entre los dos bandos. En octubre, las dos partes firmaron un alto el fuego. Los vuelos entre las dos principales ciudades del país, Trípoli y Bengasi, se reanudaron ese mes tras permanecer un año suspendidos. Y desde entonces, la ONU ha ido ensanchando el camino hacia la paz. Antes de la guerra de 2011 el país exportaba 1,6 millones de barriles diarios y ahora exporta 1,3 millones.

Jalel Harchaoui cree que el futuro inmediato en Libia no será blanco ni negro, sino lleno de zonas grises, de repartos sutiles de poder e influencia. Y el papel de las grandes potencias seguirá siendo primordial. “Emiratos Árabes Unidos puede estar contento porque sigue manteniendo una gran ascendencia ideológica a través de Jalifa Hafter y de sus aliados”, indica Harchaoui. “Y en cuanto a Turquía, también tiene razones para estar contenta. Mucha gente cree que los intereses de Turquía son religiosos, que pretende que los hermanos musulmanes se impongan en todo el país. Pero lo que realmente quiere Turquía de Libia es el dinero. Y ahora habrá muchos negocios por hacer en Libia”.

La formación de este Gobierno de transición fue impulsada por la ONU en noviembre con la creación del llamado Foro de Diálogo Político Libio (FDPL), cuyo objetivo era elegir un primer ministro y un presidente del Gobierno que formaran un Gobierno de transición. El pasado febrero, los 74 miembros del foro se reunieron en la ciudad suiza de Ginebra para elegir entre cuatro candidaturas a un primer ministro y a un presidente. Finalmente, los representantes de las tres regiones del país eligieron una lista que no parecía la favorita. Resultó designado como jefe del Gobierno Abdelhamid Dabeiba, un empresario de la ciudad de Misrata –en el oeste– que gozaba de grandes privilegios bajo el régimen de Muamar el Gadafi. Y como presidente electo, Mohamed Menfi, antiguo embajador en Grecia.

Varios expertos, como los del centro de análisis International Crisis Group, señalan que la victoria de Dabeiba y Menfi no se debía tanto a los méritos de ellos sino al rechazo que provocaba la lista favorita, formada por el presidente del Parlamento, Aguila Salé (con gran influencia en el este del país), y el ministro del interior, Fati Basaga, procedente de Misrata y establecido en Trípoli. El apellido Dabeiba para muchos libios está asociado a la corrupción del régimen de Gadafi.

El primer ministro declaró emocionado tras conocer el resultado de la votación: “Este será el Gobierno de todos los libios”. El mandato de Dabeiba termina, en principio el 24 de diciembre. A partir de entonces, un nuevo primer ministro elegido por todos los libios en edad de votar deberá asumir el poder. El camino está lleno de trampas. Pero tanto los libios como las potencias extranjeras que apoyan a las facciones enfrentadas parecen haber entendido que ninguna de las partes podrá imponerse a la otra mediante la guerra.

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