El expresidente Lula da Silva, este miércoles durante la conferencia de prensa en São Bernardo do Campo.FERNANDO BIZERRA JR. / EFE

Lula da Silva, expresidente de Brasil, un líder carismático de la izquierda latinoamericana que una parte de sus compatriotas detesta, ha hablado este miércoles por primera vez tras la anulación de sus condenas por corrupción, el lunes pasado. “Sé que fui víctima de la mayor mentira jurídica en 500 años”, ha proclamado al principio de un discurso en el que ha recalcado que no siente odio, ni resentimiento. Y que el dolor que él siente palidece frente al sufrimiento de los brasileños que no tienen qué desayunar, comer o cenar o los parientes de los casi 270.000 fallecidos por coronavirus.

El expresidente, que se siente reivindicado, ha criticado al juez Sergio Moro, a los fiscales, a los medios de comunicación. “Era necesario evitar que este compañero volviera a gobernar el país porque en 500 años América Latina no hizo ningún trabajo de inclusión social”, ha afirmado desde el Sindicato Metalúrgicos en São Bernardo do Campo, a las afueras de São Paulo, el lugar donde nació como líder político. Porque, ha añadido, solo una pequeña parte de los latinoamericanos va al cine, sale de restaurantes o va en avión. “A fin de cuentas el trabajo del trabajador es trabajar, y el papel del pobre es esperar a que lleguen las ayudas del Gobierno”.

Lula hablaba ante un enorme cartel que enumera las urgencias de Brasil a sus ojos. Los pilares de un eventual programa electoral: vacuna para todos, restablecimiento de la paga del coronavirus, salud, empleo y justicia. Desde allí, cargó contra el presidente Jair Bolsonaro. “Este Gobierno no cuida de la economía, del empleo, del salario mínimo, de la salud, del medio ambiente, de la educación, de los jóvenes, de los chavales de la periferia… o sea, ¿de qué cuidan? ¿Hace cuánto no les oís hablar de inversiones, de generación de empleo, de distribución de renta?”, dijo Lula.

El expresidente se ha quitado la mascarilla con el logo del Partido de los Trabajadores (PT) para dar su discurso en una comparecencia que se ha celebrado con medidas sanitarias para evitar contagios. Lula padeció coronavirus hace unos meses. Pasó la cuarentena en Cuba. Está previsto que los de su edad, 75 años, sean vacunados en breve.

La lista de agradecimiento ha sido larga. Incluye a las personas que hicieron vigilia bajo la ventana mientras estuvo preso, sus abogados, el presidente argentino Alberto Fernández, el Papa Francisco, el estadounidense Bernie Sanders, a la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, el español José Luis Rodríguez Zapatero.

La sentencia que anuló los casos contra Lula y los envió a un juzgado de Brasilia no analizó la inocencia o culpabilidad del expresidente. El fallo concluyó que el juez Sergio Moro no debió juzgar al izquierdista por el escándalo de corrupción Lava Jato. La sentencia con mayor impacto en la política brasileña de los últimos tiempos no entra a analizar si Lula es culpable o inocente de las acusaciones. El juez considera que no correspondía al juzgado de Curitiba, es decir, a Sergio Moro, juzgar ni condenar a Lula por la Lava Jato y por eso deriva los casos a un tribunal federal de Brasilia.

El líder del Partido de los Trabajadores (PT) ha comparecido en el lugar donde se forjó como líder sindical y organizador de huelgas obreras contra la dictadura a finales de los setenta. La sede del Sindicato de los Metalúrgicos, en São Bernardo do Campo, es el lugar fetiche de Lula. Aquí se refugió en 2018 justo antes de entrar en prisión, hace casi tres años, como él mismo ha recordado. Tras 48 horas de enorme tensión, se entregó. Invalidada su candidatura cuando lideraba la carrera electoral, su exclusión allanó el camino de Jair Bolsonaro a la presidencia. Una decisión del Supremo le devolvió la libertad tras 19 meses encarcelado en una comisaría de Curitiba.

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