LIBERTAD DE EXPRESIÓN: EL DERECHO A INCOMODAR

CONTRALÍEA | Gabriela Gallegos Ávila

0
8

La libertad de expresión no se mide por la cantidad de elogios que recibe un gobierno. Se mide por la capacidad que tiene para tolerar la crítica, soportar el cuestionamiento y convivir con voces que no le son cómodas.

En Durango parece consolidarse una realidad preocupante: cada vez resulta más difícil distinguir entre comunicación oficial y periodismo. Mientras las oficinas gubernamentales perfeccionan sus mecanismos de difusión, el espacio para el escrutinio independiente parece reducirse. No porque falten problemas públicos que investigar, sino porque abundan incentivos para repetir la versión oficial y escasean estímulos para cuestionarla.

Los gobiernos tienen derecho a comunicar sus acciones. Es parte de sus responsabilidades. Lo que no puede ocurrir es que la comunicación institucional sustituya al debate público o que la narrativa gubernamental termine ocupando espacios que corresponden al periodismo. Cuando la crítica se vuelve incómoda, cuando el cuestionamiento genera molestia y cuando las voces disidentes son vistas como adversarias, la democracia comienza a perder uno de sus mecanismos más importantes de equilibrio.

El gobernador Esteban Villegas y el alcalde Antonio Ochoa encabezan hoy los dos principales centros de poder político en Durango. Su obligación no es rodearse únicamente de aplausos ni construir unanimidades artificiales. Su responsabilidad es garantizar que existan condiciones para que todas las voces puedan expresarse, incluso aquellas que señalan errores, contradicciones o decisiones cuestionables.

Por eso merecen reconocimiento quienes continúan ejerciendo un periodismo crítico en medio de presiones, descalificaciones o intentos de aislamiento. Las “Susanas” y las “Lupitas” de la vida pública cumplen una función indispensable: recordar que el poder también debe rendir cuentas. Una sociedad informada necesita periodistas que pregunten lo que otros prefieren callar.

La historia demuestra que ningún gobierno se debilita por la existencia de prensa libre. Lo que realmente debilita a las instituciones es la ausencia de crítica, la simulación del consenso y la construcción de realidades donde sólo se escucha una versión de los hechos.

El periodismo no nació para adular gobernadores, alcaldes o funcionarios. Nació para servir a la sociedad. Su función no es proteger al poder, sino vigilarlo. No es aplaudir decisiones, sino examinarlas. No es guardar silencio frente a lo incómodo, sino dejar constancia de aquello que algunos preferirían mantener oculto.

Porque al final, la libertad de expresión no protege las voces que agradan al poder. Protege precisamente aquellas que el poder preferiría no escuchar.

Durango necesita menos miedo y más libertad. Menos boletines y más periodismo. Menos complacencia y más verdad. Porque cuando una sociedad deja de hacer preguntas, otros comienzan a decidir qué puede saber, qué puede pensar y qué puede callar.

Durango necesita periodistas que incomoden al poder cuando sea necesario, ciudadanos que exijan respuestas y gobernantes que comprendan que la crítica no debilita a la democracia: la fortalece.