
Durango, Dgo. En una conferencia cargada de memoria, crítica política y revisión histórica, el académico e investigador Carlos Ornelas sostuvo que el Movimiento Estudiantil-Popular de 1966 en Durango surgió impulsado por una mezcla de descontento social legítimo, intereses empresariales y una “ideología arbitraria” que movilizó a miles de personas, pero que careció de una estructura política capaz de sostener sus demandas en el tiempo.
La conferencia magistral “La ideología arbitraria en el movimiento del Cerro” inauguró el Congreso Internacional sobre Movimientos Estudiantiles en México y América Latina, realizado en Durango a 60 años de la toma del Cerro de Mercado.
Ante estudiantes, investigadores y participantes del congreso, Ornelas reconstruyó los episodios centrales del movimiento de 1966, desde la ocupación de la mina y las movilizaciones masivas, hasta las negociaciones políticas que terminaron por fracturar al movimiento y diluir sus principales exigencias.
“El movimiento del Cerro del Mercado puso al descubierto un cóctel de apatía cívica y podredumbre gubernamental preexistentes”, afirmó el investigador al desarrollar su tesis principal, basada en la noción de “ideología arbitraria” planteada por el pensador italiano Antonio Gramsci.
Durante su exposición, Ornelas sostuvo que la demanda de instalar una siderúrgica en Durango logró convertirse en una poderosa bandera social porque conectaba con una sensación histórica de despojo económico y marginación regional. Sin embargo, argumentó que detrás de esa causa también existieron intereses de grupos empresariales ligados a la industria maderera, particularmente encabezados por Gilberto Rosas, quienes habrían impulsado parte de la movilización para presionar al gobierno federal.
“El Cerro de Mercado era algo más que una mina. Era un símbolo vivo de lo que le habían hecho a Durango durante décadas: extraerle la riqueza sin dejarle nada”, expresó el académico al explicar cómo la imagen del cerro agotándose se convirtió en una metáfora del rezago económico de la entidad.
Ornelas también relató cómo el movimiento logró articular a estudiantes, obreros, campesinos, comerciantes, padres de familia y amplios sectores de la sociedad duranguense, generando movilizaciones históricas en una ciudad que entonces apenas superaba los 120 mil habitantes.
“El movimiento del 66 logró algo que ningún otro de su época pudo presumir: no hubo represión sangrienta”, destacó, al recordar las marchas multitudinarias y el respaldo social que protegió a los estudiantes durante las semanas de conflicto.
No obstante, el investigador señaló que las contradicciones internas, la centralización de las decisiones y las negociaciones políticas terminaron debilitando al movimiento. Según expuso, mientras las bases sociales sostenían la protesta en calles y mítines, las decisiones estratégicas se tomaban en círculos reducidos y negociaciones con el gobierno federal.
Uno de los momentos más críticos de la conferencia fue cuando recordó el último mitin del 28 de julio de 1966, realizado tras los acuerdos alcanzados con el gobierno federal. Ahí, dijo, una manta con la frase “¡Gracias, señor Presidente!” simbolizó para muchos participantes el agotamiento político y moral del movimiento.
“El sistema no solo resistió: salió fortalecido”, afirmó Ornelas, al señalar que varios de los dirigentes estudiantiles terminaron incorporándose posteriormente al aparato político priista, mientras que las principales demandas sociales quedaron sin resolverse.
Pese a la dureza de su análisis, el investigador reconoció la trascendencia histórica y emocional del movimiento estudiantil de 1966, al considerar que dejó una memoria colectiva que seis décadas después sigue generando debate, reflexión y sentido de identidad en Durango.
“Quizás la memoria no necesita justificarse. Sin más, persiste”, concluyó.














