Ciudadanos de Tigray viajan en autobús al refugio temporal Village 8, cerca de la frontera entre Sudán y Etiopía, el 1 de diciembre de 2020, al inicio de la contienda entre los rebeldes del norte del país y el Gobierno. NARIMAN EL-MOFTY (AP)

Las masacres de civiles, el hambre obligada, las violaciones en grupo. Lo ocurrido en el oeste de Tigray trasciende los horrores de cualquier guerra: esa violencia extrema sedimentada en el caos y los círculos viciosos de crueldad y venganza. Más que producto de la impunidad y la sangre caliente, los excesos encajan en una campaña diseñada para expulsar a los tigriñas de su tierra. Para limpiar étnicamente esta fértil área y repoblarla con oriundos de Amhara, extensa región al sur de Tigray. Este es el principal hallazgo de un reciente informe con título explícito: We will erase you from this land (Os borraremos de esta tierra).

Los investigadores de Amnistía Internacional y Human Rights Watch fueron atando cabos mientras entrevistaban a los tigriñas que, poco después del inicio del conflicto, empezaron a llegar a Sudán. Vetadas en Etiopía, ambas organizaciones han tenido que conformarse con los testimonios –recogidos durante más de un año– de 400 refugiados que abandonaron su país rumbo al oeste. Material suficiente para concluir, sin fisuras de duda, que en Tigray occidental se ha orquestado una operación sistemática de limpieza étnica. “No son solo crímenes de guerra, sino crímenes contra la humanidad, los más graves, según la legislación internacional. Es otro nivel”, afirma Jean-Baptiste Gallopin, investigador de Amnistía Internacional y coautor del estudio.

La investigación se ha realizado con los testimonios –recogidos durante más de un año– de 400 refugiados que abandonaron su país

La intrincada red de culpables –y las dificultades para tejerla con precisión– revelan la complejidad de la guerra en Tigray, un conflicto que ha ido congregando, en un campo de batalla ilimitado, a ejércitos regulares (de Etiopía, pero también de su vecina Eritrea), unidades paramilitares regionales y milicias variopintas. Todos ellos con sus respectivas cabezas pensantes, dando órdenes en la retaguardia. Y azuzando rencores identitarios, con frecuencia en torno a disputas fronterizas sin zanjar.

La investigación apunta directamente a las fuerzas especiales de Amhara y los milicianos de Fano, un grupo político-militar originario de la misma región. Pero su estrategia de terror, especifica el estudio, ha contado “con la aquiescencia y posible participación del Ejército etíope”. No se ha podido probar, hasta el momento, que los gobiernos (federal de Etiopía, regional de Amhara) hayan dictado desde sus despachos el desplazamiento de tigriñas. Aunque las férreas medidas para silenciar Tigray entero invitan a la sospecha.

“La región lleva 17 meses sin internet, y sin teléfono desde junio del pasado año. También se ha cortado la electricidad para que la gente no pueda cargar sus dispositivos y grabar o tomar fotografías”, detalla Laetitia Bader, directora de Human Rights Watch en el Cuerno de África, quien añade una lógica consecuencia: “Cuando nos reunimos con refugiados en Sudán, esperábamos que tuvieran fotos o vídeos de lo que habían presenciado; no tenían nada”. Bader explica que el Gobierno etíope sigue sin permitir el acceso de periodistas a la zona. Y da largas sine die a las peticiones de una investigación independiente sobre el terreno. “La constante es negarlo todo en un marco de minimización sobre lo ocurrido”, señala.

Doble rasero internacional
En el oeste de la región, los combates entre el Ejército etíope y el Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF por sus siglas en inglés) terminaron a las pocas semanas de que estallara la guerra, en noviembre de 2020. Las fuerzas federales se hicieron –a pesar de escaramuzas ocasionales desde entonces– con el control del territorio. “En aquel momento, muchos cometieron el error de pensar que la mayoría de civiles estaba a salvo”, comenta Gallopin. Sin embargo, fue precisamente con la tensa calma cuando se activó la campaña masiva de expulsión de tigriñas.

We will erase you from this land narra, con la voz de testigos presenciales, cómo se empezó a despachar fuera de sus hogares a todo aquel con origen étnico tigriña. Las fuerzas especiales de Amhara y los milicianos de Fano atestaron de seres humanos autobuses y camiones. Algunos se dirigieron a la frontera con Sudán. Pero la mayoría viajó hacia el este, más allá del río Tekeze, que delimita naturalmente el oeste de Tigray del norte y el centro de la región. En ocasiones, los organizadores del éxodo forzoso ahuyentaron las reticencias a punta de pistola. Otras, ni siquiera hizo falta.

Cerca de un puente que cruza el Tekeze, en enero de 2021 tuvo lugar uno de los actos más atroces de violencia sumaria hasta ahora documentados en Tigray: 60 hombres asesinados a sangre fría. “Las noticias sobre la masacre empezaron a circular; muchos optaron por huir cuanto antes. La matanza de Tekeze ejemplifica la dinámica de cualquier campaña de limpieza étnica: expulsar a poblaciones enteras mediante el terror”, asegura Gallopin.

La matanza de Tekeze ejemplifica la dinámica de cualquier campaña de limpieza étnica: expulsar a poblaciones enteras mediante el terror
Se calcula que unos 700.000 tigriñas se han ido del oeste de la región en el último año y medio. Simultáneamente, continúa Gallopin, “nuevos pobladores provenientes de Amhara están llegando en grandes cantidades, como han demostrado imágenes por satélite a las que hemos tenido acceso”. Antes de la guerra, una minoría amhara convivía en la zona –más o menos pacíficamente– con la mayoría tigriña. Ante el cerrojazo informativo, poco se sabe con certeza sobre la composición demográfica actual.

Cebarse con la población civil está siendo moneda corriente en la guerra de Tigray. Todas las partes implicadas, lamentan Bader y Gallopin, han cometido abusos espeluznantes. En el oeste, el informe alude a la masacre de Mai Kadra, una pequeña ciudad cercana a la frontera con Sudán donde, al poco de iniciarse la guerra, una turba tigriña mató –con hachas, cuchillos y machetes– a todo amhara que encontró a su paso. No hay cifras fiables de víctimas mortales, pero una estimación de Amnistía Internacional las cuenta por cientos.

Bader admite que la ausencia de una distinción nítida entre agresores y agredidos limita la atención internacional del conflicto: “Los relatos simples suelen generar mayor interés”. Aunque insiste en que una limpieza étnica generalizada supera en gravedad a la categoría crímenes de guerra. En el oeste de Tigray, los segundos han sido con frecuencia un medio para lograr ese fin de vaciar la zona de tigriñas. “El mundo ha de conocer la magnitud de lo ocurrido”, resume Bader.

Gallopin confía en que la repercusión global del horror en Bucha y otras ciudades ucranianas tenga un efecto contagio en Tigray. O en otros lugares del mundo donde la barbarie se ha hecho ley. “Esperamos que esa mayor sensibilidad se traduzca en acciones decididas para parar la guerra en Etiopía y que los culpables rindan cuentas”. Bader se muestra más escéptica: “Resulta frustrante el doble rasero. Nuestro informe ha logrado pocos titulares en la prensa internacional, todo es Ucrania… Parece como si el mundo solo pudiera ocuparse de una gran crisis al mismo tiempo”.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here