El ayatolá Ali Jameneí vota este viernes.ATTA KENARE / AFP

Mascarillas, guantes, desinfectante y papeletas esperan a los 59 millones de iraníes con derecho a voto en las presidenciales de este viernes. La cita electoral, que se celebra bajo la sombra de la covid-19, está dominada por los conservadores: tres de los cuatro candidatos pertenecen a esa corriente. Pero sea cual sea el resultado, ni la política exterior ni el programa nuclear de Irán van a cambiar, ya que ambos son prerrogativa del líder supremo, el ayatolá Ali Jameneí.

Los 67.000 colegios electorales han abierto a las siete de la mañana (las cuatro y media de la madrugada, hora peninsular española). Este año se ha aumentado su número en un 7% y se ha ampliado el tiempo de voto hasta la medianoche (con posibilidad de extenderlo dos horas más) para evitar las aglomeraciones y respetar las normas sanitarias por la pandemia. El horario ha exigido anular el toque de queda, entre las diez de la noche y las cuatro de la madrugada, que estaba vigente en Teherán y otras ciudades marcadas en rojo por el nivel de incidencia del coronavirus.

Los principales contendientes son Ebrahim Raisí, el ultraconservador jefe del Poder Judicial, y en un muy distante segundo puesto, Abdolnaser Hemmatí, un moderado que hasta su aprobación como candidato era el gobernador del Banco Central. A pesar del apoyo recibido a última hora de algunos dirigentes reformistas, la única oportunidad de éxito de Hemmatí es que Raisí no consiga el 50% de los votos. Entonces, irían a una segunda vuelta que podría movilizar a los más escépticos para frenar a quien se percibe como favorito del régimen.

Junto a las decimoterceras elecciones presidenciales se celebran también municipales. Los comicios son una gran operación logística en Irán, un país de 1.648.000 kilómetros cuadrados. Se movilizan 1,5 millones de personas entre personal electoral y de seguridad. Pero la coreografía está muy ensayada después de cuatro décadas de sucesivas convocatorias. Se iniciará la jornada con el voto del líder supremo, en una mezquita anexa a su residencia de Yamarán, al norte de la capital iraní. Luego, irán votando los candidatos, de forma escalonada para que puedan captarlos las cámaras de televisión.

Menos seguro está el voto de los iraníes, decepcionados por la falta de diversidad ideológica entre los candidatos; desalentados por la crisis económica. A la mala gestión histórica de sus dirigentes y las sanciones reimpuestas por Estados Unidos a raíz de su abandono unilateral del acuerdo nuclear en 2018, se ha sumado en el último año la pandemia.

“Hemos comprendido que el problema no es el Gobierno sino el régimen. Que cambie el presidente o los miembros del Parlamento, no soluciona la corrupción que corroe todo el sistema”, confía un profesional de la salud que sueña con emigrar.

La “democracia religiosa”, como los dirigentes califican el peculiar sistema iraní, cuenta con un doble entramado institucional en el que los cargos elegidos ven limitadas sus responsabilidades por otros designados. Las competencias del presidente son más las de un primer ministro en un sistema presidencial, cuya máxima autoridad política y espiritual es el líder supremo.

Entonces ¿por qué el interés del régimen en que salga elegido Raisí? Dado que el ayatolá Jameneí ha cumplido 82 años, entra dentro de lo previsible que toque su relevo durante los ocho años que el próximo presidente puede estar en el cargo. En ese caso, formaría parte de la terna que constituye el Consejo de Liderazgo (junto con el jefe del Poder Judicial y un clérigo), encargado de la transición hasta la elección de un sustituto. Algunos analistas ven a Raisí como un posible sucesor de Jameneí, quien también fue presidente antes de ser designado líder supremo, pero dado el desgaste que supone el paso por el Gobierno, puede convertirse en un caramelo envenenado.

A pesar de la apatía con la que se ha vivido la campaña electoral, sobre todo en Teherán y en los grandes núcleos urbanos, donde vive el 75% de los 85 millones de iraníes, resulta complicado estimar el nivel de asistencia a las urnas. No existe un censo electoral que asigne colegio electoral en función del lugar de residencia. Los iraníes pueden votar en cualquier lugar del país donde se encuentren. Este año, además, debido a la covid, no se impregnará de tinta el dedo de los votantes y el control del carnet de identidad se hará de forma electrónica.

Algunos analistas habían sugerido que la preselección de candidatos mayoritariamente conservadores y la criba de todos los reformistas indicaba que al régimen ya no le importa el nivel de participación. Sin embargo, tanto el ayatolá Jameneí como el presidente saliente, Hasan Rohaní, han hecho los habituales llamamientos a votar.

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