El Día Internacional de la Mujer se conmemora el 8 de marzo, pero el 9 continúan las actividades. Shutterstock

Tras el Día Internacional de la Mujer, conmemorado el lunes, nuevamente se lanzó la convocatoria #El9MNingunaSeMueve, donde diversas colectivas invitaron a todas las mujeres a no trabajar, estudiar, comprar o publicar en redes sociales.

Quienes por una u otra razón no pueden dejar de laborar o acudir a clase, están invitadas a portar una prenda morada.

En este día, donde nosotras seguimos trabajando para informarte, queremos darte nuestra visión de cómo el feminismo, que ha sido parte medular de este movimiento, ha cambiado nuestras vidas.

Jaqueline Guillermo (Community manager)
El feminismo me ha ayudado a reconocer los privilegios de los que gozo así como también las carencias que tengo.

Me ha ayudado a aceptarme y amarme sin juzgarme y sin castigarme por cómo luzco.

El feminismo cambió mi manera de ver la vida porque entendí cómo funciona el sistema patriarcal, me volví más empática y sorora con las mujeres de todos mis círculos pero, sobre todo, me ayudó a identificar cuáles son los derechos que nos han sido arrebatados.

Fátima Chávez (Community manager Jr.)
El feminismo ha llegado a mi vida para quedarse. Para mí representa una oportunidad de cuestionar todas y cada una de mis acciones, así como de mis decisiones, porque sí, en todo hay patriarcado.

Representa también una zona que me permite salir de esta burbuja de privilegios de la que sé que soy parte y, al mismo tiempo, me ayuda a ser consciente de todas aquellas veces que he sido violentada. El feminismo es un gran motor de impulso para alzar la voz.

Significa abrir los ojos ante aquellos grupos de mujeres vulnerables, violentadas y abandonadas para decirles: ¡No estás sola! Y acompañarlas en esta lucha.

En pocas palabras, en mi vida, el feminismo es amor, sororidad, reconstrucción y, sobre todo, resistencia.

Jessika Becerra (reportera de la sección de Economía)
“¿Periodismo? ¿Quieres estudiar Periodismo?”, preguntaba hace más de 20 años por teléfono una señora que era mi tía. Nunca habíamos convivido, ni yo entendía por qué era mi tía, pero de pronto llamaba a mi casa para saber las últimas noticias de la familia. Me llevaba más de 50 años y todas mis actividades le causaban sorpresa, entre ellas mi inquietud por convertirme en periodista.

“No es una carrera para mujeres. Te van a mandar a cubrir la nota roja en la madrugada. ¿Qué vas a hacer tú con eso? ¿Quién va a ir por ti? ¿Tienes coche? ¿Manejas? Con puros hombres. Estás eligiendo mal”, dijo una vez en un monólogo que no paraba.

Mis oídos siempre fueron sordos para aquella mujer tan educada y convencida del régimen educativo que vivieron muchas mujeres muchos años atrás. Y es que más pesaban mis pláticas con mi madre y mi abuela. “No pares Jessika ¿Qué quieres hacer? Te gusta leer, escribir, las noticias y las entrevistas, métete a la escuela y ves si te late. Pruébalo, pero no pares”, me dijo mi mamá, una vez que estábamos regando las plantas.

Por esos mismos días, mi abuela, que fue referencia de independencia emocional y financiera, de empatía y negociación con los hombres, me decía; “es mejor que tengas una carrera a que no la tengas, te vas a valer por ti misma, nada como tu independencia y como ser dueña de tus decisiones”.

Así que un día fui a la Escuela de Periodismo ‘Carlos Septién’ y pedí hacer el trámite de admisión. Fue grande la sorpresa al ver más mujeres que hombres en el examen de admisión y durante la carrera. Fui una de ellas, gracias al impulso de mi madre y de mi abuela que me ayudaron a tomar una de las mejores decisiones de mi vida, que me ha permitido desarrollarme en la áreas que he querido, donde me he encontrado con todo: hombres feministas que se dicen machistas; sí, que admiran y confían profundamente en nosotras, pero les encanta decir lo contrario, solo para ver cómo reaccionamos. Hombres que se dicen feministas cuando su comportamiento es machistas y abusivo.

Hombres totalmente equitativos y empáticos. Mujeres solidarias, que te desafían y te ayudan a crecer, así como mujeres que cierran puertas. Esta serie de experiencias hacen que quienes entendimos el significado de equidad, igualdad y justicia, nos encontremos y nos tomemos de la mano para crear un valla que poco a poco hace que los hombres se resistan a lanzar una ofensa o una agresión, y que, también paulatinamente, formen parte de esta valla, que no existía hace 20 años.

Emilia López (Redactora web)
Un buen día, después de mucha tristeza por una ruptura, encontré trabajo en una redacción, y aunque la cobertura era electoral, poco a poco fue llegando a mis ojos más y más información sobre feminicidios, sobre violencia de género, conceptos que yo había rechazado junto con el #MeToo y otras manifestaciones feministas.

A partir de ahí, comencé a seguir a periodistas y activistas, y a cuestionarme absolutamente todo. Y no he parado desde entonces. El feminismo llegó confrontándome, haciéndome preguntas incómodas sobre el modo en que me trataba a mí misma, a las demás mujeres, y a otras personas.

Poco a poco, mis relaciones pasaron del “la peor enemiga de una mujer es otra mujer” al “me cuidan mis amigas”. En todas ellas, así como en mi hermana, he encontrado compañía en el dolor, pero también un camino hacia la lucha desde el amor.

Como redactora, el feminismo también ha lanzado cuestionamientos sobre mi modo de mirar, sobre la estigmatización (no lo digo yo, lo dice Amnistía Internacional) de los medios a la lucha legítima y la tan malentendida imparcialidad. Así que he dado pasos hacia la sororidad también desde aquí. Creo que es importante amplificar la voz de las mujeres y diversidades sexogenéricas que luchan, que resisten, así como a otros colectivos que piden justicia.

La verdad es que el feminismo me ha traído intranquilidad, enojo y tristeza, pero también amor, comprensión y compasión, todas palabras que quiero seguir practicando desde esta trinchera.

Meli Vera (Coeditora web)
El feminismo ha sido como una ola de mar que me envolvió y me llevó a dar vueltas hasta enjuagarme miedos, culpas y prejuicios.

El feminismo me invita a cuestionar, a deconstruirme para reconstruirme desde otros territorios más plenos.

El feminismo me ha permitido entender con lupa el movimiento social de género y las terribles injusticias y dolor normalizado que ha causado el sistema patriarcal (que se va a caer porque lo vamos a tirar).

El feminismo me confronta, me sacude y me abre el camino hacia discursos de libertad. Con el feminismo honré las luchas que pudo hacer mi madre y comprendí y abracé el sufrimiento de mis ancestras, para ahora contribuir a un cambio, por pequeño que sea.

El feminismo nos abrió la puerta a la sororidad, y con ello, las morras escribimos un nuevo y gran capítulo: nos acuerpamos, nos sostenemos, nos cuidamos y sanamos. Nos volvemos feministas por nuestra propia historia, en la que se cuelan memorias que se vuelven aliento de revolución.

Angélica Ferrer (Coeditora web)
No sé en qué momento llegó el feminismo a mi vida. Crecí rodeada por muchísimas mujeres, así que aprendí desde chica que, si yo quería sobresalir en la sociedad y hasta en mi entorno más cercano, debía luchar fuerte.

Mi educación y la violencia de diversos tipos a la que estuve expuesta y que no noté hasta que pasaron años o cuando me estalló el problema en la cara (metafórica y físicamente), me llevaron a cuestionarme sobre 1) hasta dónde debía permitir que otros pasaran sobre mí 2) qué violencias había replicado, como consecuencia del aprendizaje, en mi círculo.

A partir de ahí y gracias a terapia, me acerqué más a las mujeres; dejé de juzgarme y juzgarlas. El feminismo me sacó de esas ‘arenas movedizas’ con las que crecemos.

Comencé a escuchar con más atención a mis amigas, a entender a mi mamá. Me enojé mucho cuando ví, de manera intensa, los abusos a los que estamos sujetas en lo laboral donde, en varias ocasiones y sitios, los hombres se han ‘alzado el cuello’ con nuestro trabajo y se dijeron (y enuncian todavía) ‘aliados’; además de que no solemos tener los mismos salarios (aunque estemos preparadas), tampoco nos dejan acceder a puestos más altos. Tampoco he vuelto a permitir que nadie diga algo sobre mi cuerpo. No he dejado que más familiares, amigos y parejas me violenten.

Soy la hija, nuera, amiga, vecina y hasta tuitera ‘molestona’ que invita a todas y todos a leer sobre feminismo y masculinidades, a ‘limpiar’ la mente acudiendo con especialistas en salud mental (muy básica y que, en diversas ocasiones no creemos que es relevante) y a poner límites a cualquier que quiera transgredir las expresiones y derechos propios y ajenos.

Paulina Nares (Colaboradora)
Iba en quinto de primaria cuando empecé a vendarme para que mis senos no se vieran. ¿Cómo llegué hasta ahí? Después de una presentación escolar de jazz noté que los compañeros de clase no dejaban de verme de una forma que me incomodaba. Después me decían cosas.

A partir de ahí, me fijé que no solo eran ellos, luego fueron los maestros, los compañeros de trabajo, los desconocidos en la calle, incluso algunos familiares. Pasaron muchos años para que aceptara mi cuerpo y dejara de “apenarme”. Y esa es una anécdota de muchas.

Gracias al feminismo ahora sé que puedo expresar libremente y sin miedo cuando algo me incomoda, que no tiene nada de malo usar escote, que nadie tiene derecho a decidir sobre mí o sobre mi cuerpo o a violentarme de ninguna manera y que no es normal vivir con miedo.

El feminismo es ese lugar en donde por fin me siento acompañada y puedo acompañar a otras mujeres.

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