El ex primer ministro británico Tony Blair, tras una misa del Día del Recuerdo, el 8 de noviembre en Londres.DPA VÍA EUROPA PRESS / EUROPA PRESS

Lo interesante de una conversación con Tony Blair (Edimburgo, 67 años), el político laborista británico más influyente de las últimas décadas, es comprobar que el Brexit nunca supuso, como sugiere la nostalgia, el final de una relación hasta entonces idílica. El Reino Unido fue siempre el verso suelto e incómodo de la UE, pero no es lo mismo influir desde dentro del club que provocar desde fuera. Blair aporta ahora su análisis al frente del Instituto para el Cambio Global, que fundó hace años. E intercambia opiniones y datos habitualmente con un grupo de medios internacionales entre los que se encuentra EL PAÍS.

Le resultaría muy fácil desmenuzar los errores del premier Boris Johnson, o recordar constantemente que siempre consideró un inmenso error estratégico la salida del Reino Unido de la Unión Europea, pero, como otros exdirigentes, elige la libertad de considerar cada acierto o cada error de los protagonistas políticos actuales sin ataduras partidistas o sentimentales. Y en el conflicto de las vacunas, que ha levantado rencillas a ambos lados del canal de la Mancha, tiene claro que el Brexit ha sido una excusa. “Me resulta mucho más interesante señalar qué ha perdido la UE sin nosotros. Si el Reino Unido aún formara parte de la Unión, nunca habríamos contemplado esa situación en la que se ha arrebatado a los Estados miembro el control de la adquisición de vacunas [la Comisión Europea asumió la contratación y distribución de los fármacos, para evitar una competición entre los miembros]. No fue una decisión sensata. Con un asunto de tal importancia, necesitas que el control esté en manos de un grupo de personas con dedicación exclusiva. Al final, todo esto ha supuesto que la UE lleve un retraso de unas 10 semanas en el programa de vacunación, aunque estoy seguro de que tarde o temprano se solucionará”, declara.

No es cuestión de triunfalismos, señala, sino de sentido práctico. “Ya se pueden imaginar que todos los defensores del Brexit han celebrado este contraste como una victoria. Y yo les recuerdo que, en el pasado, la UE ha hecho muchas veces las cosas mejor que el Reino Unido, y a la inversa. Que el Gobierno de Johnson ha hecho bien su estrategia de vacunación es un hecho constatable. Pero la clave ha estado en dejar que un grupo reducido de personas actuara. Los Gobiernos son los más capacitados para establecer una estrategia, pero no suelen ser los más indicados para desarrollarla. Nuestros sistemas son muy burocráticos y muy reacios a asumir riesgos”, añade.

Blair cree que la clave reside ahora en concentrarse en el futuro. “Hasta el momento, los países han intentado protegerse a sí mismos, y es perfectamente comprensible por el modo en que se ha desarrollado esta pandemia. Pero lo cierto es que hace un año ya conocíamos cuál era su gravedad. La lección que debemos aprender es que la cooperación global es necesaria, al mismo tiempo que cada país protege su interés nacional. Será el único modo de hacer más breves pandemias futuras”.

Reordenar prioridades fiscales
En cualquier caso, el mundo ya dispone de algo parecido a un manual de instrucciones para el primer estadio de la crisis. El virus ya no es un desconocido, y la estrategia -con más o menos ajustes- consiste en apretar o aflojar con las restricciones sociales y acelerar los programas de vacunación. La fase que preocupa al político laborista es la siguiente: la económica. “La mayoría de los Gobiernos occidentales han apostado a que no importa que la deuda crezca, a que el peligro de la inflación ha desaparecido y a que los tipos de interés seguirán siendo muy bajos. La pregunta fundamental que hay que hacerse es si todas estas presunciones resistirán, porque si no es así, nos encontraremos ante un serio problema. Algunas de las personas con las que suelo hablar, que no mostraban preocupación alguna sobre la inflación el año pasado, hoy están mucho menos relajadas. Nos enfrentamos a muchas incertidumbres, y cada vez parece más claro que muchos Gobiernos van a tener que reordenar sus prioridades fiscales”, advierte.

El futuro es demasiado complejo como para mantener vivos los rescoldos del Brexit. “Siempre va a haber motivos para señalar desde el Reino Unido que la UE está haciendo mal las cosas, y siempre habrá razones para justificar por qué a los británicos les va peor y que el Brexit fue un error. Vamos a necesitar altura de Estado por parte de los líderes de ambos lados, porque urge la cooperación contra futuras pandemias, contra el cambio climático, o en asuntos como la energía o la defensa. Nuestra relación política, legal o económica puede cambiar, pero no nuestra geografía, nuestra historia o nuestros principios. No podemos seguir jugando de cara a la galería”, señala.

Un ejemplo claro son las tensiones surgidas recientemente en Irlanda del Norte. El estatus especial asignado a esa parte del territorio británico, para preservar la paz en la isla después de décadas de conflicto, no ha salido gratis. Hay controles de mercancías y fricciones comerciales, que ponen nerviosos a los partidos unionistas y que el Gobierno de Johnson ha querido utilizar para cambiar de arriba abajo el Protocolo de Irlanda anexo al acuerdo de retirada de la UE. “No tiene sentido alguno quejarse sin parar. El problema existe porque es la consecuencia legal y política de la decisión que tomó el Gobierno del Reino Unido. Tenemos que buscar soluciones prácticas para resolverlo. Si deshaces lo acordado, vuelves a la casilla de salida. No creo que la UE acepte que se anule el protocolo. Y aunque lo hiciera, no serviría de nada. Volveríamos a la situación original y a la necesidad de desarrollar un nuevo acuerdo”.

Desde fuera de la refriega política, el tiempo se vuelve más amplio. Ya no se mide en días o semanas. Se puede medir en años. Y por eso Blair confía en Keir Starmer, líder del Partido Laborista desde el pasado abril, en contra del nerviosismo de los que creen que está siendo un pusilánime con Johnson. “Era la consecuencia inevitable de sacar del laborismo a la extrema izquierda [en referencia al anterior líder, Jeremy Corbyn, y sus seguidores]. Necesita lograr que vuelva a ser un partido que gane elecciones. Y hacerlo en medio de una pandemia es todo un reto, porque las decisiones las toma el Gobierno, y a nadie le importa lo que diga la oposición. Ha iniciado un proceso de regreso al centro, y debe volver a equilibrar sus propuestas y su pensamiento. Pero tiene tiempo, hasta las elecciones generales de 2024″, añade.

Keir Starmer se enfrenta al desencanto en su primer año como líder laborista
Siempre y cuando, avisa Blair, no se deje engañar por las guerras anecdóticas en las que cae a veces la izquierda, como la reciente polémica en torno a si mantener o derribar estatuas de personajes históricos con un pasado esclavista o colonialista. “Lo que yo llamo el centro radical debe asegurar una sociedad más justa. Durante mis Gobiernos avanzamos mucho en la igualdad racial o sexual. En eso debe concentrarse el laborismo. En discutir sobre el futuro, no sobre la historia”, concluye.

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