Durango: 60 años después, las mismas deudas

CONTRALÍNEA | Gabriela Gallegos Avila

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Hace 60 años, estudiantes duranguenses tomaron el Cerro de Mercado porque estaban cansados del abandono, la falta de empleo y la ausencia de futuro para el estado. El Movimiento Estudiantil-Popular de 1966 nació frente a un gobierno incapaz de responder al rezago económico y social de Durango.

Hoy, seis décadas después, el paralelismo resulta incómodo.

Durante el Congreso sé recordó que el Movimiento Estudiantil-Popular de 1966 nació frente a la falta de respuesta gubernamental y al profundo atraso económico de la entidad. La demanda de industrialización no era un capricho político: era una exigencia desesperada de empleo, crecimiento y oportunidades.

Sesenta años después, Durango vuelve a discutir exactamente lo mismo.

Empresarios hablan de caída en ventas y falta de circulante. Jóvenes siguen abandonando el estado por falta de oportunidades laborales. Sectores productivos sobreviven con bajo dinamismo económico. El campo enfrenta sequía recurrente. La informalidad crece. Y mientras tanto, el discurso oficial insiste en vender optimismo, megaproyectos y espectáculos políticos que poco conectan con la realidad cotidiana de miles de familias.

En 1966, el conflicto escaló porque la sociedad dejó de sentirse escuchada. Hoy el riesgo no es una explosión social inmediata, sino algo quizá más grave: la resignación colectiva frente al estancamiento.

Resulta revelador que el Congreso Internacional sobre movimientos estudiantiles, realizado en Durango y dedicado justamente a reflexionar sobre aquel episodio histórico, fuera prácticamente ignorado por el gobernador Esteban Villegas Villarreal, el alcalde José Antonio Ochoa y hasta el rector de la UJED Ramón García Rivera. La ausencia política también comunica: desinterés por la memoria crítica y por las lecciones que dejó una sociedad que alguna vez se cansó de no ser escuchada.

La señal política es delicada: pareciera existir más interés por la imagen pública, el espectáculo y los reflectores que por discutir seriamente las causas estructurales que siguen frenando a Durango. Mientras el estado enfrenta crisis económica, desempleo y falta de expectativas, el gobernador parece más visible cantando desafinado en eventos públicos que encabezando respuestas contundentes frente al deterioro económico.

En el 66 la caída del gobernador Enrique Dupré Ceniceros no se explicó solamente por errores administrativos, sino por una pérdida de legitimidad frente a una sociedad cansada de no encontrar respuestas. Aquella ruptura entre gobierno y ciudadanía terminó convirtiéndose en una crisis política de gran escala.

La historia nunca se repite exactamente igual. Pero Durango vuelve a colocarse frente a un espejo incómodo: una sociedad con problemas estructurales persistentes y una clase gobernante que parece cada vez más desconectada de ellos.

Tal vez por eso el Movimiento de 1966 sigue incomodando tanto. Porque, en el fondo, muchas de las preguntas de aquella generación siguen sin respuesta.

Durango merece algo más que propaganda, conciertos y discursos optimistas. Merece un gobierno capaz de escuchar, entender y responder a la profundidad de sus problemas. Merece visión económica, liderazgo político y compromiso real con una sociedad que lleva décadas esperando desarrollo, empleo y oportunidades. Porque sesenta años después, el mayor riesgo no es recordar el pasado, sino seguir atrapados en él.