Hay un momento que todo gobierno teme, aunque casi nunca lo reconoce. No ocurre el día que pierde una elección, ni cuando enfrenta una crisis política. Ocurre mucho antes, cuando descubre que ya no decide de qué habla la sociedad.
Gobernar también consiste en fijar la agenda. Elegir los temas, marcar prioridades, instalar una conversación pública. Durante un tiempo funciona. Las obras ocupan los titulares, las inversiones generan expectativas y los discursos encuentran eco. Pero esa capacidad tiene un límite: la realidad.
La realidad no necesita voceros. Se abre paso sola. Lo hace cuando un ganadero afirma que la seguridad que vive no coincide con la que escucha; cuando la institución encargada de procurar justicia encabeza las quejas por presuntas violaciones a derechos humanos; cuando una familia pierde el dinero de sus vacaciones por un fraude o cuando un río vuelve a recordar que los problemas ambientales no desaparecen porque dejen de mencionarse.
Ninguno de esos hechos derrumba a un gobierno. El problema aparece cuando dejan de ser episodios aislados y comienzan a construir una misma percepción. Entonces ocurre algo que la política conoce bien: el poder sigue comunicando una agenda, pero la sociedad empieza a conversar sobre otra.
Ése es el punto de inflexión. Porque los gobiernos pueden administrar crisis, corregir errores e incluso sobrevivir a decisiones impopulares. Lo que resulta mucho más difícil es recuperar el control de la conversación pública una vez que ésta empieza a organizarse alrededor de las preocupaciones de la ciudadanía y no de las prioridades oficiales.
Toda administración tiene derecho a contar su versión de los hechos. Lo que no puede decidir es cuál versión termina creyendo la sociedad. Esa diferencia explica por qué algunos gobiernos conservan autoridad aun en los momentos difíciles y otros comienzan a desgastarse mientras siguen anunciando resultados.
La política suele creer que el poder reside en quien gobierna. En realidad, el poder empieza a cambiar de manos cuando la realidad consigue imponer su propia agenda.
Porque ningún gobierno pierde primero una elección. Primero pierde el privilegio de decidir de qué habla la sociedad.



