La ley de los vengadores

Raymundo Riva Palacio | Estrictamente Personal

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El libro de Jesús Lemus, ‘El fiscal imperial’, es un recorrido por la vida pública de Gertz Manero que pintan a un funcionario “silencioso y oscuro”, lleno de rencores y sed de venganza.

A pregunta específica sobre el nuevo libro de Jesús Lemus, El fiscal imperial, el Presidente respondió ayer concretamente: “Se puede denunciar y somos libres. Y además no descalifico al autor del libro ni a nadie, pero tenemos que probar. No es denunciar por denunciar. Entonces, hasta lo que yo tengo conocimiento y no soy cómplice de nadie, el fiscal no ha cometido delitos graves, y por eso no he solicitado la remoción del fiscal. Así de claro”. Pues así de claro. Le importa un bledo la ley. Le da exactamente igual que el fiscal Alejandro Gertz Manero haya dado nulos resultados. Puede ser un desastre, pero es su desastre.

El espaldarazo al fiscal Gertz Manero fue contundente. Es la línea que desde la semana pasada trazó López Obrador en Palacio Nacional, cuando se indignó, insultó y mandó llamar después de que se difundieran los audios grabados en el teléfono de Emilio Lozoya Thalmann, padre del exdirector de Pemex que está en la cárcel, a finales de junio sobre el proceso de negociación para que, a cambio de acusar a quien le dijeran, obtendría su libertad. Más allá de su enojo e incredulidad porque siguen grabando sus conversaciones, el respaldo se mantiene firme porque está anclado a su narcicismo: las críticas a Gertz Manero son a él; si busca su remoción, sería reconocer que se equivocó.

El libro de Lemus es un recorrido por la vida pública de Gertz Manero, con documentación de agencias de inteligencia mexicanas y estadounidenses que pintan a un funcionario “silencioso y oscuro”, lleno de rencores y sed de venganza. Lemus revela un ajuste de cuentas después de casi 50 años, cuando el entonces secretario de Gobernación, Miguel Alemán Valdés, acusó de espionaje a Cornelius Gertz y a José Cornelio Gertz Fernández, abuelo y padre del fiscal. Se la cobró a su nieto, a quien comenzó a perseguir en julio del año pasado. “En este caso –escribió Lemus–, Alejandro Gertz Manero tuvo que esperar pacientemente 79 años hasta que llegó a la Fiscalía General para satisfacer su sed de venganza”.

Es una de tantas. El mismo Lemus refiere el caso que mostró la sevicia de Gertz Manero, cuando, como secretario de Seguridad Pública del Distrito Federal, en 2000, “utilizó todos los recursos del sistema para perseguir judicialmente a la reconocida artista y empresaria teatral” Silvia Pinal, donde el fondo aparentemente fue que, cuando reeligieron a la artista como presidenta de la Asociación Nacional de Productores de Teatro, en 1992, de la cual el actual fiscal era miembro, lo excluyó de todo cargo.

El caso paradigmático que socializó la forma vitriólica y personal que tiene Gertz Manero para actuar como fiscal no sucedió en el pasado, sino en el actual gobierno, cuando se valió de su cargo para revivir un caso cerrado y meter a la cárcel a su excuñada, Laura Morán, y a su hija, Alejandra Cuevas, a las que acusó del homicidio de su hermano. El caso llegó a la Suprema Corte, por petición suya, que tras analizar el caso aseguró que la orden de aprehensión y el auto de formal prisión en su contra eran inconstitucionales, y que las acusó con una figura, “garante accesoria”, que no existe en la ley.

Su trayectoria está salpicada de vendettas. Como secretario de Seguridad Pública en el gobierno del presidente Vicente Fox, desapareció la figura del zar contra las drogas y la asumió durante cuatro años. Durante ese tiempo se escapó Joaquín El Chapo Guzmán del penal de Puente Grande, que estaba bajo su jurisdicción, y dejó de perseguir criminales. Resultado de su inacción –hasta que fue cesado en junio de 2004– tuvo lugar el inicio de las guerras entre cárteles de las drogas –entre el Cártel del Pacífico y el Cártel del Golfo, con su entonces brazo armado de Los Zetas–, que dejó las bases para que el presidente Felipe Calderón, ante la creciente pérdida de territorio por parte del crimen organizado, lanzara la guerra contra las drogas.

No deja de llamar la atención la laxitud de Gertz Manero con los cárteles de las drogas, que se empata completamente con la misma actitud del presidente López Obrador. Los dos han sido benevolentes con el Cártel de Sinaloa –que encabezaba el Cártel del Pacífico– y han tenido episodios donde los Guzmán siempre salen beneficiados. El ‘culiacanazo’, por ejemplo, donde López Obrador ordenó la liberación del hijo del Chapo Guzmán, Ovidio, sin que hubiera una persecución posterior para cumplimentar la petición de extradición de Estados Unidos.

En El fiscal imperial, que saldrá a la venta la próxima semana, Lemus también habla sobre la ineficiencia de Gertz Manero. Con información de la Fiscalía, señala que durante el gobierno de Enrique Peña Nieto se dejaron sin judicializar 130 mil 690 delitos, pero que en sólo tres años de gestión, Gertz Manero ya suma 117 mil 234 antijurídicos. Pero para López Obrador, la eficiencia no es lo importante en su gobierno, sino la incondicionalidad, que el fiscal ha regresado con creces.

Persigue a quienes le pide el Presidente que cace, y cuando le ha dicho que frene, como las investigaciones sobre un expresidente o active una contra otro, obedece. Cuando el Presidente expresó su deseo de que se hiciera pública la acusación del exdirector de Pemex Emilio Lozoya, por el caso Odebrecht, apareció de la nada en las redes sociales. Cuando ofreció el Presidente a Estados Unidos investigar a fondo la presunta responsabilidad del general Salvador Cienfuegos, exsecretario de la Defensa, con el narcotráfico, Gertz Manero le dio carpetazo.

El fiscal es funcional a López Obrador, que lo utiliza como mastín. Al tener un costo inferior al beneficio, le tolera sus arbitrariedades personales y violaciones a la ley. Sin embargo, hay matices importantes. Un tamborilero del Presidente le hizo la pregunta ayer sobre el libro que aparecerá la próxima semana, que ataca a su fiscal de una manera severa. El Presidente respondió que no lo removía porque no había cometido delitos graves –o sea, ¿delitos no graves sí ha cometido?–, y por primera vez no mencionó que era honesto y aceptó que sí puede remover al fiscal, cuando considere él, no la ley, que sí cometió un delito grave. Por último, no menos extraño, felicitó al autor del ataque a su fiscal.

¿Fue un error? ¿Fue un mensaje a Gertz Manero? ¿El costo ya resulta más alto que el beneficio? En una primera lectura, hay Gertz Manero para rato. En una segunda, el reloj de arena ya se volteó.