Uno de los libros sustraídos durante la ocupación estadounidense de Ciudad de México, en 1847. MAURICIO MARAT (INAH)

La situación de México era desesperada. La asimetría con Estados Unidos, bestial. México contaba con unos siete millones de habitantes; EE UU con 20 millones, soldados profesionales con armas modernas y una economía en expansión. El ejército comandado por Winfield Scott seguiría la ‘ruta de Cortés’ de Veracruz a Ciudad de México. Casi sin recursos, el presidente Santa Anna — quien se erigió como dictador vitalicio con el mote de Alteza Serenísima — hizo el milagro de formar ejércitos y entrenar voluntarios. Llegaron tarde. Nuevo México y California, sin defensas, fueron anexados con facilidad. A principios de agosto de 1847, unos 14.000 hombres de Scott iniciaron la marcha hacia la capital. El 20 de agosto llegaron al convento de Churubusco, donde el batallón de San Patricio, integrado por soldados irlandeses que se pasaron al bando mexicano comandados por el General Anaya, lucharon con determinación, pero sin éxito. El 8 de septiembre cayeron Casa Mata y Molino del Rey; el 13 el castillo de Chapultepec. Santa Anna decidió que era imposible la defensa y ordenó al Ejército abandonar la capital, pero grupos populares trataron de defender su ciudad. La desigualdad en cuanto a las armas terminó en un baño de sangre y el 15 de septiembre la bandera estadounidense ondeaba en Palacio Nacional. Esa noche, mientras los invasores celebraban su llegada a los palacios de la capital, los mexicanos velaban a sus muertos. México no solo perdió más de la mitad de su territorio, sino mucho de su patrimonio cultural e histórico. Este año volvieron a territorio nacional tres libros que fueron sustraídos durante aquella intervención estadounidense.

Los libros, impresos de los siglos XVII y XVIII, muestran la misma nota en inglés escrita a mano en la primera hoja: “La familia de James Wall Schureman Campbell, sobrino de James Wall Schureman, primer teniente del ejército de los EE.UU., sirviendo al general Winfield S. Scott en la guerra contra México”. Después, como colofón, otra leyenda para la historia: “Tomado de un palacio en la Ciudad de México [Taken from a palace in city of Mexico]”.

Un investigador revisa el material repatriado.
MAURICIO MARAT (INAH)

“El 13 de abril, la Secretaría de Relaciones Exteriores entregó al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) un lote de bienes culturales, entre ellos, dos libros que vienen del consulado de México en Nueva York. Estos objetos fueron entregados de manera voluntaria por particulares en distintas fechas. Uno de los libros es del año 1637 y habla sobre el sistema de control de las inundaciones y la red hidráulica desde la conquista española que se consumó en 1521 hasta 1637; relata la forma en la que se resolvían las inundaciones en la Ciudad de México, rodeada de lagos; el libro incluye un mapa antiguo que se despliega. El otro libro, de 1714, ofrece el árbol genealógico de Felipe Rodriguez de Ledefma, personaje importante en la sociedad novohispana. Son dos documentos impresos muy interesantes en un estado aceptable de conservación”, cuenta en entrevista con EL PAÍS el arqueólogo Alejandro Bautista Valdespino, subdirector de Registro de Monumentos Arqueológicos Muebles del INAH.

En el libro de 1714 se hacen del conocimiento del rey de España los méritos del “licenciado Don Felipe Rodriguez de Ledefma, Cornejo, Núñez de Prado, y Zúñiga: Canónigo de los más antiguos de la Santa Iglesia de la Ciudad de los Ángeles en la Nueva España” y se adjunta un extenso árbol genealógico. El impreso termina con la siguiente frase: “con licencia en la Puebla: por la viuda de Miguel de Ortega”. El segundo volumen se refiere al sistema hidráulico de la cuenca de México. Contiene un Reglamento General de las Medidas de las Aguas y mapas desplegables de la región. Tres impresos de diferentes épocas, todos encuadernados. El primero es de 1637 y los otros datan del siglo XVIII, en ellos se asientan los problemas de inundación de la capital novohispana.

Hay un tercer libro, fechado en 1715, el cual fue repatriado hace apenas dos meses. En sus primeras páginas reza: “Fundación de Obra Pía para mantenimiento de Estudiantes” y, de acuerdo con la Asociación Histórica del Condado de Monmouth — organización sin fines de lucro que posee una colección donada en 1933 por un descendiente del militar James Wall Schureman (1822-1852), que combatió en la invasión estadounidense a México y de donde proceden los dos volúmenes repatriados — contiene pautas para la dedicación de un colegio de parte de José de la Puente y Peña, quien cruzó el Atlántico hacia México a los 15 años y llegaría a ser conocido como el marqués de la Villapuente, personaje que se granjeó la simpatía del entonces rey Carlos II.

“Estos libros abordan parte importante de la historia de nuestro país y, en un gesto de conciencia y congruencia, la Asociación Histórica del Condado de Monmouth decidió de manera libre y voluntaria, reintegrar los libros a la nación mexicana a través del consulado mexicano en Nueva York”, explica el arqueólogo Alejandro Bautista. El escritor e historiador Rick Geffken, quien vistió hace dos años la biblioteca del condado Monmouth, reparó en el origen de estos libros y, desde entonces, junto con miembros de dicha asociación histórica, se puso en contacto con el cónsul general de México en Nueva York, Jorge Islas López, para gestionar su retorno a México.

También regresaron a México dos milenios de historia de Mesoamérica. “Son 39 objetos elaborados en piedra, barro y metal, que fueron entregados por particulares al consulado de México en Nueva York. El lote más grande es uno de 36 piezas, entregadas por una ciudadana estadounidense que las había resguardado en su domicilio durante un tiempo, pero que veía importante que regresaran a su lugar de origen. Las piezas las había recibido de sus padres como una herencia, pero decidió regresarlas a México. De esos 36 bienes hay algunas piezas que no son mexicanas, sino de las culturas asentadas en la región andina. Específicamente en Perú”, explica a EL PAÍS Alejandro Bautista. Estas piezas serán devueltas a Perú a través de un acto diplomático.


Piezas arqueológicas recuperadas.
INSTITUTO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA E HISTORIA (EFE)

Las piezas prehispánicas provienen principalmente de la costa del Golfo y del Altiplano Central, y cubren un arco temporal de dos milenios, que va del periodo Preclásico al Posclásico Tardío, es decir, del año 600 a.C. Hay dos pequeños morteros tallados en roca volcánica, procedentes del altiplano queretano, fragmentos de sellos y figurillas antropomorfas de la tradición, tumbas de tiro del occidente mexicano; así como de los estilos totonaca y teotihuacano, que datan del periodo Clásico mesoamericano (400-900 d.C.). Del conjunto resalta una escultura realizada en roca, posiblemente diorita, cuyas dimensiones son 23.5 cm de alto, 14.5 cm de ancho y 7.5 cm de espesor. Representa a un personaje masculino desnudo, de pie, que porta tocado y comparte rasgos del estilo teotihuacano, desarrollado en el periodo Clásico mesoamericano.

Las piezas arqueológicas y libros históricos repatriados vía diplomática se resguardan en la Dirección de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos e Históricos del INAH, instancia que realizará la inscripción pública de los monumentos. La Secretaría de Cultura asegura que 5.865 bienes arqueológicos e históricos se han repatriado a México en lo que va de esta administración.

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