Un hombre camina en la favela da Maré el pasado 13 de octubre de 2020, en Río de Janeiro (Brasil).FABIO MOTTA / EFE

América Latina presenta un paisaje económico sombrío. Comparada con otras zonas del planeta, es la que se recupera con más dificultad. El deterioro es llamativo porque se registra en el marco de una suba sostenida en el precio de las materias primas, es decir, con una recuperación en el comercio del que vive la región. Sin ese sostén, el cuadro sería aún más angustiante. El primer reflejo es explicar las penurias por la peste del coronavirus. Correcto. Pero incompleto. La pandemia ha funcionado como una lente de aumento para fragilidades materiales preexistentes. El malestar comienza a tener un registro inquietante en la esfera política.

Latinoamérica tuvo el año pasado una caída en su producto bruto del 6,6%. Apenas inferior a la de la Eurozona, que fue de 6,8%. Sin embargo, según pronósticos en los que coinciden los principales bancos de inversión, Europa se va a expandir 5,1% en 2021 y 5% en 2022. En cambio los pronósticos para los países latinoamericanos son más modestos: 4,9% este año, 3,1% el que viene.

El fenómeno contrasta con la situación de naciones o regiones que, a diferencia de Europa y América Latina, revertirán la caída del año pasado. Según informes de JP Morgan, los Estados Unidos, que tuvieron una contracción del 3,5%, crecerán este año 6,3% y en 2022 un 4%. Asia-pacífico, que cayó en 2020 un 1,2%, repuntará 7,5% este año y 4,8% el que viene. China, en cambio, el año pasado no se contrajo. Creció menos: 2,3%. Este año lo hará a un 9,3% y el que viene a 5,7% según el mismo banco.

El regreso del dinamismo chino atenúa el estancamiento de América Latina. Pero no permite, ni por asomo, una ola de bonanza como la que benefició a las economías productoras de materias primas entre 2003 y 2013. El comercio exterior de la región tuvo en 2020 el peor desempeño desde la recesión de 2008. Pero, según una investigación de la CEPAL, estuvo 10 puntos por encima de lo esperado gracias al rebote asiático.

La recuperación de los principales socios comerciales es la principal razón de los mejores números latinoamericanos. Pero “mejores” es relativo. Según los pronósticos de JP Morgan, de los principales países del área solo Colombia y Chile presentarán este año números que reviertan el derrumbe de 2020. Chile cayó 5,8% y este año rebotará a un 5,9%. Colombia, que se retrajo 6,8%, este año expandirá su PBI en 7,5%.

En cambio, Brasil pasará de -4,1 a 2,9%; México, de -8,2 a 5,8%; la Argentina, de -9,9% a 5,8%; y Perú de -11,1% a 9,9%.

Una de las razones de la mediocre recuperación latinoamericana es que el virus le sigue ganando a la vacunación. Salvo Chile, que con 14 millones de vacunas ya cubrió con una dosis al 41% de su población, los demás países vienen demorados en comparación con las naciones menos avanzadas de Europa. Brasil vacunó al 13,6% de la población. La Argentina al 13,3%. México al 6,4%. Y Colombia al 4,3%. Estas demoras generan controversias políticas y agrietan liderazgos.

Los inconvenientes para inmunizar a la gente determinan confinamientos que imponen nuevas restricciones a la actividad económica. En economías como la brasileña o la argentina, esa involución obliga a ajustar los pronósticos de crecimiento. JP Morgan llevó el de Brasil de 3,2% a 2,9% para este año y de 2,4 a 2,2% para 2022.

La secuencia termina impactando sobre las cuentas fiscales, por la necesidad de asistir a las empresas afectadas y a los empleados que quedan sin trabajo. Este problema está alarmando a los inversores en varios países. Desde México, que sigue cargando con una deuda abultada, hasta Colombia, donde reaparece la presión por una reforma tributaria. En Brasil, el presidente Jair Bolsonaro debió vetar una expansión del presupuesto dispuesta por el Congreso. Aun así, los pronósticos de déficit fiscal que realizan las casas crediticias fueron corregidos hacia arriba: de 6,7 a 7,2% del PBI. En la Argentina, el desequilibrio presupuestado para este año de 4,5% parece en el nuevo contexto una utopía.

Como acaba de explicar Gita Gopinath, jefa de investigaciones económicas del Fondo Monetario Internacional, para muchas economías emergentes el mantenimiento del déficit no garantiza una protección efectiva para las personas más vulnerables frente a la crisis. Al contrario, las disparidades entre países se volverán más agudas. Y también la desigualdad dentro de cada país.

En Brasil, por ejemplo, el 44% de la población dejó de comer carne y 125 millones de personas, de un total de 211 millones, padece de inseguridad alimentaria. En el momento en que el gobierno diseñó programas de ayuda para la emergencia saltó a la luz la existencia de 20 millones de pobres que no habían sido registrados por el Estado. Un dato inesperado, pero común en todos los países de la región, donde la informalidad se expande cada vez más. En la Argentina la pobreza ya es del 42%. Y en Paraguay, pasó del 23,5 al 26,9%. En México de 16,8% en 2018 y llegó a 21,5% a fines del año pasado. En Colombia la pobreza pasó, durante 2020, del 31,7 al 38,7%.

Son datos que se recortan sobre un panorama global dramático, que Gopinath describe bien: “Para 2020–22, la pérdida acumulada de ingresos per cápita en relación con las proyecciones previas a la pandemia será de 20% del PIB per cápita de 2019 en las economías de mercados emergentes y en desarrollo (excluida China), mientras que en las economías avanzadas se prevé una pérdida relativamente menor, del 11%. Esto ha borrado los avances en la reducción de la pobreza: se prevé que 95 millones de personas más caigan en la pobreza extrema en 2020, y 80 millones más sufrirán desnutrición”.

Todavía no está claro el impacto que estas transformaciones tendrá en la política. Sí pueden registrarse algunos indicios. En Perú, por ejemplo, está causando asombro el avance de un candidato de izquierda radicalizada, Pedro Castillo, quien se va imponiendo en las encuestas para la segunda vuelta electoral sobre Keiko Fujimori, limitada por un rechazo equivalente al 65% de los votantes.

Tal vez la novedad más relevante se verifique en Brasil. No solo sigue cayendo el prestigio de Bolsonaro y su gobierno. Comenzó a ascender Lula da Silva. Según un sondeo de Exame Invest, 39% de los consultados cree que Bolsonaro merece ser reelecto. El 50% cree que no. Y el 11% no sabe. El 41% de esos votantes cree que el líder del PT, Lula da Silva, merece volver a la presidencia. El 52% cree que no, y el 7% no sabe. Otra investigación, realizada por PoderData pronosticó que, si hoy se celebrara una segunda vuelta electoral, Lula se impondría sobre Bolsonaro por 52 a 34%.

La pandemia agravó problemas estructurales. Desde 2014 la economía regional crece no más del 1% por año. La caída del año pasado superó a la de 2009, que fue de 1,7%. A diferencia de lo que sucedió en aquella crisis, la política monetaria y fiscal presenta limitaciones en la mayoría de los países para compensar la contracción del nivel de actividad. Según el Banco Interamericano de Desarrollo la deuda pública latinoamericana, que en 2008 era del 40%, subió al 57% en 2019, antes de que se desatara la peste.

Los problemas económicos no fueron inaugurados sino agravados por la tormenta sanitaria. Es el retroceso de una región que ya estaba estancada. El clima para los negocios es desalentador. Muchas compañías aprovechan la pandemia como excusa para retirarse de la zona. La cementera LafargeHolcim, por ejemplo, anunció que venderá 12 plantas brasileñas. Ford ya había anunciado su retiro en enero. Son indicios de una desindustrialización en cámara lenta. Convergen con otras tendencias: en toda la región comienza a verificarse un éxodo de las grandes fortunas locales. Las familias millonarias con oficinas de inversión prefieren orientar sus fondos hacia negocios en otras áreas del planeta. Más allá de la amenaza del Covid 19, el eclipse de América Latina será largo.

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