El presidente Andrés Manuel López Obrador tuvo dos de las conversaciones más importantes que un líder puede tener, enfermo de Covid-19. La primera fue con el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y la segunda con el presidente de Rusia, Vladimir Putin. En la primera aún no sabía que tenía coronavirus, pero se sentía mal y le había confiado a Lázaro Cárdenas, su coordinador de asesores, que no podía concentrarse y que había tenido dificultades para mantener las conversaciones que había tenido durante ese día. El Presidente llevaba varios días con el virus en su cuerpo, pero no había presentado ningún síntoma. Tampoco había hablado con los especialistas sobre cómo se sentía.

Con esa salud deteriorada habló con Biden la tarde del viernes 22 de enero, y poco después dijo en su cuenta de Twitter que habían tratado asuntos relacionados con la migración y la cooperación para el desarrollo y el bienestar. La Casa Blanca difundió una declaración con generalidades sobre la conversación. La plática, dijeron funcionarios mexicanos, fue superficial y sólo versó sobre la migración centroamericana, donde López Obrador le dijo que su plan para la región había sido adoptado por todos los países, lo cual es falso.

López Obrador dio positivo a Covid-19 el domingo en la madrugada, y para la tarde de ese día, el 24, tenía fiebre y se sentía muy mal. Los doctores le recomendaron reposo absoluto, pero el Presidente no quiso cancelar la llamada con Putin al día siguiente, por la urgencia para garantizar vacunas para los próximos meses, tras los tropiezos que tenía con Pfizer, a quien no le pudieron reclamar el recorte de suministros porque habían sido dosis que le regaló el gobierno de Donald Trump, y con AstraZeneca.

La plática de López Obrador con Putin fue prácticamente inexistente. El Presidente se sentía tan mal que apenas si pronunció unas cuantas palabras, incluidas las del saludo, dejando todo el peso de la conversación al secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, quien en efecto habló con Putin sobre el suministro de vacunas Sputnik-V a México durante los próximos meses. López Obrador describió la plática en su cuenta de Twitter como cordial y de intercambios sustantivos, donde habían acordado el envío de 24 millones de dosis de la vacuna. El Kremlin no reveló la casi total invisibilidad de López Obrador en la llamada con Putin.

Como se apuntó ayer en este espacio, esa noche del lunes, madrugada del martes, López Obrador tuvo una crisis que fue rápidamente atendida por el equipo médico que lo cuida 24 horas, que lo estabilizó. De acuerdo con fuentes del gabinete de seguridad, el miércoles 27 el Presidente amaneció muy decaído en el ánimo, aunque tomó varias decisiones. La más importante fue que su oficina quedara a cargo del consejero jurídico de la Presidencia, Julio Scherer, y para apoyarlo en los diversos temas que surgieran, Cárdenas y su vocero, Jesús Ramírez Cuevas. La secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, que por diseño institucional tendría que haber sido quien asumiera esa función, fue relegada.

Sánchez Cordero, sin embargo, fue una de las contadas colaboradoras del Presidente a quien se le permitió acceso a López Obrador la semana pasada. Además de ella, quienes pudieron acceder a él, más allá de su familia y del secretario de Salud, Jorge Alcocer, quien encabeza el equipo médico que lo atiende, fueron únicamente el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, y el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell.

Ante la instrucción que el estado de salud del Presidente se mantuviera en secreto, dentro de Palacio Nacional se vivía una incertidumbre que se transformaba en tensión. La gran mayoría del personal dentro de la sede del gobierno carecía de información, pero veía quiénes iban a la zona residencial donde se encuentra confinado López Obrador. La especulación dentro de Palacio Nacional superaba por mucho a la que había fuera, por la información opaca y mentirosa que se proporcionaba. Por ejemplo, en la mañanera del jueves 28, Sánchez Cordero dijo que el Presidente “se encuentra muy bien”, lo que no era cierto, pero ocupaba el espacio de opinión pública que blindaba el verdadero estado de salud de López Obrador.

Ese mismo día se presentó en Palacio Nacional el padre Alejandro Solalinde, quien tenía toda la intención de ver al Presidente. El secretario Alcocer le impidió verlo, por lo que Solalinde se tuvo que conformar con platicar con la esposa de López Obrador, Beatriz Gutiérrez Müller, y con sus hijos José Ramón, Andrés y Gonzalo. Solalinde estuvo tres horas con la familia, pero a la salida, bajo el exhorto expreso de no revelar absolutamente nada sobre el estado de salud o las condiciones del entorno presidencial, el locuaz padre sólo confió a la prensa que no podría hablar ni decir nada.

Pese a los días malos que tuvo el Presidente en la primera semana de confinamiento, no hubo ningún momento en el cual estuviera inconsciente o sin la capacidad para ejercer sus funciones. Pero tampoco, sin embargo, en condiciones para repetir los mensajes videograbados como el que difundió el viernes 29 por la tarde, donde se le vio cansado, débil y no en las mejores condiciones de salud. Sin embargo, para ese día, el Presidente ya había pasado el momento más crítico de su enfermedad y estaba en una lenta y difícil recuperación.

A través de los contactos que mantuvo con un puñado de colaboradores, López Obrador pudo seguir dando instrucciones precisas sobre sus prioridades, como hizo con la iniciativa de la reforma eléctrica, operada por Scherer. No obstante, la enfermedad del Presidente mostró una enorme fragilidad y vulnerabilidad en el gobierno, atado pavlovianamente a su ejercicio centralizado de poder.

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