Trump y el Partido Republicano van a la guerra

Los conservadores tumban en el Congreso las últimas iniciativas de su presidente, colérico contra la cúpula y decidido a demostrar que él es quien controla a las bases

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Donald Trump y su esposa, Melania Trump, el jueves a su llegada a la Casa Blanca tras pasar unos días en la mansión de Florida.POOL/ABACA / GTRES

“Donald Trump canta solo, a capela”. Una de las últimas crónicas de este periódico en la campaña presidencial de 2016, dos días antes de la cita con las urnas, llevaba este título porque, a diferencia de Hillary Clinton, arropada por todos los primeras espadas demócratas, el magnate neoyorquino había terminado el largo año electoral aislado por los popes del Grand Old Party. Ni los expresidentes Bush, padre e hijo, ni excandidatos como Mitt Romney o John McCain le acompañaron en los mítines. El entonces presidente de la Cámara de Representantes, la estrella republicana Paul Ryan, explícitamente anunció que no estaba dispuesto a compartir escenario después de los escándalos de aquellos meses. Trump había irrumpido en las primarias como un agente de caos, heterodoxo y antisistema, azote de la cúpula de su propia formación, el Partido Republicano. Cuando, contra pronóstico, ganó la Casa Blanca, todos cerraron filas en torno a su hombre.

La política es veloz, pragmática, implacable. Hoy, Donald Trump, derrotado en las elecciones, vuelve a cantar a capela, en guerra contra su propio partido. En el Senado, una alianza —extraña en estos tiempos— entre demócratas y republicanos tumbó este viernes el veto del mandatario a la ley de Defensa, en su momento aprobado también por ambos partidos. Se trata de la primera vez que el Capitolio revierte un veto del mandatario. Y la demanda de Trump de aumentar los cheques de estímulo por la covid de 600 a 2.000 dólares, medida estrella del segundo gran rescate económico recién activado, es rechazada por la mayor parte de republicanos. El grueso de estos, después de semanas de connivencia con el líder, se ha distanciado ya de sus infundadas acusaciones de fraude electoral y ha reconocido al demócrata Joe Biden como presidente electo.

Incluso su vicepresidente y hasta ahora fiel escudero, Mike Pence, acaba de recurrir en los tribunales la intentona de un grupo de seguidores del partido de Texas y Arizona para que use el poder que le confiere el cargo y torpedee la confirmación de la victoria de Biden este próximo miércoles en la sesión bicameral que celebra el Capitolio. Pence es uno de los republicanos que sopesa presentarse a candidato en 2024 y no se había desmarcado de la huida hacia adelante del mandatario. Caído Trump en las urnas, muchos necesitan pasar página y empezar a abonar el campo para el futuro, pero sin irritar a las bases trumpistas. Ese ha sido el juego de equilibrios hasta ahora.

La cuenta de Twitter del magnate echa humo contra los suyos. “El débil y cansado liderazgo republicano permitirá que el proyecto de ley de Defensa sea aprobado”, escribió el martes. Trump rechazó firmarlo porque el texto, que marca el presupuesto, establece el fin de los símbolos confederados en las instalaciones y limita su capacidad de retirar tropas del extranjero, entre otras medidas. Así, el proyecto de ley tuvo que volver a las dos Cámaras para tumbar este veto. El pasado lunes, lo anuló la de Representantes, controlada por los demócratas, y este viernes lo hizo el Senado, de los republicanos, por una mayoría de 81 a 13.

“Brian Kemp debería dimitir de su cargo, es un obstruccionista que rechaza admitir que ganamos Georgia”, lanzó este miércoles, contra el gobernador republicano de este Estado sureño, por no dar pábulo a sus acusaciones de fraude electoral.

Lo que se libra es, a la postre, una batalla por el control del Partido Republicano. ¿A quién pertenece? ¿Sigue siendo el partido de Trump después de la derrota del 3 de noviembre?

Por una parte, el magnate logró que en los comicios de noviembre le votasen 11 millones más de estadounidenses que en 2016, lo que supuso un incremento de casi un punto porcentual, y mostró la fuerza de tracción que mantiene con el electorado. La mayor parte de los votantes republicanos considera, según las encuestas, que Biden ganó de forma ilegítima y el sondeo anual de la empresa Gallup lo ha coronado esta semana como la persona más admirada, desbancando a Barack Obama. El culto a la persona de Trump, en resumen, persiste.

Pero también el sentimiento de repudio que genera, pues su índice de popularidad sigue en el 39%. Los republicanos tienen en cuenta que ni siquiera esa capacidad de movilización que ha logrado sirve para compensar la gran marea de votos demócratas que le ha expulsado de la Casa Blanca. En las elecciones a la Cámara de Representantes y al Senado, celebradas en la misma fecha, a los demócratas les fue mucho peor. Los republicanos aumentaron 10 escaños en la Cámara de Representantes y el control del Senado, que el partido de Biden ansiaba recuperar, se decidirá este martes en una elección extraordinaria de los dos senadores asignados a Georgia.

Esta votación marcará los cuatro años de mandato de Biden, pues decidirá si el nuevo Gobierno demócrata tiene vía libre para actuar o quedará embridado por una Cámara alta, de nuevo, controlada por los republicanos. La alargada sombra de Trump se proyecta sobre esta contienda, no solo porque ninguno de los dos candidatos republicanos quiere ser acusado de deslealtad al presidente republicano, cuando están a punto de pedir el voto, sino porque las urnas constituyen una prueba de resistencia: ¿Qué tal se le dará a los demócratas sin su villano de la Casa Blanca como acicate para los progresistas? ¿Cómo les irá a los republicanos sin su nombre en la papeleta? En la primera votación, la del 3 noviembre, quedaron empatados y por eso se hizo necesaria esta segunda vuelta al Senado.

Sobrevuela estas preguntas un elemento de mayor incertidumbre y es el efecto que puede causar en las urnas el hecho de que el presidente lleve dos meses asegurando que el sistema electoral está quebrado y que la elección de noviembre en Georgia dio la victoria a Biden de forma fraudulenta.

Con esta cita electoral a la vuelta de la esquina, la pelea por algo tan sensible como el paquete de estímulos en una economía en grave recesión ha sido una patata caliente para los republicanos. Trump ha exigido a su partido que eleve de 600 a 2.000 dólares los cheques de ayuda a los ciudadanos, algo que también apoyan los demócratas, y ha dejado a los suyos el incómodo papel de oponerse. Así, la medida ha tenido luz verde en la Cámara de Representantes, pero se ha dado de bruces con el líder de los republicanos en el Senado, Mitch McConnell, que ha bloqueado su votación.

El abandono de Trump por parte del poderoso McConnell antes de Navidad, cuando reconoció y felicitó a Biden como presidente electo, dejó a Trump sin orquesta. Le siguen sus acólitos, los que se manifiestan en la calle y algunos republicanos que promueven ese insólito boicoteo en el Capitolio contra la certificación de Biden, con todos los visos de fracasar. Pero la mayor parte del establishment republicano ha dicho basta. Lo ha dicho, eso sí, tras semanas dando carta de naturaleza al intento de revertir el resultado de unas elecciones democráticas, con todas las secuelas que eso deja en el sistema.

Incluso el New York Post, el tabloide de Rupert Murdoch, que había pedido el voto para el neoyorquino tanto en 2016 como en 2020, publicó un editorial demoledor esta semana, exigiéndole que acepte la derrota. “Los demócratas le tratarán como una aberración que solo duró un mandato y, francamente, usted les está ayudando”, señalaba, y agregaba: “El rey Lear de Mar-a-Lago [en referencia a la mansión de Trump en Florida], clamando contra la corrupción en el mundo”. Era una buena imagen del canto solitario del magnate neoyorquino, decidido a seguir librando la batalla.

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