En la pequeña oficina del hotel que su familia administra en Poza Rica, Guillermo Salinas recuerda cómo se derrumbaron los sueños petroleros de México, junto a muchas de sus propias esperanzas de un futuro mejor.

El aire huele a cloro, aunque ya casi nadie usa la alberca de mosaicos azules. En este día húmedo de septiembre, algunos de los pocos huéspedes en el antaño boyante Hotel Salinas son una docena de policías federales enviados al área para proteger los ductos de la ordeña. Tener a los federales de clientes es una suerte contradictoria: verlos en el vestíbulo con rifles no ayuda exactamente a atraer turistas.

Pero hoy cualquier cliente que paga es bienvenido. Poza Rica se encuentra en el borde de la cuenca petrolera de Chicontepec. Hace una década, Petróleos Mexicanos invertía miles de millones de dólares en ella. Salinas y otros empresarios se aprestaron a abrir restaurantes, hoteles y negocios de servicios petroleros.

Se suponía que Poza Rica iba a ser una ciudad floreciente, pero ahora es más una superviviente. El desempleo es rampante, incluso algunos carteles de la droga que alguna vez aterrorizaron a la ciudad se han ido porque allí ya no ganaban dinero.

Como muchos mexicanos, Salinas se siente decepcionado. “El Gobierno nos dijo que nos preparáramos creando nuevas infraestructuras y servicios para Pemex”, cuenta. “Eso no duró, y ahora se ha detenido mucha inversión. Muchos de nosotros en el negocio hotelero estamos luchando para sobrevivir”.

Lo mismo podría decirse de Petróleos Mexicanos (Pemex). Las calificadoras han sonado la alarma sobre la compañía petrolera más endeudada del mundo y una ya rebajó sus bonos a basura de alto rendimiento. El mayor riesgo de todos es que las tribulaciones de Pemex arrastren consigo a la economía mexicana.

Cualquier esperanza de prevenir eso y revitalizar lugares como Poza Rica ahora recae en el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien prometió devolver a Pemex a sus días de gloria. AMLO ha colocado a la petrolera en el centro de sus ambiciones de romper con tres décadas de políticas neoliberales.

Pemex ahora carga con un mandato que parece más un programa de creación de empleo, incluida la construcción de una refinería en Tabasco, que la mayoría de los analistas de la industria dicen que no es necesaria. Esta receta populista para salvar a Pemex, cuya deuda supera los 100 mil millones de dólares, es precisamente lo que inquieta a las calificadoras. Las oficinas de prensa de Pemex y de López Obrador no respondieron a las solicitudes de comentarios.

En retrospectiva, parece claro que el presidente siempre caminó en esta dirección. Al inicio de su administración, Pemex agregó el lema: “Por el rescate de la soberanía”, para que nadie la confundiera con una petrolera convencional.

Y ahí es donde comenzaron los problemas de AMLO.

Cuando llegó a la presidencia, López Obrador parecía tener al menos la buena fe de revitalizar a Pemex. Como hijo de la cuenca petrolera del Golfo: pasó sus primeros años en Tepetitán, un pueblo con un par de pozos.

Pero el Pemex de la infancia de AMLO era mucho más exitoso que el de hoy. En 1953, el año en que él nació, la industria petrolera estaba en auge en Tabasco. A nivel nacional, la producción casi se había duplicado en los 15 años previos. Para 1968 se había duplicado de nuevo.

Siempre hubo, sin embargo, la preocupación de que esa riqueza no llegaba a los mexicanos más pobres. AMLO, que había trabajado como burócrata y profesor, se aferró a esa ira cuando comenzó su carrera política. Después de perder una controvertida elección en 1994 a la gubernatura de Tabasco, se unió a activistas que tomaron los pozos de Pemex y saltó a la fama cuando apareció en televisión cubierto de sangre después de un enfrentamiento con la policía.

En 2000, cuando fue electo jefe de Gobierno de la Ciudad de México, AMLO se posicionó como un izquierdista pragmático. Mientras ampliaba los programas sociales para personas mayores, madres solteras y discapacitados, también estuvo dispuesto a trabajar con Carlos Slim en proyectos de desarrollo y el exalcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, en el combate al crimen.

AMLO usó el cargo como plataforma de lanzamiento, postulándose a la presidencia en 2006 con una agenda que incluía proteger a Pemex de lo que veía como un intento de privatización. Según el conteo oficial, perdió ante Felipe Calderón por menos de un punto porcentual, denunció fraude y no aceptó los resultados. En los años siguientes, cuando Calderón avanzó en la modernización de Pemex, López Obrador lideró la resistencia.

Cuando el sexenio de Calderón llegaba a su fin en 2012, López Obrador volvió a postularse para presidente. Esta vez perdió por un margen mucho más amplio frente a Enrique Peña Nieto.

La administración de Peña Nieto finalmente logró el preciado objetivo de la derecha mexicana: abrir la industria energética del país a la inversión extranjera. Aunque el momento no fue el ideal (la tinta de las reformas apenas se secaba cuando el precio del petróleo se hundió en 2014 y 2015), loss yacimientos mexicanos eran atractivos para jugadores internacionales como BP, Chevron, Exxon Mobil y Royal Dutch Shell.

Al final, el Gobierno de Peña Nieto naufragó entre acusaciones de corrupción y la percepción del público de que el presidente y su esposa estaban desconectados de las realidades de la vida cotidiana. Eso abrió el espacio para que AMLO se postulara nuevamente.

El Movimiento Regeneración Nacional (Morena) de AMLO prometió un Gobierno que se centraría en combatir la pobreza y priorizaría a los trabajadores por encima de los intereses comerciales que muchos creían eran protegidos por las administraciones anteriores. Se comprometió a rescatar a Pemex, a protegerla de la interferencia extranjera y devolverla al pueblo.

En el país y en el extranjero, empresarios e inversores palidecieron ante lo que escucharon; el peso, los bonos y las acciones sufrieron grandes pérdidas en la antesala de los comicios, pero gran parte de la ciudadanía lo apoyó, dándole una victoria rotunda. En su ascenso, los expertos inevitablemente detectaron ecos del estadounidense Donald Trump, del brasileño Jair Bolsonaro y de otros políticos no convencionales que ganaban terreno en todo el mundo.

Hoy, los problemas que afectan a Pemex están llegando a un punto crítico, y sus inversores están cada vez más inquietos.

La producción se desplomó a un promedio de un millón 680 mil barriles diarios en los primeros nueve meses de 2019, la mitad de lo que producía en 2004, y los yacimientos más rentables de México se están secando deprisa. Se necesitan inversiones desesperadamente, pero la compañía dedicó alrededor de 2 mil 500 millones de dólares a gastos de capital en los primeros nueve meses del año, apenas el 28 por ciento de su objetivo de 9 mil millones de dólares para 2019. Ese objetivo ni siquiera constituye la mitad de los gastos de capital de Pemex durante algunos de los años de Calderón.

Aunque Pemex es rentable, las ganancias antes de intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones en los primeros nueve meses del año alcanzaron los 17 mil millones de dólares, la mayor parte de ese beneficio fue para pagar impuestos y derechos que totalizaron 13 mil 900 millones de dólares en ese lapso.

“El problema es que el Gobierno se lo lleva todo”, dice Lucas Aristizabal, director sénior para América Latina de Fitch Ratings en Chicago.

Los críticos de AMLO afirman que su Gobierno no tiene una estrategia realista para corregir lo que está mal. Tachan la pieza central de su plan de inversión para Pemex, la refinería en Dos Bocas de 8 mil millones de dólares, como un despilfarro, o peor. Afirman que Pemex no la necesita, que es mejor dejar en manos de otros el negocio de convertir el crudo en combustibles, y que el proyecto desviará la atención y los recursos de su negocio medular que es la perforación.

La construcción aún no arranca en la planta que promete una capacidad de 340 mil barriles por día, pero el terreno que la albergará ya se prepara. Absorberá más de 4 de cada 5 pesos en fondos adicionales que el Gobierno asignó a Pemex de 2020 a 2022 como parte de su plan de negocios.

Poco importa que las refinerías existentes operan a solo el 40 por ciento de su capacidad en septiembre debido a la falta de inversión y de crudo ligero para el procesamiento, o que las plantas pierdan más dinero a medida que producen más, según los analistas.

“Es más barato para Pemex comprar gasolina que refinarla en el país”, explica Ixchel Castro, gerente de mercados de petróleo y refinación para América Latina en Wood Mackenzie.

Aun así, la idea de López Obrador de que otra refinería ayudará a reducir la participación e influencia extranjera en la industria petrolera de México resuena en grandes sectores de la población, que durante mucho tiempo identificaron a Pemex con la soberanía nacional.

La empresa surgió de la expropiación de 1938, una época en que las divisiones de Royal Dutch Shell y Standard Oil eran actores dominantes. Los libros de historia cuentan que los ciudadanos se formaban frente al Palacio de Bellas Artes para donar plata, oro e incluso gallinas para pagar las indemnizaciones a las compañías privadas. Más de 80 años después, el Día de la Expropiación Petrolera se celebra en todo el país el 18 de marzo, sobre todo en las regiones productoras.

Los detractores de López Obrador argumentan que sus políticas, en lugar de rescatar a Pemex, podrían llevarla a la insolvencia. Eso sería devastador para la economía y para los ingresos del gobierno. Los recursos petroleros representaron aproximadamente el 18 por ciento de los ingresos del gobierno federal en el segundo trimestre de 2019, mientras que el petróleo y el gas contribuyeron con solo el 3.4 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) de México en 2018, menos de la mitad del nivel de hace 25 años.

El presupuesto de AMLO para el próximo año dependía en parte de que Pemex aumente la producción en alrededor de un 16 por ciento, una tasa de crecimiento que no se ha visto en casi cuatro décadas.

México necesita olvidar el “sueño imposible” de construir refinerías e integrar su industria energética con la de sus vecinos del norte, opina James Barrineau, gestor de dinero de Schroders , el tercer mayor tenedor de la deuda de Pemex denominada en pesos.

En junio, Fitch Ratings rebajó la calificación de los bonos de Pemex a basura, citando la caída de la producción y la colosal deuda de la compañía, y de paso redujo la calificación de la deuda soberana de México, debido a los estrechos vínculos del gobierno con la petrolera. Moody’s Investors Service y S&P Global Ratings han planteado preocupaciones similares.

Los operadores de swaps están pagando más para comprar seguros contra el impago de la deuda, lo que ha hecho que el costo de los contratos a cinco años se encarezca más de 40 por ciento desde finales de 2017. Los compradores de bonos están exigiendo más de 4 puntos porcentuales de rendimiento adicional para mantener las notas de Pemex a diez años en lugar de bonos del Tesoro estadounidense con un vencimiento similar, casi tres veces las primas que obtienen los inversores de la deuda soberana de México.

Mientras tanto, López Obrador ha cuestionado a las calificadoras e ignoró sus recomendaciones de invertir más fondos en el negocio de exploración y producción de petróleo, vender activos no esenciales y admitir la inversión privada.

“Apenas llegamos y empiezan a hablar de que iban a bajar la calificación”, dijo en una conferencia de prensa en agosto. “Yo espero que ellos sean más cuidadosos en sus análisis, más profesionales, más objetivos”, dijo.

Las recientes medidas gubernamentales para apuntalar a Pemex han ayudado a mantener a raya a las calificadoras. En septiembre, el gobierno le inyectó 5 mil millones de dólares para ayudar a aliviar su carga de deuda, y la compañía vendió 7 mil 500 millones de dólares en bonos para refinanciar deuda a corto plazo. Pemex ya había recibido mil 300 millones de dólares como parte del presupuesto aprobado en diciembre de 2018. También recibió mil 500 millones de dólares en exenciones fiscales y mil 800 millones más para ayudarla con sus obligaciones de pagos de pensiones.

En los primeros nueve meses de 2019, Pemex reportó que ahorró mil 220 millones de dólares al reducir el robo de combustible y unos 375 millones adicionales al reducir su plantilla de 124 mil trabajadores y los pagos de intereses de su deuda.

Pero todo ese dinero no es suficiente para financiar las necesidades de Pemex, según Andrés Moreno, director de inversiones de Afore Sura, el tercer fondo de pensiones más grande de México, que posee bonos de la petrolera. Moreno dice que la compañía necesita entre 10 a 15 mil millones de dólares al año en flujo de caja para revertir la caída en la producción de crudo, por lo que el apoyo del Gobierno es solo “un complemento”.

“Están evitando la emergencia durante los próximos dos años, pero eso no resuelve nada”, señala. “Lo que falta en el caso de Pemex es la conciencia de la emergencia y la voluntad de poner la ideología en un cajón”, agregó.

Para ejemplificar cómo podrían funcionar mejor las cosas, los analistas y gestores de dinero señalan a la compañía petrolera estatal de Brasil, Petróleo Brasileiro, a la que no le han faltado problemas, incluida la corrupción y una enorme deuda de alrededor de 83 mil millones de dólares. Pero algunas cosas sí supo hacer bien: durante dos décadas ha trabajado con grandes petroleras extranjeras para desarrollar vastas reservas en aguas profundas, aprovechando la experiencia externa mientras adquiría conocimientos y destrezas en la perforación altamente técnica que se requiere allí.

En cambio, la estrategia de AMLO para aumentar la producción centrándose en yacimientos en tierra y en aguas poco profundas es miope, según los analistas y administradores de dinero; no reconoce la gran promesa de las aguas profundas y yacimientos no convencionales, que tienen un potencial de producción mucho mayor pero requieren experiencia extranjera e inversión privada.

“La administración actual ha hecho de la renovación de Pemex una prioridad, ‘hacer que Pemex vuelva a ser grande’”, dice Pablo Goldberg, gerente de cartera de BlackRock, propietario de deuda de Pemex. “Con el tiempo, lo que necesitamos ver es que crezca su capacidad de producción. Parte de esta ayuda financiera (del Gobierno) debería dar capital a Pemex para invertir. Ahora tenemos que ver si lo hace bien”.

En las afueras de Poza Rica, los pozos secos se extienden en la distancia, alpicados entre las plantaciones de cítricos. Se estima que Chicontepec posee alrededor de una quinta parte de las reservas de petróleo y gas de México. A principios de los años 2000, luego de que el gigantesco yacimiento de Cantarell, descubierto en los años setenta, comenzó a agotarse a un ritmo acelerado, las autoridades prometieron que Chicontepec impulsaría la producción mexicana.

En la década siguiente Pemex perforó miles de pozos. En 2010, contrató a empresas mundiales, incluidas Baker Hughes Co. y Halliburton Co., para desarrollar técnicas de vanguardia para la mejora de la producción en cinco nuevos laboratorios de campo. Eso atrajo a empresas de transporte, logística, equipos y servicios.

Pero la fiebre del oro negro no duró mucho. La perforación resultó mucho más complicada y costosa de lo que Pemex anticipaba. En su pico de producción en 2012, Chicontepec contribuía con menos de 70 mil barriles a la producción nacional diaria promedio de dos millones y medio de barriles. Ese desacierto cimentó la reputación de incompetencia de Pemex después de que sus directivos derrocharan miles de millones de dólares en el proyecto, financiados principalmente con deuda.

Durante la administración de Peña Nieto, los funcionarios de Pemex reconocieron que Chicontepec fue un fracaso, y la compañía redujo drásticamente su inversión en la cuenca. Los residentes de Poza Rica, creyendo que se avecinaban nuevas inversiones petroleras, apoyaron a López Obrador en las urnas. El presupuesto de Pemex para 2020 ordena duplicar la inversión anual en Chicontepec a 319 millones de dólares. Pero por el momento, las operaciones de Pemex en la región han continuado su constante declive.

La construcción de una refinería en Tabasco no ha ayudado a la causa de AMLO en la veracruzana Poza Rica. “Es decepcionante que hayamos votado por él y todo el apoyo para el sector energético se haya ido a otra parte”, dice Paola Ostos, gerente de operaciones de Transervices Energy, con sede en Poza Rica, que transporta a trabajadores y equipos a las instalaciones petroleras. “Como empresaria, siento que hemos sido olvidados. Fuimos la principal zona petrolera de México durante muchos años, y ahora toda la actividad se concentra en el sur”.

Cada 18 de marzo, Poza Rica todavía celebra el Día de la Expropiación. Pero la vida en esta región petrolera no es lo que solía ser. Los residentes dicen que las festividades, que acostumbraban durar varios días e incluir un carnaval, han perdido su brillo.

En la periferia de Poza Rica, una mañana de finales de verano, el sol calienta las láminas de metal que hacen de techo en las casas. Arriba, el humo de una planta de Pemex tiñe el cielo. Día tras día, la planta quema gas natural.

Salvador Reséndiz, presidente del Consejo Coordinador Empresarial de la región norte de Veracruz, dice que López Obrador le prometió a Poza Rica una nueva planta durante su campaña presidencial. Aunque el plan de negocios de Pemex para 2020 incluye la rehabilitación de las instalaciones, Reséndiz teme que Poza Rica sea olvidada y que la refinería en el estado natal del presidente tenga prioridad.

“Está muy claro que en estos primeros tres años del nuevo gobierno, toda la inversión en Pemex va hacia el sur, todo al sur”, dice. “¿Cuándo vendrá al norte? ¿Cuándo van a invertir dinero en Poza Rica?”.

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