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DURANGO, DGO.- Durango ganó casi 384 mil habitantes en dos décadas, pero una parte de su territorio quedó fuera de ese crecimiento.

Mientras las principales ciudades concentraron población y servicios, 18 municipios se hicieron más pequeños y algunas comunidades quedaron reducidas a una, cuatro o seis personas. La población no desapareció: cambió de lugar y dejó detrás viviendas vacías, pueblos envejecidos y escuelas sin alumnos.

El posible cierre de 24 planteles rurales es la expresión más reciente de esa contracción. No se trata únicamente de escuelas con baja matrícula, sino de comunidades que están perdiendo familias, servicios y posibilidades de sobrevivir.

CRECE EL ESTADO, DECRECEN LOS MUNICIPIOS

De acuerdo con los censos del Inegi, la población de Durango aumentó de un millón 448 mil 661 habitantes en 2000 a un millón 832 mil 650 en 2020, un crecimiento de 26.5 por ciento.

Sin embargo, el aumento se concentró principalmente en Durango, Gómez Palacio y Lerdo. Estos tres municipios reunían 60.6 por ciento de la población estatal en 2000; dos décadas después concentraban 66.8 por ciento.

Al mismo tiempo, casi la mitad de los municipios perdió habitantes.

San Bernardo registró la caída proporcional más pronunciada: pasó de cuatro mil 147 habitantes a dos mil 837, una disminución de 31.6 por ciento. Le siguieron Ocampo, con una pérdida de 21.2 por ciento; Indé, con 21 por ciento; San Dimas, con 20.9, y San Juan de Guadalupe, con 19.8 por ciento.

En números absolutos, San Dimas perdió cuatro mil 574 habitantes; Ocampo, dos mil 153; El Oro, mil 863; San Bernardo, mil 310; San Juan de Guadalupe, mil 297, e Indé, mil 263.

MUNICIPIOS CADA VEZ MÁS PEQUEÑOS

En 2000, Durango tenía seis municipios con menos de cinco mil habitantes. Para 2020 ya eran ocho: San Pedro del Gallo, San Luis del Cordero, San Bernardo, Hidalgo, Coneto de Comonfort, Canelas, Indé y Otáez.

El caso más extremo es San Pedro del Gallo, con apenas mil 633 habitantes distribuidos en un territorio municipal completo. Le siguen San Luis del Cordero, con dos mil 103, y San Bernardo, con dos mil 837.

Ser pequeño no significa necesariamente estar desapareciendo. Canelas y San Luis del Cordero mantuvieron poblaciones relativamente estables. El riesgo se concentra en los municipios que combinan pocos habitantes, pérdida sostenida de población, envejecimiento y dispersión territorial.

LOCALIDADES AL BORDE DE DESAPARECER

La contracción se vuelve más visible al bajar de los municipios a las comunidades.

Mina de Navidad, en Indé, pasó de 65 habitantes a uno; Las Cuevas, en San Dimas, de 53 a uno; El Palmillar, también en San Dimas, de 64 a cuatro, y Bajío de San Rafael, en Guanaceví, de 63 a seis habitantes.

Otros poblados siguieron el mismo camino: Piedra Gorda disminuyó de 68 a nueve habitantes; Salsipuedes, de 126 a 16; La Quebrada, de 218 a 31; Piedra Bola, de 229 a 36, y El Cócono, de 513 a 169.

En 2020, el Inegi contabilizó cinco mil 890 localidades habitadas en Durango. De ellas, dos mil 653 tenían entre uno y nueve residentes y mil 663, entre 10 y 49. En conjunto, más de siete de cada 10 localidades del estado contaban con menos de 50 habitantes.

No todas perdieron población recientemente, pues la dispersión ha sido una característica histórica del territorio duranguense. Sin embargo, las comunidades que pasaron de decenas o cientos de habitantes a sólo unas cuantas personas documentan un proceso real de abandono.

LA ESCUELA: ÚLTIMO DIQUE

La pérdida de habitantes reduce la matrícula hasta volver insostenible la operación de algunos planteles. Pero cerrar una escuela también puede acelerar el despoblamiento.

Cuando desaparece el servicio educativo, las familias con niñas y niños deben trasladarse diariamente o mudarse a otra comunidad. Con ellas se pierde población joven, disminuye el consumo local y se debilita la posibilidad de conservar otros servicios.

La escuela funciona así como termómetro y como dique: revela cuánto se ha vaciado una comunidad, pero también ayuda a contener su abandono.

Por eso resulta insuficiente anunciar el posible cierre de 24 escuelas sin identificar los planteles, las comunidades afectadas, su matrícula, las distancias que deberán recorrer los alumnos y las alternativas de transporte. Sin esa información no puede saberse si se está reorganizando el sistema educativo o retirando uno de los últimos soportes de la vida comunitaria.

La contradicción apenas comienza: mientras las comunidades pierden niños y las escuelas se quedan sin alumnos, Durango continúa formando cientos de nuevos maestros.

El estado se encamina así hacia una paradoja: pueblos sin familias, escuelas sin estudiantes y maestros sin grupo.