Algo está cambiando.
Y no ocurre solamente en México.
Está ocurriendo en Washington.
Durante años la guerra contra el narcotráfico se midió por los capos detenidos. Hoy la mirada se desplazó hacia otro lugar: el dinero, las empresas, las redes de protección y los intereses que permitieron a las organizaciones criminales convertirse en verdaderos poderes regionales.
Ese cambio comienza a sentirse también en Durango.
La llegada de fuerzas federales especializadas, los cateos, los aseguramientos y la continuidad de los operativos muestran que la estrategia ya no parece orientarse únicamente a capturar objetivos criminales. Ahora busca desmantelar las estructuras que les permiten operar.
Por eso resulta significativo lo que ocurre alrededor del estado.
Mientras Washington endurece su presión sobre las finanzas del crimen organizado, Durango aparece cada vez con mayor frecuencia en la conversación nacional sobre seguridad. No por una acusación formal. No por un expediente judicial conocido. Sino porque la entidad volvió a colocarse en el mapa estratégico donde convergen rutas, intereses y organizaciones criminales.
Eso obliga a leer los acontecimientos con otra perspectiva.
Los operativos ya no pueden medirse sólo por el número de detenidos o de armas aseguradas. La verdadera prueba será saber si logran romper las redes que durante años hicieron posible el crecimiento de esos grupos.
La guerra cambió de objetivo. Ya no basta con detener a los capos. El verdadero desafío será demostrar que también pueden caer las estructuras que durante años los hicieron posibles.















