
Madrid. En su segundo día de visita en Barcelona, el papa León XIV volvió a emitir un mensaje de paz frente a las turbulencias bélicas que recorren el mundo, desde Gaza, Irán o Ucrania. En la histórica misa en la Sagrada Familia, la catedral modernista más admirada del mundo, el líder religioso lanzó una proclama nítida: “queridos hermanos, no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria”.
Antes de dejar Cataluña y dirigirse a las Islas Canarias, Robert Francis Prevost asumió su papel de máximo líder de la Iglesia católica para bendecir la Sagrada Familia, sobre todo la torre de Jesucristo, de más de 400 metros, la más alta del mundo y que se terminó de construir hace unas semanas.
Durante el oficio religioso insistió en que la promoción de la guerra y la violencia es incompatible con la fe religiosa, pues “no podemos creer en Jesús y promover la guerra”.
Antes, el jefe del Estado Vaticano visitó la Abadía de Montserrat, uno de los centros de culto con más devotos de Cataluña y de España, pero que se convirtió hace unos años en uno de los epicentros de los abusos sexuales y pederastia perpetrados por miembros de la Iglesia católica, con decenas de víctimas que claman justicia y reparación.
De ahí que provocó indignación entre las víctimas que el Papa no haya hecho ninguna referencia a esta lacra durante su visita al templo y, más aún, que no haya tenido ninguna palabra hacia ellos, que protestaban en las puertas del lugar y reclamaban un trato digno.
El nombre del monje Andreu Soler forma parte de la historia más truculenta de la Iglesia católica en España. Su condición de abad de Montserrat le permitió cometer numerosos atropellos, entre ellos los abusos sexuales continuados y sistemáticos contra al menos 12 menores, que él mismo llamaba sus “escoltes (escoltas, en catalán) del monasterio”.
Eran su sombra y eso también fue el terreno fértil para perpetrar los abusos, que años después de-nunciaron, ya que los hechos se remontan a finales de la década de los 70 del siglo pasado.
La primera denuncia llegó hasta 2019, cuando un hombre de 63 años reveló que en 1971 el religioso se metió una noche en su cama y le tocó los genitales con la excusa de hablarle de la masturbación mientras le rogaba que no cayera en la tentación. Después se supo que además del monje Soler hubo otros sacerdotes más que también eran depredadores sexuales y así actuaron hasta finales del siglo XX.
“Nos parece que está muy bien que el Papa hable de plaga en la Iglesia, diga que es una herida en carne viva, diga que las víctimas tenemos derecho a la verdad, la justicia, la reparación y las garan-tías de no repetición, pero viniendo aquí a Montserrat, sabiendo que la institución se niega a reparar a sus víctimas, está haciendo lo contrario de lo que dice. Esto no sana, esto es echar sal en la herida”, afirmó Miguel Hurtado, el primero en denunciar los abusos.
En su discurso en la abadía, el Papa se limitó a reclamar que “hay que renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a las calumnias y aprender a cultivar el amor en familia, entre amigos, en las redes sociales o en la política”.
Antes, León XIV mantuvo una serie de encuentros de carácter social en la cárcel de Brians 1 y en un centro de asistencia social en el popular barrio barcelonés del Raval, donde conoció de primera mano la historia de los presos y de las personas marginadas y amenazadas con el desahucio de sus casas.
Para darles aliento en su en-cierro, el Papa dedicó un mensaje a los presos: “aunque el agobio y la tristeza marquen momentos de vuestro camino, los errores de una vida no marcan la identidad de una persona”.














