El populismo mexicano

Raymundo Riva Palacio | Estrictamente Personal

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La derrota de Trump exhibe los límites del populismo cuando la corrupción, la economía y la concentración del poder chocan con los resultados.

Para los populismos contemporáneos, la experiencia de la derrota de los republicanos en las elecciones intermedias ofrece una advertencia: la polarización puede conservar una base electoral intensa durante mucho tiempo, y la confrontación permanente puede desviar la atención de los problemas de gobierno. Culpar a sus adversarios, a los gobiernos anteriores o a factores externos, permite trasladar responsabilidades a otros, así como normalizar los fenómenos. Pero ninguno de esos mecanismos garantiza que los electores toleren indefinidamente el deterioro de su bienestar o la percepción de que los gobernantes se benefician personalmente del poder. Eso le sucedió a Donald Trump, que vivió el martes el peor revés político del siglo para un presidente en funciones.

Varios fueron los factores del repudio. Más de la mitad de los votantes consideró la corrupción al decidir su voto, y una proporción todavía mayor demandó controles más efectivos sobre la presidencia, reveló la encuesta de salida de la agencia AP. La demanda de contrapesos fue una de las dimensiones institucionales de esta elección, ante el impulso expansionista de la autoridad presidencial de Trump, quien, para ello, chocó con tribunales, legisladores y medios de comunicación. Sus partidarios decían que era necesaria por las resistencias al cambio; sus críticos denunciaban la concentración excesiva del poder.

La elección fue un referéndum de su gestión. La corrupción fue especialmente importante porque dañó el núcleo moral de su discurso. La economía debilitó su promesa de prosperidad. La guerra contra Irán contradijo su narrativa de contención de las intervenciones exteriores. Trasladarles a otros la responsabilidad de sus malas decisiones dejó de ser un recurso útil. Ser protagonista a diario generó cohesión y movilizó a sus bases, pero fue convirtiéndose en una vulnerabilidad.

Lo que por años logró con su narrativa, convenciendo a una parte importante de los estadounidenses de que era la respuesta a la corrupción, al abuso de las élites y al abandono económico, empezó a chocar con los resultados. El populismo puede ganar elecciones denunciando al sistema, como lo logró en dos ocasiones, pero gobernar exigía demostrar que no se había convertido en todo lo que prometió destruir. Los electores estadounidenses se lo cobraron.

Lo que le pasó a Trump les sucedió a otros populistas. Viktor Orbán, primer ministro de Hungría durante 16 años consecutivos, perdió el poder este año por el estancamiento económico, la inflación y la fatiga por su manejo autoritario del poder y la elevada corrupción de su entorno. Aleksandar Vučić, presidente de Serbia por casi una década, fue un autoritario, represor de organizaciones de la sociedad civil y proclive al control de medios de comunicación, el Poder Judicial y las instituciones. Le arrebataron el poder en las urnas tras una campaña de estudiantes contra la corrupción y el encubrimiento del colapso de un pabellón en una estación de tren renovada hace dos años, donde murieron 16 personas. Corrupción y concentración del poder, en ambos casos, fueron parte esencial de las campañas de sus opositores.

Cuando uno revisa los aspectos generales que llevaron a sus caídas y a la de Trump, se pueden encontrar muchos paralelismos con México, durante los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum. Pero políticas y actitudes similares no han tenido la misma mella. No hay una teoría universal que explique el ascenso y caída de los líderes populistas, como tampoco hay razones claras sobre por qué unos se mantienen fuertes y otros no. La derrota de Orbán sorprendió pese a su desgaste, pero la de Trump y los republicanos se venía anidando hace meses.

En México vemos el fenómeno en el que la gestión se reprueba y la aprobación se mantiene alta. Sucedió con López Obrador y pasa con Sheinbaum. La encuesta de aprobación presidencial publicada esta semana por El Financiero muestra un sólido apoyo para Sheinbaum (69%), pero en la evaluación sobre cómo gobierna, le va mal en los rubros de mayor preocupación ciudadana, la economía y la seguridad, y en otro, la corrupción, donde casi nueve de cada 10 mexicanos consideran que no está haciendo nada para combatirla.

La calificación sobre su manejo económico sigue a la baja, y en octubre cayó tres puntos más con respecto a septiembre (de 49 a 46%). En seguridad y el crimen organizado, la caída en las opiniones favorables sobre cómo estaba manejando el problema, de sí muy baja (27%), cayó 10 puntos más; es decir, sólo 1.7 mexicanos piensan que lo está haciendo bien. El combate al crimen organizado volvió a tener una regresión, y en septiembre sólo 13% de los mexicanos consideró que lo estaba haciendo bien.

Las malas valoraciones sobre su gestión, frente a su aprobación, lo explican los encuestadores como disociación de su persona con los problemas, que, paradójicamente, son su responsabilidad. Esta caprichosa dialéctica no es de generación espontánea, y varios factores ayudan a entenderlo. El más obvio son los programas sociales, las transferencias directas de dinero que correlacionan su buena opinión con la presidenta. Pero hay otros inhibidores más sutiles para las conciencias.

En las conferencias matutinas, el principal instrumento, presentan la versión oficial: todo marcha bien, la economía, el abastecimiento de medicinas, la seguridad, el combate a la corrupción, el éxito del Tren Maya, de Dos Bocas, y las culpas de todos los males no se encuentran en Morena sino en el pasado. Nada de lo que dice la presidenta se sostiene con datos, pero no importa. Machacar una misma idea todos los días ha funcionado.

Colonizados los organismos que servían de contrapeso y con una mediocre oposición, la comunicación política es central en la estrategia. Hay un amplio control de muchos medios, donde se edulcoran temas graves o se ocultan. La información que difunden es sesgada, incompleta, parcial y tramposa. La otra pinza, heredada por López Obrador, es la incorporación de voceros en la radio, la televisión y los periódicos, que se encargan de magnificar lo que dice la presidenta y atacar a quienes desnudan el mundo irreal del gobierno. No son únicamente afines a la ‘4T’; son propagandistas disfrazados de periodistas.

El control de las mentes de millones es indispensable para la consolidación de los populismos. Pero en algún momento llegan las contradicciones, y como en el caso de Trump y los republicanos este martes, la narrativa deja de ser respaldada por resultados. Sheinbaum no ha llegado a ese punto, gracias a la carrera entre la sedación y la crítica, la construcción de un país inexistente y la realidad, que neutraliza y normaliza, pero como sucedió con Trump, su éxito tiene fecha de caducidad.