DURANGO, DGO.- Rubén del Campo Rivera llevó la camiseta de México a dos campeonatos mundiales de voleibol. Entrenó ocho horas diarias, enfrentó a potencias deportivas y recorrió países que nunca imaginó conocer. Pero, según recuerda, representar a la selección nacional no le dejó un sueldo. Al terminar sus compromisos, las necesidades familiares y económicas lo llevaron a cerrar aquella etapa y retomar sus estudios en Durango.
De esos años conserva medallas, reconocimientos y una emoción que todavía le quiebra la voz: recordar una victoria, ver levantarse la bandera mexicana y escuchar el Himno Nacional.
El duranguense participó en el Mundial Juvenil de Brasil, en 1977, y en el Mundial de Mayores de Italia, en 1978. Durante cuatro años integró la Selección Mexicana masculina, con la que enfrentó a equipos de Asia, Europa y América.
Con 1.91 metros de estatura y capacidad para desempeñarse en distintas posiciones, fue considerado jugador universal. En la cancha podía adaptarse a las necesidades del conjunto. El periódico ESTO, recuerda, lo llamó “La Bujía” por su forma de jugar y aportar al equipo.
DE SESENTA ASPIRANTES, QUEDARON DOCE
Su camino hacia la selección comenzó cuando la Federación Mexicana de Voleibol lo identificó jugando y lo convocó a una concentración en San Luis Potosí.
Del Campo recuerda que llegaron 60 jóvenes mexicanos. Después de la preparación y la selección, sólo permanecieron doce: jugadores de Morelos, Sonora, Jalisco, el entonces Distrito Federal y él, de Durango.
La concentración en el Comité Olímpico Mexicano abrió una etapa de preparación y giras internacionales. En Centroamérica, desde Guatemala hasta Panamá, se midieron con selecciones de primera fuerza. Cada encuentro servía para probar su capacidad y corregir errores antes de enfrentar competencias mayores.
Entre sus recuerdos están los torneos regionales, la participación mundialista y una medalla de bronce con México en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Medellín.
En aquel equipo compartió cancha con Justo Arias, Raúl Araiza, Martín Castillo, Javier Galindo, Arturo Hernández, Eduardo Malpica, José Orozco, Manuel Padilla, Óscar Parra, Alfonso Raymond y Azael Sandoval.

OCHO HORAS DIARIAS DE EXIGENCIA
Llegar a la selección era apenas el comienzo. Mantenerse exigía entrenar de lunes a viernes ocho horas al día: cuatro de acondicionamiento físico y cuatro de trabajo de sistema. Los sábados continuaban por la mañana.
Cuando estaban en México, disputaban encuentros con equipos de la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Politécnico Nacional y el Ejército Mexicano.
Después de los partidos se revisaba el desempeño de los jugadores: quién resolvía, quién asumía el liderazgo y quién tomaba las decisiones cuando apenas había tiempo para reaccionar. Los viernes evaluaban avances, rezagos y aspectos por corregir.
La preparación también incluyó estancias y encuentros en Japón, Alemania, Polonia, Cuba, Estados Unidos y otros países. Enfrentar a rivales de primer nivel les permitía reconocer sus fortalezas y sus límites.
Del Campo admite que hubo derrotas y jornadas difíciles. Al recordar algunos encuentros, lo resume con una expresión: “Así nos fue”.
Pero nunca aceptó que el prestigio del adversario decidiera el resultado antes de entrar a la cancha.
LA VICTORIA QUE TODAVÍA LO HACE LLORAR
Siempre llevó el número cinco en la camiseta. Uno de los episodios que más lo enorgullecen es una victoria frente a Corea, un equipo que recuerda como poderoso. Tenía 20 años.
Al hablar de aquel triunfo, los ojos se le llenan de lágrimas. La bandera y el Himno Nacional siguen presentes en su memoria.
“Las lágrimas corren, se siente una corriente electrizante, es una sensación que pocos hemos vivido”.
Lejos de casa, muchas veces competían en gimnasios llenos de seguidores del equipo anfitrión. No había una porra mexicana ni un “¡Viva México!” que los acompañara desde las tribunas. El respaldo estaba dentro de la cancha, entre compañeros.
Por eso, cada victoria tenía un peso especial.

DECIDIR EN SEGUNDOS
A casi cinco décadas de sus participaciones mundialistas, Del Campo sostiene que el voleibol requiere disciplina, concentración, agilidad y velocidad. Hay que correr, saltar, observar y decidir mientras el balón sigue en el aire.
“No puedes andar tonteando”, advierte.
El jugador debe atender las instrucciones del entrenador, reconocer los movimientos de sus compañeros y anticipar la respuesta contraria. Identificar quién bloqueará, cómo se acomoda la defensa y dónde puede atacar.
Para él, las condiciones naturales deben acompañarse de coordinación y trabajo colectivo. En un deporte donde las decisiones son inmediatas, una distracción puede costar el punto.
Hubo rivales que lo sorprendieron, afirma, pero ninguno lo hizo renunciar a competir de tú a tú.
EL REGRESO A DURANGO

Durante su trayectoria recibió medallas y reconocimientos por su desempeño y liderazgo. En Durango fue nombrado Deportista del Año en 1975, 1977 y 1978. Esos testimonios, junto con las banderolas de los lugares donde jugó, forman hoy su propio Salón de la Fama en casa.
Sin embargo, los reconocimientos no resolvían las necesidades económicas. Del Campo relata que nunca recibió pago por representar a México y que, por razones familiares y económicas, decidió retirarse de la selección una vez cumplidos sus compromisos.
Regresó a continuar su formación en el Instituto Tecnológico de Durango, donde cursó el bachillerato y la carrera de Ingeniería Industrial con especialidad en Eléctrica.
Al recordar esa decisión, agradece a sus entrenadores, compañeros, autoridades deportivas y, especialmente, a su familia, que lo acompañó hasta concluir aquella etapa.
El voleibol le permitió recorrer el mundo, conocer otras culturas y observar avances tecnológicos y económicos. También le dejó recuerdos que conserva con orgullo.
Rubén del Campo volvió a Durango para seguir estudiando y atender su vida familiar. La camiseta de México quedó entre sus recuerdos; la emoción de haberla defendido sigue intacta.










