Todas las encuestas a la mano revelan una aprobación presidencial alta, pero con baja calificación en los tres resultados que importan a los mexicanos: seguridad a nivel de ciudadanos, bienestar atado a becas y asignaciones que no definen ingresos remuneradores y crecimiento económico mediocre que apuntaría a un promedio máximo de PIB de 1 8% promedio anual en el sexenio.
En este contexto, México se encuentra en el peor de los mundos posibles: sin un modelo de desarrollo para ampliar los niveles productivos de bienestar, con un estancamiento derivado de una inversión privada con bajos niveles de participación, con pautas de bienestar que proceden de dinero presupuestal regalado, con un gasto público que rompió ya los diques de la deuda y del déficit presupuestal y con un Plan México que en teoría funciona para vender expectativas pero que no está avanzando por la falta de un acuerdo productivo y autonomía relativa del sector privado.
Los seis años de la administración del presidente López Obrador se agotaron en proyectos gubernamentales que se comieron todo el presupuesto, con pasivos que no cambiaron la dependencia estructural de compromisos anteriores, con un efecto productivo del COVID-19 que hundió la economía en la recesión y sin ningún proyecto real de desarrollo y sólo –eso sí– un programa político para distraer el estancamiento. El PIB promedio anual del sexenio anterior quedó en 0.8%, contra la promesa formalísima de una reactivación productiva quedaría una meta anual sexenal de 4% de crecimiento económico.
La administración de la presidenta Sheinbaum inició con una estabilidad macroeconómica atada a los subsidios de las obras gubernamentales anteriores que no dieron resultados y que cada vez están comiendo más las participaciones presupuestales, pero también con un consenso reconocido en su doble personalidad de primera mujer en la presidencia y su capacidad para aparecer todos los días manteniendo a flote el proyecto gubernamental.
Estos dos primeros años de gobierno que se cumplen el jueves 1 de octubre han quemado ya un tercio del sexenio sin que se tenga claro que se habrían sentado las bases para dar por terminado el ciclo presupuestal del presidente López Obrador y también sin pruebas suficientes como para suponer hubo inicio real de proyecto de gobierno que respondiera a las expectativas de la presidenta Sheinbaum, inclusive con bastante margen de tolerancia respecto a la continuidad inevitable del autodenominado segundo piso de la Cuarta Transformación.
Las expectativas de crecimiento económico como motor del desarrollo nacional para el sexenio actual están fijadas en los Criterios Generales de Política Económica 2027 en un modesto 2%, pero con cifras reales abajo de esta línea de sobrevivencia. La verdadera línea de flotación de un país en desarrollo como México es el 4% de crecimiento económico anual, una cifra que de modo natural ha tenido que aumentar a casi 5% para los 4 años que restan del sexenio porque el saldo de 2025-2026 estaría en 1.5%-1.8%.
En materia de tasas del crecimiento prometidas y logradas, los gobiernos desde Luis Echeverría Álvarez en 1971 siempre han culpado a las circunstancias, pero en economía hay una regla que puede considerarse hasta como principio inflexible: los resultados son consecuencia de las decisiones de política económica.
México llegó al cambio presidencial de 1970 con una estabilidad económica, política y social que derivaba de un modelo de desarrollo perfectamente definido como de economía mixta, es decir pactada entre el gobierno y su sector sindical y el sector empresarial. De Echeverría Álvarez a Sheinbaum Pardo, los presidentes de la República han querido cada uno de ellos refundar el modelo de desarrollo tratando de enterrar a su antecesor y creando condiciones para que sus posibles sucesores que den enrolados en una continuidad obligatoria. En este sentido, los presidentes de la República han sido responsables de las crisis sexenales heredadas, pero los presidentes de la República en turno también son corresponsables por suponer que la historia de México comienza y terminaría en su modesto ciclo sexenal.
La presidenta Sheinbaum ha definido su Plan México, pero la herencia presupuestal y de continuidad ideológica le ha impedido dar el salto cualitativo y también la ha limitado en lo que sería la fórmula secreta para que su propuesta tenga éxito: un nuevo pacto de economía mixta entre el gobierno y el sector privado, pero fuera de los vicios priistas, populistas, prianistas, neoliberales y asistencialistas; es decir, colocando un nuevo consenso nacional por encima de las justificaciones históricas.
Al sexenio actual le faltan cuatro años y son suficientes para cuando menos sentar las bases de un nuevo acuerdo nacional. Pero falta el gobierno actual quiera, que lo dejen y que asuma con modestia su papel de coordinador y no –en el lenguaje de los pueblos originales rescatados como prioridad histórica– como Tlatoani posmoderna.
Política para dummies: la política está para lo que se ofrezca, pero se ofrece y no le hacen caso.
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@carlosramirezh










