DURANGO, DGO.- La crisis del campo duranguense dejó de ser un problema sectorial para convertirse en un conflicto económico y político de primer orden. Miles de toneladas de frijol permanecen almacenadas sin salida comercial mientras productores bloquearon vialidades y tomaron oficinas federales para exigir respuestas ante el incumplimiento de los programas de acopio. El malestar refleja la creciente distancia entre las necesidades del sector productivo y la capacidad institucional para atenderlas.
A la par, la expansión del gusano barrenador amenaza con profundizar la incertidumbre en una de las actividades económicas más importantes del estado. La posible confirmación de un cuarto caso en Pánuco de Coronado encendió las alarmas del sector ganadero, que acusa falta de mosca estéril para contener la plaga y advierte pérdidas cada vez mayores por las restricciones sanitarias y comerciales. Lo que comenzó como una contingencia zoosanitaria empieza a mostrar efectos económicos de alcance regional.
Las lluvias recientes añadieron una nueva capa de presión. Bardas colapsadas, árboles derribados y decenas de inmuebles en riesgo dentro del Centro Histórico evidenciaron rezagos acumulados en infraestructura urbana. El panorama que emerge es el de un estado donde los problemas productivos, climáticos y económicos comienzan a conectarse entre sí.
La señal más importante es que el descontento ya salió de los ranchos y las parcelas. Cuando los productores deciden bloquear carreteras, cuando los ganaderos alertan sobre riesgos para la actividad económica y cuando la infraestructura urbana muestra signos de deterioro, los problemas dejan de ser técnicos y se convierten en asuntos de interés público. El campo duranguense está enviando una advertencia que difícilmente podrá ser ignorada.














