Las tonterías en el BID

Raymundo Riva Palacio | Estrictamente Personal

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López Obrador se quiso sacudir a Gerardo Esquivel por no hacer lo que él quería y lo envió a un lugar donde ni siquiera entendía su importancia, dice Raymundo Riva Palacio.

Al cuarto para las 12, el presidente Andrés Manuel López Obrador propuso al subgobernador del Banco de México como candidato para presidir el Banco Interamericano de Desarrollo, el BID. Lo hizo un día después de que Alicia Bárcena, embajadora de México en Chile, le pidió al Presidente retirar su candidatura porque, explicó López Obrador, su esposo está enfermo. Los movimientos parecieron naturales en un momento de emergencia coyuntural, pero la historia detrás revela la incompetencia política y diplomática del gobierno, y sus decisiones tomadas sobre las rodillas.

La candidatura de Gerardo Esquivel fue una fuga hacia adelante, igual a lo que hizo el Presidente con Esteban Moctezuma, para removerlo de la Secretaría de Educación. El espacio se le abrió en Washington, cuando renunció la embajadora Martha Bárcena, y López Obrador, sin considerar la importancia estratégica de ese puesto, le dijo un día a Moctezuma que se iba de embajador, y a la mañana siguiente lo anunció. Con Esquivel fue lo mismo.

El economista, doctor por Harvard, hombre de izquierda que formó parte del equipo económico de López Obrador durante años, inició el gobierno como subsecretario de Hacienda debajo de Carlos Urzúa, que también se iría en 2019. No duró mucho Esquivel en el cargo, resultado de intrigas palaciegas con el secretario, pero el Presidente lo propuso para subgobernador del Banco de México. Era el primero de su entorno que ponía el pie en el banco central, a donde López Obrador tenía puesto el ojo para colonizarlo y, en caso necesario, meter mano a sus reservas. Esto, si bien no es completamente ilegal, era una intromisión en la autonomía e independencia del banco. Cuando el Presidente lo intentó, Esquivel se cruzó y dijo que no era posible, lo cual molestó a López Obrador, que no lo perdonó.

Esquivel no era un incondicional ciego, pero fue un economista de izquierda congruente. En la crisis por el Covid-19, el Banco de México comenzó a elevar las tasas de interés, y aunque Esquivel apoyó los incrementos, siempre propuso un menor porcentaje que el resto de la Junta de Gobierno. Tampoco le gustó al Presidente, que comenzó a externar su molestia en las reuniones en Palacio Nacional, hasta decidir recientemente que no lo propondría para reelegirse. De haber encontrado una salida antes el Presidente, Esquivel probablemente habría dejado el Banco de México, pero sólo fue hasta el colapso de la candidatura de Alicia Bárcena que López Obrador vio el puente.

Ciertamente al cuarto para las 12, aunque no necesariamente por la razón explicada por el Presidente sobre la salud del esposo de la embajadora, que no quiere decir que sea falso, sino por necedad gubernamental. Bárcena, una buena técnica y respetada como secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, fue vetada por Estados Unidos, de acuerdo con personas que conocen el proceso, por sus posiciones de respaldo a gobiernos antagónicos de esa nación, y que al tener 30% del 50% de los votos requeridos, su peso e influencia es clara. La paradoja es que la Casa Blanca estaba apostando por un mexicano para el cargo, pero el gobierno de López Obrador propuso a una mala candidata en términos políticos, impulsada por el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard.

La Casa Blanca quería una candidatura de su vecino del sur, dado que el presidente Joe Biden estaba decidido a remover a Mauricio Claver-Carone, impuesto por el expresidente Donald Trump, que rompió el acuerdo no escrito de que un latinoamericano ocupara el puesto. Claver-Carone se sostuvo hasta finales de septiembre pasado, cuando la asamblea de gobernadores lo destituyó por haber violado prácticas de la institución al haber tenido una relación con una de sus colaboradoras.

Su salida se demoró porque la estrategia de Washington falló. En la última reunión anual de gobernadores del BID a la que asistió el entonces secretario de Hacienda, Arturo Herrera, como gobernador, Estados Unidos buscó que México y Argentina promovieran la salida de Claver-Carone. Herrera incluso frenó el plan de trabajo que había presentado el presidente del BID, pero fue el propio Ebrard, según dijo a sus cercanos Claver-Carone, quien lo ayudó a mantenerse.

México estaba a gusto con el hombre de Trump. Peor cuando aparecieron varias publicaciones cercanas a los demócratas en Washington, que mencionaban a la exembajadora Martha Bárcena, que tiene un agrio enfrentamiento con Ebrard, como una probable candidata de México. Eso no iba a suceder. Pero al salir Claver-Carone y cambiar las condiciones, la Cancillería mexicana quiso aprovechar el moméntum.

Una semana después de su destitución, López Obrador propuso a Bárcena, quien al día siguiente presentó sus cartas credenciales como embajadora en Chile. Esta incongruencia dibujó al gobierno mexicano. Y empeoraron las cosas. Fuentes cercanas al proceso dijeron que México no cabildeó con Estados Unidos el nombre de Alicia Bárcena. Un intento del nuevo secretario de Hacienda, Rogelio Ramírez de la O, para ayudarla, tampoco fructificó.

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