Dos niños practican actividades acuáticas en una piscina de Berlín. FABIAN SOMMER (GETTY)

El diagnóstico de sobrepeso u obesidad en la infancia es como abrir una caja de pandora. El exceso de grasa desata una retahíla de enfermedades y amenazas para la salud que convierten al niño en una persona enferma desde el primer instante y, probablemente, también a largo plazo. Diabetes, hipertensión, apneas del sueño, problemas cutáneos, depresión… Hay decenas de dolencias asociadas. Pero la obesidad y el sobrepeso, que afecta a 340 millones de niños y adolescentes en el mundo, no es solo un factor de riesgo para desarrollar otras patologías; es una enfermedad en sí misma, insisten los endocrinólogos. Y deja una huella mecánica, metabólica y psicológica difícil de borrar. A pie de consulta, advierten los expertos que tratan a niños con obesidad, ya se están viendo enfermedades de adultos en críos cada vez más pequeños.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) catalogó la obesidad como “la epidemia del siglo XXI”. Y, con permiso de la covid, los datos apuntan a este escenario: según el último informe de la OMS, en Europa, uno de cada tres niños sufre obesidad o sobrepeso. La Iniciativa Europea de Vigilancia de la Obesidad Infantil (COSI, por sus siglas en inglés), sitúa a España entre los países con mayor prevalencia de estas dolencias: más del 40% de los niños de entre seis y nueve años padecen obesidad o sobrepeso.

La tendencia, además, sigue al alza y la pandemia no ha hecho más que agravar un ascenso fulgurante de estos cuadros clínicos. Albert Goday, endocrinólogo del Hospital del Mar, es tajante: “Es una enfermedad pandémica y potencialmente grave. Al aumentar la obesidad grave en niños y adolescentes, vemos enfermedades asociadas que antes solo encontrábamos en adultos, como la diabetes tipo II. Y eso es solo la punta del iceberg”. Un niño obeso tiene más riesgo de perpetuar el exceso de grasa a largo plazo y la obesidad en la edad adulta es un factor de riesgo para desarrollar una docena de tumores, infartos, cardiopatías, alteraciones metabólicas, deterioro cognitivo y enfermedades de salud mental. Empeora la calidad y la esperanza de vida.

El diagnóstico de obesidad o sobrepeso infantil no es una subida de talla. O no solo. El exceso de grasa empieza a jugar en contra desde el mismo momento en el que se deposita en el organismo, explica Rosaura Leis, coordinadora del Comité de Nutrición y Lactancia de la Asociación Española de Pediatría: “No es solo que el niño tenga un cambio de composición corporal. Esa grasa es un órgano metabólicamente activo y produce sustancias que afectan a su salud”. Ver enfermedades de adultos en niños, admite, les “sorprendió” y puso a la comunidad científica “en alerta”.

Con el diagnóstico, la caja de pandora se abre y se descubren enfermedades o problemas de salud cardiovasculares, musculoesqueléticos, psicológicos, metabólicos. Un estudio publicado en la revista Plos Digital Health analizaba, a partir de una cohorte de historias clínicas estadounidenses, los potenciales subtipos de obesidad infantil según las patologías asociadas, y encontraba hasta ocho grupos de pacientes con características similares: a saber, alta prevalencia de trastornos respiratorios y del sueño, con afecciones cutáneas, con trastornos convulsivos, con asma, con problemas gastrointestinales, del neurodesarrollo o físicos, entre otros. Mala salud, se mire por donde se mire.

Problemas respiratorios
En la práctica, en las consultas, la obesidad trae consigo, en efecto, un patrón muy variado de síntomas. Julio Álvarez Pitti, médico en el Hospital General de Valencia e investigador del Centro de Investigación Biomédica en Red de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (Ciberobn), recibe en su unidad cada año entre 300 o 400 consultas de niños con obesidad y advierte de que el impacto en su salud es devastador: “Hay consecuencias mecánicas porque un exceso de 20 kilos es una sobrecarga para el sistema musculoesquelético: se producen contracturas, deformidades en los huesos y dolor al moverse o levantarse. Es una limitación para saltar, jugar o correr. Es como ponerle a un niño una mochila con 20 kilos de piedras a la espalda”, dibuja.

Pero no solo afecta a los huesos. La obesidad esconde también problemas respiratorios, como la apnea del sueño. “La vía aérea es elástica, pero lo suficientemente rígida para mantenerse abierta. Por la noche, al relajarse, la grasa, que es blanda, hace que el tubo [respiratorio] sea más blando y se colapse: es como si, en vez de ser un conducto de goma dura, es de goma blanda”, explica Álvarez Pitti. Así, la respiración se detiene hasta que el cerebro lo detecta y despierta al niño momentáneamente para que se vuelvan a abrir las vías aéreas.

Todo ese impacto, sin embargo, no se queda en la noche, sino que tiene consecuencias al día siguiente. Como en una especie de efecto dominó, esos despertares nocturnos pasan factura a la calidad del sueño, que cae en picado y arrastra el cansancio al resto del día, afectando a otras áreas de su vida, como el rendimiento escolar, por ejemplo. A mayor cansancio, además, menos movimiento y más hambre, con lo que se acentúa el cuadro de obesidad.

Los diagnósticos de asma también están presentes en estos niños y pueden aparecer, además, problemas dermatológicos, explica Goday, “como la soriasis, las infecciones cutáneas o la hidrosadenitis supurativa”, que provoca dolorosas protuberancias debajo de la piel. También sufren dermatitis por el roce y estrías.

Efectos metabólicos
El exceso de grasa tiene otros efectos, de carácter metabólico, como la alteración del control del azúcar. Ya hay casos de diabetes tipo II —la que está asociada a la obesidad— en niños cada vez más jóvenes, apunta Álvarez Pitti: “Está aumentando. Tras la pandemia, nos remiten más niños, pero, sobre todo, se ve un empeoramiento de los que ya tenían obesidad. Si antes teníamos uno o dos con obesidad y diabetes, ahora tenemos seis o siete”. La diabetes lesiona las arterias y provoca que la sangre no llegue correctamente a todos los órganos.

Los niños con obesidad pueden presentar un aumento del colesterol o los triglicéridos en sangre, un cuadro que, aunque de entrada es silente y no altera el día a día de los críos, puede traducirse en graves problemas cardiovasculares a largo plazo. Otra patología común es el hígado graso, que implica la acumulación de grasa en este órgano. “Con el tiempo, esta dolencia favorecerá la esteatohepatitis [inflamación del hígado y daño de las células hepáticas a causa de la acumulación de grasa] y la fibrosis hepática, que lleva al fallo hepático y el cáncer de este órgano”, añade Álvarez Pitti.

Más allá de todos los daños físicos, los expertos advierten del impacto en la salud mental de un diagnóstico de obesidad o sobrepeso. Por el estigma que supone no entrar en los cánones socialmente establecidos. Por el temor a burlas o al rechazo, que aboca al aislamiento social. “El estigma que produce la obesidad influye en la autoeficacia, en la percepción de ser menos que los demás, en la autoimagen…”, enumera el investigador del Ciberobn.

Y en ese círculo vicioso de vasos comunicantes, donde al cansancio por las apneas nocturnas, se suma la torpeza en las habilidades motoras y el aislamiento social que retrasa el desarrollo de habilidades físicas y sociales, la enfermedad se hace fuerte y, con ella, los problemas mecánicos, metabólicos y de salud mental, como la ansiedad o la depresión.

“Estamos en una sociedad que produce obesidad, pero te estigmatiza por ello”, lamenta Leis, y advierte de que hay varias edades críticas para condicionar la vida de los chavales: los 1.000 primeros días de vida, donde la alimentación de la madre en la gestación, la lactancia materna y la alimentación complementaria es clave —un mayor periodo de lactancia reduce el riesgo de que los bebés sufran obesidad o sobrepeso cuando se hacen mayores—; también de los tres a los cinco años; y en la adolescencia. Y hay entornos especialmente vulnerables, como las familias socioeconómicamente desfavorables o ser hijo de padres con obesidad. El sedentarismo, no dormir las horas recomendadas o un desequilibrio en el bienestar emocional, también favorecen la obesidad.

El exceso de grasa es, de entrada, difícil de abordar. Empezando por el diagnóstico mismo porque, a diferencia de los adultos, donde se mide el índice de masa corporal y se aplican unos baremos, en los niños hay que analizar percentiles en función, también, de la edad y el sexo, explican los expertos.

Sin conciencia de la enfermedad
También falta de conciencia de la enfermedad, tanto en los niños como en los padres, explica Marta Ramon, jefa de Endocrinología Pediátrica del Hospital Infantil Sant Joan de Déu de Barcelona: “La sociedad no percibe la enfermedad. Los padres no son ni conscientes y ven como normopeso algo que no lo es. Y si no ven el problema, es más difícil de abordar y tratar”. Según el estudio de Alimentación, Actividad física, Desarrollo Infantil y Obesidad en España (Aladino), los progenitores tienen una percepción distorsionada sobre este fenómeno: el 69% de los niños con exceso de peso son percibidos por sus padres dentro de un peso normal. Como las prevalencias de sobrepeso son tan altas, en la calle se normaliza ese exceso de grasa, y se banaliza con un “ya adelgazarán”, lamentan los profesionales. Pero la enfermedad, en ese momento, ya está haciendo daño en el organismo.

Álvarez Pitti señala que, “lo principal, primero, es hacer entender a los padres que la obesidad es una enfermedad”. “Y todas las modificaciones de hábito son parte de un tratamiento médico: si usted no hace esas modificaciones que yo le explico, es como si viniera a la consulta un niño con diabetes, le pautamos insulina y usted no se la da”, ejemplifica el médico. Y aunque es más fácil dar una pastilla que modificar hábitos, asume, en obesidad infantil, “la primera línea de tratamiento no es farmacológica”.

La parte positiva de esta dolencia es que, aunque grave y compleja, es reversible. “Si haces intervenciones tempranas, mejoran y los rescatamos. Sabemos que un niño con obesidad tiene más riesgo de obesidad e hipertensión, pero si logras revertirlo, se corrige el riesgo al 100%”, sostiene Ramon. Aunque Leis se muestra más cauta: “Queda una huella metabólica. Aún adelgazando, ese período afectó a órganos, a arterias…”, lamenta. Y tampoco existe el obeso sano, agrega el investigador del Ciberobn. Aunque no se vea el daño, aunque los marcadores de otras enfermedades estén normales, la enfermedad siempre hace mella.

Los expertos piden más concienciación social por parte de los propios profesionales de la salud y más recursos para tomarse en serio la obesidad infantil y todas sus derivadas. No hay culpables, ni padres ni hijos, y es, recalca Goday, “un problema de todos”, individual y colectivo, sanitario, social y económico. No es una broma ni un problema menor, alerta Álvarez Pitti: “La enfermedad, cuando se establece, es muy difícil de tratar. Hay que sacar el estigma de que el que tiene obesidad es porque quiere. ¿A que a nadie le dices: ‘y por qué no te curas del cáncer de páncreas’? No lo dices porque sabes que es una enfermedad compleja. Pues la obesidad también. Se ha intentado simplificar diciendo que es una enfermedad de vagos y glotones y no es así”.

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