En dos latitudes y frente a dos circunstancias, la nueva política exterior de la Casa Blanca sufrió dos tropiezos importantes: en México y Centroamérica la vicepresidenta Kamala Harris no pudo imponer su criterio de dominación de la agenda migratoria sobre las diplomacias de México y Centroamérica; y en Europa el presidente Joseph Biden tampoco logró obtener triunfos en la OTAN y se vio muy disminuido frente al poder de imagen de Vladimir Putin.

La doble referencia importa a México porque la vicepresidenta Harris regresó a Washington argumentando que había impuesto los intereses De EEUU en México y en Centroamérica y que había dado pasos serios para la solución del problema migratorio. Sin embargo, los documentos oficiales finales de México y la Casa Blanca fueron diferentes y la vicepresidenta Harris fue desdeñada por el presidente mexicano para una conferencia de prensa conjunta.

Lo más importante ocurrió en Ginebra por el mensaje que dejó el presidente Biden respecto a la debilidad de los instrumentos coercitivos de su política exterior. Como ya le había ocurrido a una comisión estadounidense al comenzar el gobierno de Biden, China deshizo la agenda imperial de la Casa Blanca y destrozó los argumentos de derechos humanos y democracia con las referencias a la represión de las comunidades afroamericanas en EEUU, a las masacres de ciudadanos sobre todo jóvenes en las calles y a la existencia y persistencia de la prisión ilegal de Guantánamo para sospechosos islámicos de terrorismo. Lo mismo hizo Putin ahora en Ginebra en su conferencia de prensa sin Biden y sin que existiera algún funcionario diplomático estadounidense que cuando menos contextualizará el escenario antidemocrático estadounidense dibujado por el presidente de Rusia.

En México no hubo necesidad de recordar las violaciones a derechos humanos de EEUU en un horizonte histórico ni de revivir los mecanismos represivos contra mujeres y niños que demandan asilo estadunidense ante la crisis centroamericana. México pareció ser cuidadoso en llevar al debate con la visitante el tema central de la crisis de Centroamérica: no es la corrupción de políticos oportunistas lo que provoca la migración, sino la existencia de un sistema de exacción de recursos y riquezas por parte de EEUU en la zona centroamericana para mantener lo que apareció como el eje central de la estrategia provisional de seguridad nacional de Biden: el mantenimiento prioritario del american way of life o modo de vida americano que se traduce en el lenguaje de los migrantes centroamericanos cómo el sueño americano para habitantes de la explotada zona las central del continente.

La política exterior del presidente Biden quedó al garete, sin fuerza, sin rumbo y sin la legitimidad necesaria para seguir manteniendo e imponiendo los criterios que están ahora en la cartera estadounidense: en lugar del comunismo agotado o del terrorismo desinflado, la seguridad nacional de EEUU se encontró de pronto con que la corrupción de gobiernos aliados a Estados Unidos está en el origen de los problemas que se convierten en corrientes migratorias masivas, ilegales y sobre todo violentas tratando de entrar a territorio estadounidense.

A diferencia de la diplomacia del gran garrote de Roosevelt en 1901 y de Reagan en 1981-1989, los mecanismos coercitivos de la administración Biden son tan débiles como su propia fuerza diplomática que no pudo defenderse en la OTAN, ni ante Putin y menos ante el chino Jinping, pero que se quiere imponer por la fuerza en América Latina ante gobiernos más débiles y más dependientes de los recursos de EE. UU.

La agenda diplomática de la vicepresidenta Harris quiso dejar un poco en el ambiente el manejo de criterios de autoridad y de fuerza, pero su principal fracaso se dio en Honduras, el país que está aportando el mayor número de migrantes ilegales, cuando simplemente redujo la diplomacia o los principios de convivencia a la frase de “no vengan porque serán regresados por la fuerza”. Además del desconocimiento de la realidad centroamericana, la vicepresidenta Harris demostró carecer de sensibilidad diplomática para tratar con aliados que en estos momentos están mirando hacia otras potencias en busca de apoyo que en EE. UU. no encuentran.

De ahí la importancia de darle una lectura estratégica latinoamericana al fracaso de Biden en la OTAN, el G-7 y su encuentro con Putin, porque ahí se vio una Casa Blanca sin una política concreta para recuperar la hegemonía perdida.

Política para dummies: la política no se gobierna con apariencias, pero las apariencias determinan la capacidad de dominación de las grandes potencias.

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