Una enfermera de la UCI del Complejo Hospitalario de Navarra atiende el pasado día 15 a un paciente ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos.JESÚS DIGES / EFE

Los muertos por covid se han convertido en un número más. Sus cifras, sin imágenes y sin referencias vitales, acompañan cada día a las de contagiados, hospitalizados, ingresados en las UCI y vacunados. Es lo que el antropólogo Alberto del Campo, de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, califica como “muerte higiénica”, que, entre otras cosas, según dice “esconde el terror y el sufrimiento de los que han fallecido solos”. Pero esas defunciones tienen consecuencias, más allá del óbito. Dos estudios diferentes, uno de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) y otro de la Pennsylvania State University (EE UU), coinciden en calcular que, por cada víctima mortal por covid, hay un impacto directo en nueve familiares cercanos (abuelos, padres, hermanos, parejas o hijos), que son parte de una crisis sanitaria, social y económica más amplia que la atribuida directamente al coronavirus. Según la conclusión del estudio americano, publicado en PNAS, “podrían conducir indirectamente a una mayor mortalidad debido a causas no relacionadas con la pandemia: agravamiento de condiciones crónicas no tratadas, abuso de alcohol, autolesión, violencia doméstica y otros factores”.

Para el antropólogo sevillano, “la higienización de la muerte no es una estrategia inocente, como tampoco lo es cómo el poder intenta camuflar la calamidad de la pandemia como si se tratara de una catástrofe natural. Si se presenta como inevitable, no hay responsables”.

Del Campo ha recogido en Pensar la pandemia (Dykinson, 2021), una docena de trabajos sobre los efectos de la covid más allá de la sanidad y la economía. En uno de estos estudios, Alejandro González Jiménez-Peña, especializado en filosofía de la muerte, añade una razón antropológica más para este camuflaje del óbito: “La muerte fue antaño silenciada, fue tabú ayer, antes de la pandemia, y podría seguir diciéndose que lo es hoy día, a pesar de la pandemia”.

González relata cómo la “muerte cotidiana”, la previa a la pandemia, se había convertido en “muerte olvidada, escondida, alejada, como asunto de otros”: “Antes de que la covid irrumpiera en nuestras vidas, nadie se sentaba en un bar al anochecer y, a la par que bebía una cerveza, hablaba y cavilaba sobre la muerte (…); nadie le explicaba a un niño qué era. Y nadie hacía eso porque era sentida como algo reservado para el futuro”.

En esa sociedad, que el filósofo formado en las universidades de Sevilla y Málaga califica de “encubridora del óbito”, “irrumpe la muerte pandémica, agresiva, arrolladora, que ya no solo concierne a los demás sino a mí”. Sin embargo, añade: “A pesar de que ha vuelto a nuestras vidas, nos empeñamos en seguir ocultándola”.

Pero esa ocultación, premeditada, según Del Campo, y también sociológica, de acuerdo con González, enmascara una realidad que hay que afrontar. Si, como concluye el trabajo de la Universidad de Pensilvania el impacto de cada fallecimiento se extiende a nueve familiares directos, los más de 77.000 muertos por coronavirus registrados en España han dejado unas 700.000 víctimas más que, según el estudio, “crean una nueva ola de desafíos para la salud de la población”. Si se tiene en cuenta el exceso de fallecimientos del año aunque no se hayan atribuido directamente a la covid, la cifra de muertes sube a más de 90.000, lo que eleva hasta más 800.000 la cifra de afectados. En el mundo, los más de tres millones de fallecidos suponen más de 27 millones de afectados.

Los estudios científicos demuestran que, “después de experimentar la muerte de una relación cercana, los individuos corren un riesgo elevado de sufrir una serie de factores de estrés negativos para el curso de la vida y una salud más pobre”. El trabajo señala desde fracaso escolar, rupturas sentimentales y pérdidas de apoyo económico y social hasta efectos psicológicos. “Las investigaciones futuras deben tener cuidado de incluir el duelo familiar como un posible antecedente de resultados adversos en múltiples ámbitos y etapas de la vida”, concluye el estudio.

Todas las muertes tienen efecto en los familiares directos. Pero en las causadas por el coronavirus, el impacto es singular y mayor. Entre las causas de la especial incidencia de las muertes por covid, según el estudio, se destaca que estas son “repentinas e imprevistas” frente a otras causadas por dolencias más prolongadas. No se cuenta con un apoyo familiar y social amplio por las medidas de confinamiento y el ritual tras la muerte se ve afectado por la restricción de aforos en los sepelios.

La cifra de impacto coincide con otra recientemente publicada por investigadores de la Universidad de Cambridge en Bristish Medical Journal (BMJ). Este estudio señala como víctimas colaterales, en especial, a “aquellos que han tenido que hacer frente a muertes súbitas, inesperadas o en unidades de cuidados intensivos, donde sus seres queridos han sufrido síntomas graves, incluyendo dificultad para respirar y agitación al final de la vida”. “Puede haber una epidemia silenciosa del dolor que aún no hemos captado”, admitió un doctor de medicina paliativa a los investigadores.

El estudio también coincide en que “las medidas de distanciamiento social han dejado a algunos morir solos”, y señala que “todos estos factores significan que los riesgos por duelos complicados se han vuelto más altos durante la pandemia”.

Según la investigación, las fórmulas de apoyo a través del teléfono o videoconferencias han sido “una espada de doble filo”. Por un lado, aumentó algunas oportunidades de apoyo al duelo a las que los niños y jóvenes fueron más receptivos. Sin embargo, los responsables de cuidados paliativos las consideraron “agotadoras” y de “difícil manejo”.

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