Mario Draghi participa por videoconferencia desde Roma en el Consejo Europeo del pasado 25 de marzo.CHIGI PALACE PRESS OFFICE/ FILIP / EFE

La presencia de Mario Draghi al frente del Gobierno italiano ha reforzado en la UE el tándem formado por Angela Merkel y Emmanuel Macron en un momento en que ambos dirigentes afrontan fuertes turbulencias políticas de cara a procesos electorales en sus países. Para Bruselas, Draghi ofrece un ansiado paréntesis de estabilidad en Italia, que permite apuntalar al eje francoalemán durante un período especialmente incierto por la crisis sanitaria y económica. El prestigio del italiano, en cambio, parece ir en detrimento de la capacidad de influencia de España y Países Bajos, dos de los socios comunitarios que, desde posiciones contrapuestas, fueron clave en 2020 para forjar la respuesta europea a la pandemia.

Tanto Alemania como Francia cuentan ahora con una Italia claramente favorable a sus planes europeos y tienen en Draghi un puntal en el que apoyar sus iniciativas, sobre todo las económicas. Los tres países más poblados de la UE y fundadores del club junto al Benelux suman una masa crítica que en los últimos años era difícil de lograr, tanto por las desavenencias entre Berlín y París como por la continua inestabilidad en Roma.

El apoyo de Draghi llega en un momento especialmente delicado para Merkel y Macron, muy contestados interiormente por su gestión de la pandemia. La canciller alemana se encuentra, además, en la recta final de su cuarto mandato y cada vez le cuesta más mantener intacta su autoridad. El presidente francés, por su parte, acusa una caída de popularidad justo cuando inicia la cuenta atrás para las elecciones de mayo de 2022, en las que volverá a medirse con la ultraderechista Marine Le Pen.

La estabilidad y fortaleza del flanco italiano resulta crucial para París y Berlín, que no desean sacudidas en el ámbito europeo en estos momentos. La presencia de Draghi, además, reduce la dependencia de Merkel de socios como los Países Bajos de Mark Rutte, o la de Macron de la España de Pedro Sánchez. Y compensa con creces el ariete contestatario del canciller austriaco, Sebastian Kurz, aspirante en los últimos meses a encarnar la oposición a Merkel y a heredar de la canciller el liderazgo de la derecha europea.

“No cabe duda de que Italia es hoy un valor al alza en Bruselas”, señala Luis Simón, director de la oficina en Bruselas del Instituto Elcano. Simón cree que “el momento de transición e incertidumbre política en Alemania, y la aparente química entre Draghi y Macron, que contrasta con la fuerte crisis de confianza política entre Francia e Italia de hace apenas dos años, no hace sino reforzar la posición de Roma en la UE”.

Reinado efímero
Fuentes comunitarias en Bruselas auguran, sin embargo, que el reinado de Draghi será efímero y dudan de que Italia pase a formar parte de un triángulo duradero de liderazgo junto al eje franco-alemán. En la capital comunitaria se observa al expresidente del Banco Central Europeo y exdirectivo de Goldman Sachs como un bienvenido paréntesis de estabilidad en la tercera economía de la UE en un momento de gran crisis económica y social.

Pero, de momento, el peso del primer ministro italiano ya se ha hecho notar en Bruselas desde que llegó al Gobierno hace apenas seis semanas. Desde entonces, solo ha habido dos cumbres europeas —en modo virtual—, pero en ambas el italiano ha dejado ya su poderosa impronta. Fuentes europeas indican que las intervenciones de Draghi en el Consejo Europeo son escasas y breves, pero certeras y tajantes.

En la primera cumbre, a finales de febrero, reclamó a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, un mayor nivel de exigencia con las farmacéuticas que, como AstraZeneca, no cumplen con el calendario pactado para las entregas de vacunas adquiridas por los países europeos.

Poco después, Draghi vetaba la salida de Italia de un cuarto de millón de dosis de AstraZeneca hacia Australia. Y la presidenta de la Comisión endurecía el reglamento de control de las exportaciones para impedir la salida de dosis hacia los países que, como el Reino Unido, producen vacunas pero no han exportado ni una sola hacia la UE.

En la segunda cumbre, a finales de marzo, Draghi se unía a Merkel para plantar cara al canciller austriaco, Sebastian Kurz, empeñado en modificar el sistema de reparto de vacunas (basado en la población de cada país) para obtener más dosis y compensar así los errores de cálculo de su Gobierno en la política de compras. Viena, finalmente, no ha conseguido ni una sola dosis más y el reparto solidario se ha destinado a Bulgaria, Croacia, Estonia, Letonia y Eslovaquia.

En la misma reunión, el antiguo banquero daba un baño de realidad a la Comisión y a los países partidarios de reforzar el papel internacional del euro al recordarles que eso pasaba por una unión bancaria y fiscal y por una emisión de eurobonos que, según les advirtió, están muy lejos de ser una realidad.

A mediados de marzo, cuando varios países, entre ellos, Alemania, Francia, España e Italia decidieron suspender la vacunación con AstraZeneca por precaución, tras algunos casos de trombosis y hasta tener un nuevo dictamen favorable de la Agencia Europea del Medicamento (EMA), Draghi buscó inmediatamente la complicidad de Macron. Al día siguiente del anuncio, el primer ministro italiano intercambió opiniones sobre el caso al teléfono con el presidente francés, mientras que su ministro de Sanidad, Roberto Speranza, se coordinó con sus homólogos español y alemán.

La poderosa presencia de Draghi ha mermado en parte la capacidad de influencia de otros líderes, como el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, o el primer ministro holandés en funciones, Mark Rutte. Ambos fueron cruciales el año pasado para el diseño del fondo europeo de recuperación frente a la pandemia, una iniciativa francoalemana secundada con fuerza por Madrid y resistida por La Haya. Pero, tanto el español como el holandés mantienen un perfil bajo a escala europea desde la larga y tensa cumbre europea de julio de 2020 en la que se aprobó el fondo.

España ha pasado de solicitar ayudas a verse en la necesidad de presentar en Bruselas ambiciosas reformas en temas tan delicados como el mercado laboral a cambio de los multimillonarios subsidios. El Gobierno de Rutte dimitió a principios de año por un escándalo sobre ayudas sociales y aunque el primer ministro ganó de nuevo las elecciones, todavía no ha formado Ejecutivo y se encuentra en medio de otro barullo político que ha puesto en peligro su credibilidad y su carrera política.

Plan de recuperación
La llegada de Draghi al poder a mediados de febrero fue acogida con alivio en Bruselas, Berlín y París, sobre todo, porque será el encargado de gestionar la distribución del fondo europeo de recuperación. Italia es el país más beneficiado por ese fondo, con una asignación de 209.000 millones de euros, incluidos 68.900 millones en subsidios. Las instituciones comunitarias confían en que Roma aproveche esa partida millonaria para sanear y reformar la economía italiana, estancada desde hace 20 años.

Simón considera que “el pedigrí de Draghi en Bruselas y su credibilidad a la hora de implementar reformas son una bocanada de aire fresco para el fondo de recuperación, ya que a los países acreedores en el Consejo y a la Comisión les preocupa asegurar que el apoyo financiero europeo es a cambio de reformas”.

Fuentes comunitarias indican que el Gobierno de Draghi ya ha mejorado sensiblemente el plan nacional para la captación de fondos europeos elaborado por el Ejecutivo de su predecesor, Giuseppe Conte. El expresidente del Banco Central Europeo ha colocado a tecnócratas de su confianza en las carteras ministeriales directamente relacionadas con la inversión de unas partidas millonarias que podrían empezar a fluir a finales de año.

UNA SOLUCIÓN TEMPORAL
El expresidente del Banco Central Europeo (BCE) aterrizó en la política italiana como la última alternativa antes de la convocatoria de unas elecciones. Draghi llegó al cargo de primer ministro con un cometido claro: diseñar el plan de recuperación para invertir los 209.000 millones en ayudas de la UE y ejecutar reformas para llevar los estándares comunitarios a algunas áreas clave en la Administración, como Hacienda, o la justicia, que reclaman una renovación desde hace décadas.

En Italia, su figura está totalmente vinculada a la tarea de pilotar la salida de la emergencia. Ingente, pero a la vez efímera. Su Gobierno, entre técnico y político, pero con expertos de su confianza en puestos claves, como Economía o Justicia, cuenta con el respaldo de una amplísima mayoría de casi todo el arco parlamentario. Solo la reducida formación ultraderechista Hermanos de Italia se ha quedado fuera. Mantener en el tiempo los apoyos de esta coalición imposible, con semejante heterogeneidad, es una de las tareas más complicadas a las que se enfrenta.

Él mismo es consciente de esta limitación temporal de su mandato, como señaló en su primera rueda de prensa hace unas semanas. “Estaré en el cargo el tiempo que considere el Parlamento”, dijo, e insistió en una idea que ha convertido en su piedra angular: “Hacer lo máximo posible en el menor tiempo posible”.

Su Gobierno institucional, el tercero técnico para el país en las últimas tres décadas, surgió con el propósito de mantenerse durante al menos un año, para poder encauzar el plan de recuperación. En febrero del próximo año, el Parlamento deberá elegir al siguiente presidente de la República. En julio comenzará el denominado “semestre blanco”, un periodo en el que no pueden disolverse las Cámaras, para garantizar la elección del jefe del Estado, y en el que, en principio, tampoco pueden convocarse elecciones. Draghi deberá conducir el país hasta el próximo febrero, y si las condiciones lo permiten, agotar la legislatura, que concluye a inicios de 2023.

Precisamente el nombre de Draghi se barajaba más para la jefatura del Estado que para la presidencia del Consejo de Ministros, con un perfil mucho más institucional que político. Aunque es cierto que en estos casos en el país transalpino se suele aplicar una máxima muy vaticana: “Quien entra Papa, sale cardenal”; es decir, todos los nombres que más suenan han terminado por quedarse fuera. Es el caso de los ex primeros ministros Giulio Andreotti y Romano Prodi o del juez Ferdinando Imposimato. Además, deberá sortear el riesgo de quemar su imagen durante su etapa en el barro de la política. Los analistas creen que, además de los equilibrismos que deberá hacer para contentar a su inmenso conjunto de aliados, si ejecuta las ambiciosas reformas prometidas y necesarias será difícil que salga indemne de tamaña empresa.

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