Vista general el 12 de julio de 2020 de la afluencia de personas en la Avenida Lázaro Cárdenas, en Ciudad de México (México), que cuenta con poco más de 100 años de existencia y que permanece cerrado debido a la contingencia por el COVID-19. JORGE NÚÑEZ EFE

Durante los últimos meses, hemos asistido desde nuestras ventanas a la parálisis de las ciudades y, al mismo tiempo, a su resurgir. El 11 de marzo, en la ciudad eterna, se hizo el silencio. Se cerraron las puertas, se confinaron las personas y el ritmo furibundo de la Roma bella, pero sucia, disfuncional y caótica, frenó en seco. Tres días más tarde, también se cerraba Madrid. Esa otra ciudad que nunca duerme se sumió en un sueño profundo, solo roto por el paso de las ambulancias y los aplausos de las ocho de la tarde. Al otro lado del Atlántico, Bogotá amaneció el 20 de marzo con un simulacro de aislamiento preventivo que cambió de golpe las rutinas y estilos de vida de sus habitantes. Las calles y las estaciones de Transmilenio se desocuparon, todo por cuenta del mismo enemigo invisible. En Ciudad de México se declaró la emergencia sanitaria el 30 de marzo: otra ciudad colorida, también contaminada y ruidosa, se quedaba muda.

Ciudades sin tráfico ni ruido en las calles, ni turistas, apenas ni vida. Una cuarentena sin precedentes y tan repentina que, sin embargo, nos permitió observar una serie de problemas ambientales, sociales y estructurales que guardan una relación directa con nuestros hábitos de vida y rutinas: horas interminables desplazándonos hacia el trabajo, ruidos comunes de una ciudad congestionada, el cotidiano aire contaminado y un consumismo desmesurado para sentirnos mejor. Sin embargo, las ciudades tienen un papel clave para mejorar nuestro bienestar y el del planeta y, por eso, creemos que ha llegado el momento de que lideren el cambio.

La desigualdad y la solidaridad
Este parón de las ciudades también ha evidenciado las profundas desigualdades en ellas. Las clases sociales más pobres, muchas de las cuales forman parte de los servicios básicos de una ciudad, siendo su espina dorsal, han sido las más perjudicadas.

La debilidad de los sistemas públicos de salud ha quedado claramente expuesta. Pero, además, capitales como Ciudad de México o Bogotá han puesto sobre la mesa la disparidad en los ingresos, la precarización de los empleos y el acceso a servicios tan básicos como el agua potable, entre otros. Las personas sin empleo, las que trabajan de forma irregular y las que lo hacen en sectores esenciales sin las condiciones mínimas que garanticen su seguridad —como el personal sanitario o de limpieza en los hospitales o el de los servicios de recogida de basura y de gestión de residuos— han sido especialmente golpeadas por la pandemia. En Madrid, la privatización de servicios públicos básicos llevada a cabo en los últimos años no ha hecho más que agravar la situación de pobreza de muchas familias. Un ejemplo: ante el cierre de los colegios, las autoridades, en vez de mantener el servicio de comedor escolar o buscar una alternativa equilibrada, optaron por ofrecer a los menores en situación de vulnerabilidad un menú basura subcontratado a dos grandes cadenas de comida rápida.

Sin embargo, a uno y otro lado del océano, las ciudades latinas y mediterráneas han mostrado su lado más humano, ese que a menudo se olvida cuando se diseñan o construyen en función de intereses puramente económicos. Personas que se han unido para satisfacer las necesidades básicas de quienes peor lo están pasando. Comunidades vecinales y organizaciones sociales que, fomentando el consumo de pequeños productores, han buscado formas innovadoras para que toda la ciudadanía pueda tener alimentos saludables y locales en la mesa. Las redes de ayuda han proliferado en cada barrio de Ciudad de México, Bogotá, Madrid o Roma. Un gesto humano que, sin embargo, no deja de ser un parche: las ciudades deben ser capaces de producir parte de sus alimentos, tanto desde dentro como en sus regiones cercanas; deben acercarse al campo y romper la dicotomía campo-ciudad.

La movilidad sostenible no solo existe en los países nórdicos
A medida que las ciudades se han ido abriendo al mundo de nuevo, también el espacio público vacío de coches ha sido ocupado por las personas. Por primera vez en mucho tiempo, la Plaza del Panteón o los Foros Imperiales en Roma se convirtieron en lugares donde practicar deporte y que los menores jugaran sin riesgo y al aire libre (y limpio). En Madrid, la ciudadanía tomó las calles para correr o caminar, aunque los parques permanecieron cerrados durante semanas —hasta que la presión social obligó al Ayuntamiento a abrirlos— y las diferencias entre barrios se hicieron más patentes que nunca: las aceras estrechas y la falta de espacios verdes en los distritos más populares evidenció una ciudad construida para los coches y no para sus habitantes.

Es más necesario que nunca que se establezcan y cumplan políticas que defiendan la calidad del aire, los espacios urbanos para la ciudadanía, una ciudad transitable a pie y un sistema de alimentación garantizado con foco en el consumo sostenible y local

En Bogotá, una megaurbe con más de siete millones de habitantes y unos 1.775 kilómetros cuadrados (casi el triple que Madrid y considerablemente más que Roma), amplió sus carriles bici sumando un total de 630 kilómetros, una medida que le ha valido el reconocimiento mundial por su apuesta por un sistema de movilidad más eficiente, limpio, cómodo y sostenible. Roma también ha anunciado nuevas normas en esta línea: 150 kilómetros de nuevos carriles bici transitorios, ya que la voluntad es que sean permanentes, aunque de momento las obras avanzan muy lentamente y carecen de cobertura financiera. No todos los ayuntamientos han respondido por igual: en Madrid, se suspendió el servicio de alquiler de bicicletas municipales (BiciMad) —que, afortunadamente, se reanudó a los pocos días—, las calles únicamente se cerraron a los vehículos particulares durante unas semanas y hasta julio no se han creado nuevos carriles bici. Por fortuna, el alcalde ya ha anunciado la construcción de 12 kilómetros de nuevos carriles bici.

Hoy más que nunca, es crucial un cambio en el sistema de producción y consumo convencional para frenar la crisis climática, pero también la social. Hemos hablado de Bogotá, Madrid, Ciudad de México y Roma, pero la demanda es extensible a todas las ciudades del mundo: deben reinventarse para y por las personas que viven en ellas. Ahora es más necesario que nunca que se establezcan y cumplan políticas que defiendan la calidad del aire, los espacios urbanos para la ciudadanía, una ciudad transitable a pie y un sistema de alimentación garantizado con foco en el consumo sostenible y local. Solo así tendremos las ciudades seguras, justas, resilientes y sostenibles que el tiempo en que vivimos exige.

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