La candidata Keiko Fujimori participa en un acto de campaña el 25 de marzo de 2021 en Lima.PAOLO AGUILAR / EFE

A Keiko Fujimori se le escapa el fujimorismo. La eterna líder peruana, que en 2016 llegó a controlar el Congreso, pierde apoyos desde hace dos años, ahogada por la corrupción y el poco acierto político. La candidata a las elecciones presidenciales que se celebran este domingo busca redimirse abrazando el legado de su padre, Alberto Fujimori, del que se había distanciado. Con un discurso que promete “mano dura para volver a rescatar Perú”, apela a los nostálgicos del anciano autócrata (82 años) que gobernó el país de 1990 al 2000 y que ahora pasa sus días en una cárcel exclusiva para él. Pero no es la única. “La mano dura de su papá está conmigo”, reivindicó hace unos días el conservador Hernando de Soto, otro de los seis candidatos que luchan por pasar a la segunda vuelta. La hija se revolvió: Fujimori solo hay una.

A la puerta del 422 del Paseo de Colón, en Lima, Julio César Aranda, de 27 años, toca el timbre de la sede de Fuerza Popular. Quiere ser “personero” [interventor] el domingo en una mesa electoral para velar por la limpieza del proceso electoral. “Recordemos que Alberto Fujimori fue quien venció el terrorismo [de Sendero Luminoso], una obra cumbre que ningún otro político ha podido lograr a día de hoy”, razona. El fujimorismo sigue vivo 30 años después. Su apoyo, coinciden los analistas, hay que buscarlo entre las clases más populares, a las que se ganó con un marcado acento populista y con “el golpe al terrorismo”, y entre la clase alta, que aún mantiene un buen recuerdo de un gobierno conservador en lo político y lo económico. “Las experiencias autoritarias son difíciles de morir”, sostiene el sociólogo y profesor universitario Santiago Pedraglio.

Las encuestas presentan estos días una sopa de nombres en las que ningún candidato, de los 18 que se presentan, supera el 13% en intención de voto. Seis aspirantes se intercambian los primeros puestos, según el día y el sondeo, haciendo imposible prever el resultado final. Keiko Fujimori alcanzó la segunda vuelta en las últimas dos elecciones. En ambos casos perdió, a pesar de presentarse con discursos antagónicos. En 2011, reivindicando a su mentor, fue superada por Ollanta Humala. En 2016, alejándose de su padre, perdió frente a Pedro Pablo Kuczynski. Ahora busca recuperar sus orígenes. “Nos hemos perdonado y hoy estamos otra vez trabajando de la mano”, dice. Algún sondeo la sitúa estos días en cabeza, pero a una distancia mínima de sus competidores. “Todos quieren pasar a segunda vuelta con Keiko Fujimori, porque si pasas, le ganas”, explica la periodista peruana Rosa María Palacios. Ningún otro candidato tiene un rechazo superior al de la líder de Fuerza Popular, por quien un 65% de los electores asegura que nunca votaría.

Rita, maestra jubilada, agarra con fuerza su bolso para irse a casa después encomendarse a Dios en la misa diaria al aire libre del parque central de Miraflores (Lima). “Keiko tiene la vergüenza de seguir presentándose cuando está en medio de un proceso de corrupción, yo votaré por Hernando de Soto, que está limpio”, confiesa sin pararse. Perú atraviesa un momento especialmente difícil. La pandemia de coronavirus ha golpeado con fuerza a la economía, con una caída del 11% en 2020 y un aumento aún no cuantificado de la pobreza, que ya era de un 20% antes de la covid. La crisis política también es profunda. Todos los expresidentes vivos están acusados o condenados por corrupción y la inestabilidad es absoluta. A finales del año pasado, el país tuvo tres presidentes en seis días, en medio de un escenario de protestas en las que murieron dos jóvenes por disparos de la policía. Los peruanos perciben la inseguridad y la corrupción como los primeros de sus problemas.

“Lo único que hace falta es mano dura”, brama un vendedor ambulante mientras retira con sus dedos los pelos y las ramas atascadas en las ruedas de su carro de refrescos. La política de mano dura, explica la psicóloga, Fryné Santisteban, “recoge la demanda de un orden sin importar a qué costo porque estamos otra vez en un momento de miedo e incertidumbre”. “Perú ha sido gobernado por regímenes autoritarios, la idea del orden está muy impuesta. En un país desordenado, el anhelo de orden es inmenso”, añade Palacios. Fujimori aspira a ser esa medicina sin caretas. Durante la campaña, aseguró en Twitter: “Mano dura no es dictadura. Es una democracia firme. En una palabra, lo que yo ofrezco es una demodura”. Un nuevo concepto que aprovecha el desafecto hacia la democracia, cuyo apoyo en Perú está en horas bajas y es de un 43% según el Latinobarómetro de 2018.

El futuro de la una vez mujer más poderosa de Perú es, sin embargo, bastante incierto. La Fiscalía la acusó en febrero de lavado de activos, obstrucción a la justicia y organización criminal por recibir supuestamente de forma ilegal dinero para sus campañas de 2011 y 2016, procedente de la constructora brasileña Odebrecht y del dueño del principal banco peruano. El Ministerio Público pide para ella 30 años y diez meses de prisión. Fujimori llegó a estar en 2020 tres meses en la cárcel y ahora sigue el proceso, y la campaña electoral, bajo libertad vigilada.

Algunos, como María Castillo, que tiene una tienda de ropa en un barrio de la capital, se lo perdonan todo a la estirpe. “Su papá era el mejor presidente, habrá hecho cosas para estar en la cárcel, como otros presidentes, pero él además hizo cosas buenas”, explica. El reencuentro de la Keiko de 2021 con su padre es clave para muchos de sus seguidores. En 2016, en su afán por encontrar su propia voz lejos del ala paterna, llegó a posicionarse en contra del indulto del exmandatario. “Que una hija no quiera a su papá fuera de la cárcel no es aceptable para el nivel socieconómico más bajo”, afirma Palacios. La hija pródiga lo sabe. Si a la tercera consigue ganar sus elecciones más difíciles, lo que pocos ven posible, ha prometido que su padre será libre.

LA AUTORÍA REVOCADA DEL FIN DE SENDERO LUMINOSO
Alberto Fujimori llegó al poder en 1990 y dos años después cerró el Congreso y el Poder Judicial en lo que se consideró un autogolpe. En septiembre de 1992 un grupo especial de inteligencia de la policía capturó a la cúpula del grupo terrorista Sendero Luminoso que encabezaba Abimael Guzmán. El grupo policial de élite no estaba sujeto a la autoridad de facto del entonces asesor presidencial Vladimiro Montesinos, pero este trató de presentar la captura como un logro suyo. Ante la resistencia de los agentes , el grupo fue desarticulado.

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