El líder aimara Felipe Quispe, en una imagen de 2017.MARTIN ALIPAZ / (EPA) EFE

El Ejército Guerrillero Túpac Katari fue desarticulado por las autoridades bolivianas en agosto de 1992, unos meses después de que dos de sus miembros fallecieran tras sincronizar mal los explosivos atados a unas torres de alta tensión. La prensa aseguró que el atentado iba dirigido a las embajadas de Estados Unidos y España en La Paz. La policía detuvo a uno de sus miembros, algunos de los exguerrilleros dicen que fue Raúl García Linera –hermano de Álvaro, que años después de salir de la cárcel fue vicepresidente de Evo Morales– que, según el relato de sus compañeros, fue torturado y obligado a delatar nombres, casas de seguridad y el plan de entrenamiento armado. Cayeron 35 guerrilleros y uno de los cabecillas se animó a hablar. Felipe Quispe, líder campesino del altiplano, miró inquisitivo a los periodistas, arqueando las cejas debajo de un colorido gorro de lana. Una de ellos le inquirió:

– ¿Por qué lo hicieron?

– Porque no me gustaría que mi hija sea su sirvienta.

Felipe Quispe Huanca, alias El Mallku, “cóndor de las alturas”, en aimara, el mote con el que las comunidades indígenas del altiplano reconocen a su líder, falleció este martes a los 78 años en La Paz. Dirigente comunitario, líder sindicalista, guerrillero marxista y profesor universitario, Quispe vivió una incansable lucha política que lo llevó a ser diputado a principios de siglo y dos veces candidato presidencial, en 2002 y 2005. Murió de un paro cardíaco, según el comunicado de su familia, mientras preparaba su candidatura a la gobernación de La Paz para las elecciones regionales del próximo 7 de marzo. La frase que le espetó en 1992 a una afamada periodista nacional, Amalia Pando, seguirá retumbando en la conciencia boliviana como testimonio de su racismo y desigualdad social.

El Mallku nació en 1944 en la localidad de Achacachi, cuna de la milicias aimaras de los Ponchos Rojos, en el árido norte del departamento de La Paz. Hijo de una pareja campesina que vivía a orillas del lago Titicaca, Quispe siguió el camino que hasta ahora eligen la mayoría de los niños campesinos de Bolivia: unirse al Ejército fue su salida de la pobreza. Hasta 1964, según su propio relato, cuando dejó un cuartel fervorosamente anticomunista por la Guerra Fría, y se encontró con el Manifiesto de Karl Marx.

Formado ideológicamente en el katarismo, que explica la discriminación de los pueblos altiplánicos de Bolivia desde una opresión tanto étnica como económica, de clase, Quispe fue parte del movimiento que llevó a que la organización sindical se comprometiera indisolublemente con las luchas indígenas. Nació políticamente como líder de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), en la organización de las protestas de la década de los setenta que adoptaron la whipala como bandera de sus reivindicaciones. El katarismo perdió fuerza en los ochenta y se dividió en dos. Una vertiente reformista terminó alineándose con las esperanzas multiculturalistas del primer Gobierno neoliberal de Gonzalo Sánchez de Lozada, y su principal figura, Víctor Hugo Cárdenas, alcanzó la vicepresidencia en 1993. La otra –la radical, liderada por el Mallku– jugaba con la idea de la clandestinidad y la lucha armada desde una década antes.

El Ejército Guerrillero Túpac Katari fue fundado en 1986 a través de un pacto entre líderes aimaras y quechuas, obreros, y jóvenes de clase media educados en el marxismo, como Álvaro García Linera. Quispe, que vivió en el exilio durante la sucesión de Gobiernos militares que comenzó en 1981, había recibido entrenamiento guerrillero durante la guerra civil de El Salvador y en Guatemala. En ese entonces, García Linera estudiaba Matemáticas en la Universidad Nacional Autónoma de México y volvió a Bolivia convencido de que el marxismo y el katarismo podrían generar una “revolución comunitaria”. “La parte armada fue un elemento junto a otros”, defendió el exvicepresidente años después. Ambos cumplieron cinco años de prisión y fueron liberados sin una sentencia.

“Los necesitábamos, no para que fuesen nuestros jefes ni para que nos enseñen. Eran novatos a pesar de haber leído todos los tomos de Lenin. Nos servían porque conseguían dinero y eran blancos, así nos iban a tomar en serio”, admitió el Mallku en una entrevista televisiva sobre el involucramiento de los hermanos García Linera en la guerrilla. A finales de los noventa, ambos hombres libres educados en la cárcel, se avocaron a la política institucional por vías que muchas veces los enfrentaron. García Linera, ya una figura pública, fue seducido por el movimiento de izquierda nacionalista encarnado en el líder cocalero Evo Morales, como relata el historiador y periodista Pablo Stefanoni en un ensayo. Quispe se tituló de la carrera de Historia en la universidad pública de La Paz y formó su propio movimiento identitario aimara, que creció con un tono muchas veces secesionista contra lo que siempre llamó la “Bolivia colonial”.

Sin embargo, Evo Morales y Felipe Quispe lucharon juntos a comienzos de siglo. El primero desde el trópico cochabambino y el segundo desde el altiplano, pusieron contra las cuerdas a distintos Gobiernos desde la organización sindical y el bloqueo de carreteras. Morales ganó los focos, y el Mallku se convirtió en su férreo opositor. Con Morales ya en la presidencia, Quispe llegó a describirlo como “neoliberalismo con rostro indio”. Voló bajo durante los 14 años en los que este estuvo en el poder, y siempre defendió su enfrentamiento público con el expresidente relatando que, en 2003, durante las protestas que tumbaron el segundo Gobierno de Sánchez de Lozada y dejaron 63 muertos por la represión militar autorizada por el Gobierno, su confederación sindical se había defendido de la represión en la ciudad de El Alto mientras que el líder cocalero, con la popularidad en asenso en la América Latina de Hugo Chávez, “volvía de algún paseo en Venezuela o Libia, de una visita a Chávez o a Gadafi”.

Durante el Gobierno de Jeanine Áñez, que asumió el poder tras el derrocamiento del primer presidente indígena de Bolivia en 2019, Felipe Quispe, que dictaba clases en la universidad que ayudó a gestar en El Alto, volvió al ruedo. Lideró las protestas de agosto pasado, exigiendo elecciones tras meses de postergaciones por la pandemia de la covid-19. Pese a su antipatía público, admitió que votaría por Luis Arce, el delfín de Morales que llegó a la presidencia en las últimas elecciones, como la única propuesta que se acercaba a sus objetivos. “Hasta los enemigos les van a dar su voto. El propio Gobierno, enfermo de racismo, les hace propaganda”, exclamó.

Pero Quispe siguió fiel su etnocentrismo aimara hasta el final. “Creo que ha llegado la hora de decir basta”, dijo en una de sus últimas entrevistas, el pasado 14 de agosto. “Que ellos [el Gobierno de Áñez] se vayan a su madre patria, nosotros vamos a autogobernarnos. El collasuyo [en referencia a la subdivisión territorial más grande del imperio Inca] tiene que liquidar Bolivia, somos otra nación. Ahí vamos a tener un Gobierno Mamani, Condori, Quispe. Tampoco vamos a mencionar a Evo Morales, ese no era nuestro Gobierno, estaba rodeado de blancos y mestizos”.

Morales, como todos los líderes políticos del país andino, lo despidió este martes por la noche reconociendo su lucha e influencia. “Bolivia pierde a un dirigente consecuente”, escribió el expresidente en Twitter. “¡Felipe inmortal por su lucha indianista!”

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