Uno de los cadáveres petrificados por Paolo Gorini en el siglo XIX. CARLO VANNINI

Francia, verano de 1885. Jean-Baptiste Vincent Laborde espera ansioso a las puertas de un cementerio. La ley obliga a que antes de que un cadáver sea donado a la ciencia se escenifique un enterramiento cristiano. Para Laborde es crucial ahorrar tiempo. Ha creado un laboratorio portátil montado en un carromato en el que hay una camilla, linternas, material quirúrgico. En el país que vio nacer la guillotina, este médico llevaba un año intentando demostrar que los ajusticiados seguían conscientes después de la decapitación. En cuanto llegan los restos del condenado a muerte, cedido por las autoridades, Laborde toma su cabeza, salta al carro, perfora el cráneo y aplica corrientes eléctricas al cerebro. La cara comienza a gesticular y, por fin, abre un ojo.

Varias décadas más tarde, Gabriel Beaurieux, otro médico francés, asistió a un guillotinamiento. Segundos después el doctor levantó la cabeza de la cesta y gritó el nombre del ajusticiado. Los ojos se abrieron y volvieron a cerrarse. El médico llamó una segunda vez. Y de nuevo el muerto abrió los ojos.

Laborde y Beaurieux explicaron sus experimentos en publicaciones de la época, pero nunca consiguieron demostrar su hipótesis. La guillotina se dejó de usar en 1977. La historia de ambos médicos ha sido recogida ahora en El científico loco. Una historia de la investigación en los límites (Alianza), que se publica el 30 de enero. Se trata de un compendio de investigadores reales que persiguiendo una fuerte convicción y movidos por el ansia de conocimiento se enfrentaron al pensamiento dominante de la época e incluso realizaron experimentos que en la actualidad podrían haberles llevado a la cárcel.

“La época dorada de los científicos locos va, típicamente, de los primeros años del [siglo] XIX a mediados del siguiente”, escriben el químico de la Universidad de Pavía Luigi Garlaschelli y la diseñadora gráfica Alessandra Carrer, autores del volumen.

El doctor Victor Frankenstein creado por Mary Shelley es un ejemplo universal de científico loco de ficción. Según los autores, su inspiración pudo ser el físico italiano Giovanni Aldini. En una de sus demostraciones públicas, Aldini presentó el cadáver de George Foster, que a los 26 años fue condenado a muerte por asesinar a su mujer y a su hijo, cuenta el libro. Aldini conectó un electrodo en la boca y otro en el ano del difunto y consiguió que abriese los ojos y se moviera. “Aunque para sus contemporáneos estas investigaciones hicieron que Aldini pareciese un nuevo doctor Fausto que quería dominar las fuerzas que gobiernan la vida, su finalidad era […] demostrar que el galvanismo (o sea la estimulación eléctrica) podía ser un útil instrumento en varios procedimientos de reanimación”, escriben los autores. En esas ideas puede verse el germen de los actuales desfibriladores capaces de reanimar un corazón que ha dejado de latir.

El libro también habla de la fórmula de Paolo Gorini para petrificar cadáveres. Este investigador fue uno de los que mejor supo aplicar diferentes productos químicos para preservar tejidos humanos, desde órganos internos a cuerpos completos de adultos y niños. Muchos de ellos se exponen hoy en el Hospital Viejo de Lodi (Italia) y han sido retratados por Carlo Vannini e Ivan Cenzi en el libro Il Petrificatore (Logos Edizioni).

Gorini trabajaba en una iglesia desacralizada. “En su laboratorio poseía una mesita cuyas patas eran piernas humanas de verdad, y cuando quería gastar una broma a quien iba a visitarlo, parece ser que ataba un cadáver petrificado a un sistema de cuerdecitas que le permitía acercarse cuando abría la puerta”, escriben los autores. Gorini fue el encargado de embalsamar a Giuseppe Mazzini, uno de los padres de la independencia de Italia. El petrificador nunca reveló su fórmula secreta. En 2005, Garlaschelli y la química de la Universidad del País Vasco Soiartze Zabaleta Artetxe encontraron la mezcla que posiblemente ayudó a Gorini a embalsamar y la usaron en varios animales. “La colección goriniana no debe entenderse como un museo del horror, sino más bien como una colección científica de primera importancia y un bien histórico”, destacan los autores.

Menos loable fue el trabajo de los científicos del proyecto MK Ultra de la CIA, que arrancó en 1953. Uno de sus objetivos era usar LSD para dominar mentalmente a los individuos. Participaron 40 universidades, farmacéuticas como Sandoz y Eli Lilly y tres centros penitenciarios. El químico Sydney Gottlieb capitaneaba el proyecto en la sombra, escriben los autores. “El LSD fue experimentado principalmente en sujetos socialmente débiles: enfermos mentales, prostitutas, drogadictos, presos, etcétera. A un enfermo mental se le suministró durante 174 días. Se utilizaron también empleados y subordinados de la propia CIA, casi siempre sin ponerlos al corriente o pedir su consentimiento. […] La CIA utilizó asimismo varios burdeles de San Francisco, suministrando a escondidas LSD a los clientes y observando su comportamiento a través de espejos monodireccionales. […] Un científico del Ejército, Frank Olson, cayó en una depresión después de un “viaje con sorpresa”. Más tarde murió al caer (quizá empujado) desde el piso 13 de un edificio. La muerte de Olson provocó una larga batalla legal entre sus herederos y el Gobierno de EE UU, que resarció a la familia con 750.000 dólares por haberle suministrado LSD sin consentimiento”, explica el libro.

El trabajo también destaca patinazos de investigadores de gran prestigio que, a la vez, muestran algo de las personas reales que hay detrás de las asépticas publicaciones en las revistas científicas. Entre ellos destaca Kary Mullis, que recibió el Nobel de Química en 1983 por desarrollar la reacción de cadena de la polimerasa, esencial para leer el ADN. Mullis fue derivando a opiniones cada vez más excéntricas, llegando a decir que el VIH no es la causa del sida y cuestionando el cambio climático. En 1995 usó la PCR para extraer y amplificar ADN de Elvis Presley, engastarlo en joyas y venderlo junto al de otros famosos. “Mullis considera que el LSD puede amplificar la percepción sensorial, permitiéndole no solo aumentar sus capacidades cognitivas, sino, también, comunicarse telepáticamente. En su libro, describe cómo él y su asistente de laboratorio consiguieron comunicarse telepáticamente, pero solo “bajo el efecto del LSD”, explica el libro.

Brian Josephson ganó el Nobel de Física en 1973 por describir el efecto túnel de la mecánica cuántica, también conocido como efecto Josephson. El físico ha llegado a defender “la memoria del agua (presunta explicación de la homeopatía) y la fusión fría”, escriben los autores, quienes añaden que Josephson se embarcó junto a otros científicos renegados a criticar “la ciencia oficial”.

Los dos autores han dejado fuera a los científicos nazis que, más allá de la locura, se zambulleron en el horror, porque en realidad creen que los personajes que sí recogen en el libro tienen algo aprovechable. “Al final, los locos experimentos de nuestros científicos dementes son, siempre, acciones profundamente humanas”, resaltan.

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