La última vez que se baja la cortina

CONTRALÍNEA | Gabriela Gallegos Ávila

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Ningún comerciante abre un negocio pensando en el día que tendrá que cerrarlo.

Antes de bajar la cortina por última vez ocurre una larga cadena de renuncias. Primero deja de contratar personal. Después reduce horarios. Recorta gastos. Vende mercancía con menos utilidad. Pide créditos. Retrasa pagos. Aguanta otro mes. Luego otro. Hasta que llega el momento en que la caja ya no alcanza para pagar la renta, la luz, los impuestos o la nómina.

Entonces la cortina baja.

Y casi nadie pregunta por qué.

Durante semanas hemos visto aparecer nuevos locales cerrados en distintos puntos de Durango. No sólo en el Centro Histórico. También en avenidas comerciales, colonias tradicionales y corredores donde hace apenas unos años era difícil encontrar un espacio disponible. Cada cortina abajo representa una historia distinta, pero casi todas terminan diciendo lo mismo: el negocio dejó de ser sostenible.

Lo más doloroso es que detrás de esos cierres no desaparece únicamente una empresa. Se pierde el patrimonio construido durante años por una familia. Se esfuman ahorros, proyectos de vida y, muchas veces, generaciones completas de trabajo. Hay comerciantes que dedicaron veinte o treinta años a levantar un negocio y que hoy entregan las llaves sin siquiera recuperar lo invertido.

Mientras tanto, el discurso oficial suele mirar hacia otro lado. Se anuncian inversiones millonarias, se celebran indicadores macroeconómicos y se presume crecimiento. Pero las economías no se explican solamente con grandes cifras. También se explican caminando las calles. Ahí es donde empiezan a multiplicarse los locales vacíos, los anuncios de “Se renta” y las cortinas que ya no vuelven a levantarse.

La economía no colapsa de golpe.

Se va apagando negocio por negocio.

Y cuando una ciudad se acostumbra a ver cortinas cerradas, el problema deja de ser comercial.

Empieza a ser social.

Porque una cortina abajo significa menos empleo, menos consumo, menos movimiento y menos esperanza para quien todavía intenta sostener su propio negocio.

Durango merece una economía que premie a quien se atreve a emprender, no una ciudad donde cada vez más comerciantes tengan que despedirse en silencio.