La cosecha del abandono

CONTRALÍNEA | Gabriela Gallegos Ávila

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Durante años, la discusión sobre el campo mexicano se ha reducido a cifras de producción, programas de apoyo y anuncios de temporada. Se habla de toneladas, de hectáreas sembradas y de rendimientos por cultivo. Pero pocas veces se habla de algo más importante: la capacidad del Estado para resolver problemas.

Porque existe una diferencia enorme entre administrar una crisis y solucionarla.

Eso es precisamente lo que está ocurriendo hoy en Durango. Más de 30 mil toneladas de frijol permanecen almacenadas sin una salida clara al mercado. Los productores bloquearon vialidades y tomaron oficinas federales porque, después de sembrar y cosechar, siguen sin saber si podrán recuperar lo invertido. Mientras esperan respuestas, los intermediarios avanzan ofreciendo precios de remate.

Lo mismo ocurre con el gusano barrenador. La discusión gira alrededor de casos confirmados, cercos sanitarios y protocolos de vigilancia. Sin embargo, los ganaderos llevan semanas alertando sobre la insuficiencia de mosca estéril para contener la plaga. El problema no es únicamente la presencia del parásito. El problema es que la respuesta sigue llegando detrás de la emergencia.

Y ahí aparece una pregunta incómoda.

¿Cuántos de los conflictos que hoy afectan al campo son realmente inevitables y cuántos son consecuencia de problemas que se dejaron crecer?

Porque administrar un problema consiste en reaccionar cuando estalla. Convocar reuniones. Emitir comunicados. Instalar mesas de trabajo. Prometer soluciones.

Resolver un problema implica algo distinto: anticiparse, corregir, invertir y actuar antes de que la crisis llegue a las carreteras.

Por eso las imágenes de productores bloqueando el bulevar Francisco Villa tienen una lectura que va más allá del conflicto del día. Reflejan el cansancio de un sector que observa cómo los problemas se atienden únicamente cuando se vuelven políticamente costosos.

El productor puede enfrentar sequías, heladas, plagas o mercados difíciles. Forma parte del riesgo de trabajar la tierra. Lo que resulta más complicado es trabajar bajo la incertidumbre permanente de no saber si las instituciones responderán a tiempo.

El campo duranguense está enviando una advertencia. No sólo reclama mejores precios o mayor apoyo sanitario. Está cuestionando una forma de gobernar que durante años ha confundido la administración de los problemas con su solución.

Y esa diferencia importa.

Porque los problemas que se resuelven dejan de regresar.

Los que se administran terminan convirtiéndose en parte del paisaje.

Y cuando eso ocurre, la cosecha ya no es de frijol.

La cosecha es de inconformidad.

Durango merece gobiernos que resuelvan problemas, no gobiernos que aprendan a convivir con ellos. Porque los conflictos que regresan cada año no son producto de la mala suerte: son producto de decisiones que nunca se tomaron.