Hugo López-Gatell no viene en picada. Ya cayó. El subsecretario de Salud, a quien el presidente Andrés Manuel López Obrador le entregó su fe y el destino sanitario con el manejo de la crisis de la pandemia del coronavirus, está en una espiral descendente desde hace varias semanas, tras perder las batallas por las vacunas con el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, y los gobernadores, y con la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, en el caso de las pruebas masivas. La única pelea que ganó es la que probablemente tiene enfermo de Covid a López Obrador: que el cubrebocas no servía para nada. Hoy tendrá que tragarse todas las sandeces acientíficas que expresó López-Gatell.

Su retórica irresponsable fue acompañada de una estrategia cuestionada y desmantelada con argumentos desde las primeras semanas de la pandemia, donde la realidad fue aplastando lo que planteaba y permitía decir al Presidente. El resultado ha sido, porque aún no termina la crisis, una tragedia que nos llevó el lunes a rebasar los 150 mil muertos y el millón tres cuartos de contagios, que nos coloca en el umbral de superar a India como el tercer país con más fallecimientos. La pandemia está fuera de control. Prácticamente todo el país ha tenido incremento de contagios y su estrategia de tener camas disponibles en los hospitales, es otro fracaso.

En la estadística sanitaria que carga sobre su espalda el zar del coronavirus, ahora se tiene que incluir a López Obrador. Por ahora, como reportan las autoridades, el Presidente está estable, pero la parte más difícil y fuerte de la enfermedad, calculan los especialistas, llegará a media semana, de acuerdo con la estimación de cuándo se contagió. Es decir, la parte más delicada aún está por venir. Lamentablemente, por lo que significa para la sociedad mexicana, el discurso oficial sobre la pandemia profundizó la polarización. Este fenómeno no es un asunto que se quede en las redes sociales, sino que impacta directamente en la gobernabilidad.

El que el Presidente esté recluido en su habitación en Palacio Nacional, aunque pueda en estos momentos atender los asuntos públicos, le impide presidir la mañanera, que es el ejercicio diario de gobierno que genera gobernabilidad. El lunes, con la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, al frente de la mañanera, se comprobó su incapacidad para ejercer gobierno, pero al mismo tiempo, se vio la debilidad del diseño de López Obrador, donde la centralización de poder y la administración de los asuntos públicos, no previó sustituto. La ingobernabilidad que está aflorando está relacionada con la incredulidad sobre el verdadero estado de salud del Presidente, y sobre qué tanto fue responsable para viajar en un avión comercial si ya tenía síntomas de la enfermedad.

La palabra del Presidente arrastra el descrédito que fue acumulando la pérdida de respeto y confianza sobre López-Gatell. El 19 de diciembre Darío Celis publicó en EL FINANCIERO que le habían aplicado a López Obrador la vacuna china CanSino Biologics. En lugar de desmentirlo una autoridad, el Presidente apoyó la vacuna 11 días después. Funcionarios federales han señalado que, en efecto, el Presidente y varios de sus colaboradores ya habían sido vacunados, lo que genera mayor confusión al existir opacidad en el gobierno. Públicamente López Obrador rechazó ser vacunado y dijo que esperaría su turno por edad. Pero la salud del Presidente, como estamos comprobando ahora, es un asunto de seguridad nacional. Si él no quería, López-Gatell debía haberlo presionado para que se aplicara la vacuna. Ahora, si se vacunó y se contagió, ¿cuál fue la vacuna que le aplicaron?

Cualquier respuesta hoy en día generará más confusión y polarización. La realidad es que López Obrador sí está enfermo de Covid-19, con sólo uno de los síntomas del virus, pero su edad y estado de salud –hipertensión, mala alimentación y dos infartos que estuvieron a punto de costarle la vida en 2013– lo colocan en el grupo de personas más vulnerables a la enfermedad. La burbuja que creó López-Gatell en torno a él también falló de una manera escandalosa por el alcance que puede tener el número de contactos que tuvo durante su reciente gira, una actividad que el zar del coronavirus defendió en junio ante legisladores, argumentando que eran “actividades esenciales”.

La última gira que realizó a Nuevo León y San Luis Potosí el fin de semana, está creando otra polémica adicional. El viernes voló en avión comercial a Monterrey, y el domingo regresó, en otro avión comercial, de la capital potosina. Funcionarios de la presidencia comentaron a periodistas que el Presidente comenzó a presentar síntomas el sábado, lo que no impidió que viajara el domingo. Si esto es cierto, quienes autorizaron a López Obrador a viajar y abrir la posibilidad de contagiar a otras personas, pudieran ser penalmente responsables por esa negligencia que puso vidas en riesgo, y al Presidente, lo volvería a meter en un torbellino político.

Una vez más, López-Gatell apareció en el escenario. Hace mucho tiempo dejó de ser un funcionario creíble y confiable, y arrastra muchos negativos que no fueron analizados en el gobierno a tiempo, al ser seducidos por su elocuencia informada y facilidad para comunicar, como en la Secretaría de Hacienda, a quienes les diseñó el modelo de compra concentrada de medicamentos que resultó en el primer gran fracaso del gobierno. Ese desabasto es lo que López Obrador ha reconocido en el gabinete como su mayor déficit, pero mantiene su respaldo a López-Gatell.

El zar del coronavirus es un lastre cada vez más grande para López Obrador, cuyas decisiones y acciones enfrentan dudas y sospechas por su culpa. Mientras gestiona su enfermedad, el Presidente debería evaluar si al final de la pandemia, se deshace de él. Es impredecible, como la cabeza del Presidente, lo que sucederá con el zar de marras, convertido hoy en una caricatura de sí mismo.

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