Nicolas y Lewis, ambos pilotos respetados. Fotos: Twitter @nicolashamilton

CIUDAD DE MÉXICO.- A los siete años, Nicolas Hamilton quería ser igual que su hermano mayor llamado Lewis. Era el año 1999 y Lewis, de 14 años, había sido contratado para el Programa de Jóvenes Pilotos de McLaren. Sólo que había una diferencia abismal: Lewis Carl había nacido con aptitudes para brillar más tarde en la Fórmula 1, mientras que Nicolas fue sietemesino y con parálisis cerebral.

Ambos son hermanos por parte de padre (Anthony Hamilton), quien se casó primero con Carmen Labralestier y de ahí nació Lewis, británico de padre negro y madre blanca. Anthony se separaría pronto de Carmen, aunque se daría el tiempo necesario para preparar a Lewis desde los ocho años en la serie Kart.

El pequeño Nicolas creció con su padre Anthony y su madre Linda Hamilton, ambos de piel negra, acostumbrado a la cercanía con Lewis y a sus entrenamientos. Por ello quería seguir sus pasos, sin importar que lo suyo fuera andar en una silla de ruedas.

La parálisis afecta a Nicolas del lado derecho del cerebro, también le afecta las piernas y el lado derecho del cuerpo. Además de que las órbitas de los ojos se mueven de manera independiente. Aunque es más bajito que su hermano (Lewis mide 1.70 metros), los hermanos se parecen y hasta traen el mismo corte de cabello.

Nico adoptó cascos y overoles que su hermano iba dejando, pero también quería seguir sus pasos en un kart. Soñaba llegar hasta la F1. Su padre, quien llegó con Lewis hasta 2010 como su brazo derecho (ya campeón del mundo con McLaren), decidió darle la misma oportunidad al menor de los Hamilton.

El padre subió al pequeño con parálisis cerebral a un kart en un enorme estacionamiento vacío en un suburbio en las afueras de Londres, le amarró los pies a los pedales, le explicó aquello del freno y el acelerador y la manera de tomar el volante. Pareciera que Nico apenas le hizo caso pues de inmediato pisó el pedal derecho y se perdió hasta el fondo del estacionamiento.

Cuando Anthony llegó al final del pavimento, su hijo estaba de cabeza en una zanja, todavía con los pies amarrados al carrito tubular. Anthony terminó la tarde con una frase: “olvídate de las carreras”.

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Por un tiempo había quedado claro que el mayor de los Hamilton sería el que probaría fortuna en la máxima categoría. Lewis llegaría a la escudería McLaren en 2007 y un año más tarde levantaría su primer título en la F1. El único piloto negro en lograr tal hazaña.

Al mirar a su hermano dominando el podio, Nicolas volvió a sentir el cosquilleo en las manos y los pies. Ya tenía 15 años y le llegaría otra oportunidad, aunque fuera de todo peligro. La marca de juegos de simulación Project Cars, aprovechando el apellido Hamilton, le ofreció al menor de ellos convertirlo algo así como en un piloto de pruebas no oficial de sus juegos. No le importaban los resultados, sino que Nico se divirtiera tras un volante sin causar peligro a terceros y a él mismo. Su parecido con el campeón del mundo era una imagen válida para vender dicho programa al público amante de los autos.

A la casa de los Hamilton llegó un simulador parecido al que utilizan en la F1, con pantalla, sonido y suspensiones casi como las de una pista real. Los primeros intentos del piloto inexperto terminaron con el auto saliendo de la carretera, chocando y volteándose a la menor provocación.

A los de la marca sólo les interesaba utilizar su imagen y apellido, pero Nicolas recordaba que era un Hamilton y que, con todo y parálisis cerebral, podía continuar el reto. De hecho, comenzó a practicar con el overol y casco que su hermano, el campeón del mundo le había heredado.

Un año después (2009) se inscribió en el Campeonato Británico de Simulación… ¡y lo ganó! El señor Anthony Hamilton tenía que celebrar lo que hacían sus dos hijos tras el volante, sin importar gastos y premios.

Compañías de simulación estadunidenses y la propia Project Cars contrataron a Nicolas para ser piloto oficial de pruebas de cada uno de los modelos que salieron a la venta. En cada auto, la aceleración, el freno y hasta el asiento eran probados y calificados por el otrora niño inválido.

Al fin y al cabo es un Hamilton.

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La historia de Lewis Hamilton la siguen millones de fanáticos de la Fórmula 1 en el mundo entero. El seis veces campeón del planeta ha crecido como pocos de la mano de la escudería Mercedes y en muchas ocasiones se ha visto a su hermano abrazarlo tras levantar un título. Siempre con el overol y el casco de su hermano mayor.

Lo cierto es que Nicolás no descartó volver a correr un auto de verdad, acelerar en una pista con riesgos verdaderos y rivales que no fueran de computadora. Así volvió a fastidiar al padre, quien no tardó en darle la oportunidad. Anthony lo único que esperaba es que Nicolas no volviera a quedar de cabeza en una zanja.

Lo llevó a la Escuela de Conductores Jonathan Palmer, en un circuito pequeño de karts. Esa tarde, Nicolas no sólo terminó la carrera. Le ganó a su profesor.

Anthony Hamilton se separó profesionalmente de Lewis en 2010, pero tuvo el tiempo para dedicárselo a Nicolas e inscribirlo en la Copa Clio en Inglaterra, un escalón por debajo del Campeonato de Turismo Británico, la máxima competencia en el Reino Unido.

Su debut fue en 2011 y llegó último. Más allá de desilusionarse, Nicolas Hamilton fue creando su propia historia. En 2013 pasó a la Copa Europea de Turismo conduciendo un SEAT modificado. En 2015 fue aceptado para competir en el Campeonato Británico de Turismo en un Audi S3 con el número 28 en la lámina.

Es el primer piloto discapacitado que participa en la máxima serie británica, aunque hay que aclarar que lo hace en calidad de piloto invitado y que su puntuación no cuenta. Ha realizado 36 carreras y la 32 ha sido su mejor posición.

Lewis Hamilton tiene 35 años y está a un título de igualar los siete campeonatos en la F1 que ostenta el alemán Michael Schumacher.

Nicolas tiene 27, sigue viviendo en un suburbio cercano a Londres, con sus padres, mantiene asesorías con empresas de juegos de simulación y espera, tarde o temprano, subir al podio, uno de verdad.

Nada mal para un niño con parálisis cerebral que estaba destinado a vegetar en una silla de ruedas.

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