Generación 1964 de la Escuela de Periodismo ‘Carlos Septién García’. Se cumplirán 55 años en diciembre próximo. De izquierda a derecha: Esperanza Martín, Enrique Arroyo, José Sotelo, Eloy Morales, Amalia Camarena, Octavio Colmenares -padrino de la generación-, Joaquín Herrera Díaz, Elsa Rodríguez Osorio, José Antonio Aspiros y Salvador Morales Muñoz.

En sus ya próximos cumpleaños, para el amigo y colega Octavio Raziel García Ábrego, y su esposa Anita García Villegas

Sin demérito de las grandes figuras de la información que han egresado de otras instituciones de educación superior, o de -como suelen llamarle- “la UV” o “universidad de la vida”, es indiscutible que la Escuela de Periodismo ‘Carlos Septién García’ ha aportado a los medios noticiosos de México elementos de gran valía.

Hemos perdido a dos de ellos justo en el año que su ‘alma mater’ -que lo es también de este tecleador- llegará a su septuagésimo aniversario. Los conocimos simultáneamente. Además de colegas, uno de ellos fue un gran amigo y, el otro, un destacado compañero de generación.

Se trata de Joaquín Herrera Díaz, fallecido en febrero pasado, y de Salvador Flores Llamas quien partió el 31 de marzo. Reporteros ambos por los cuatro costados, el primero de ellos llegó a dirigir Últimas Noticias de Excélsior y, el segundo, cubrió por al menos dos sexenios la fuente presidencial para el diario Ovaciones.

Joaquín Herrera y este tecleador terminaron juntos la carrera en 1964 al lado de siete compañeros más (todos apadrinados por el editor Octavio Colmenares), entre ellos Elsa Rodríguez que fue quien nos avisó el domingo pasado del deceso de Salvador Flores Llamas. Con su hoy viuda a quien mucho estimamos, Anita González Paz y Puente, también compartimos las aulas de “la Septién”.

En los desayunos que llegamos a tener los dos matrimonios -pocos porque no nos acomodaba el horario-, y en su columna ‘Acento’, Flores Llamas comentaba que había sido alumno de quien desde antes era su amigo, el entonces director de La Prensa Manuel Buendía -un profesor muy exigente-, a quien dedicó el premio nacional de periodismo que recibió unos días después del asesinato del autor de la columna ‘Red privada’ en 1984.

Desde finales de 1958 Salvador fue director de la revista Juventud Católica, cargo que posteriormente desempeñamos y, así, tuvimos la oportunidad de escribir la crónica de su boda con Anita para la edición de julio de 1964. De ese texto rescatamos ahora el dato de que también fue candidato a presidir la asociación civil Periodistas y Escritores de México (Pemac), en la cual militamos, pero le ganó por escasos votos su adversario Carlos Vázquez Gargallo.

Alguna vez escribió en ‘Acento’ que, en 1988, había logrado en Cuba y sin pagar nada, una entrevista con el ya para entonces Nobel de literatura Gabriel García Márquez, quien cobraba 500 dólares por conceder entrevistas. “Se me ocurrió un ardid”, dijo, y se acercó a “platicar” con él porque eran amigos desde antes, y convirtió la charla en una entrevista periodística exclusiva.

En otra ocasión narró sobre las amenazas recibidas del director de Ovaciones cuando en ese periódico fue delegado del Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa (SNRP), después de que un compañero de la redacción lo retó a golpes y le disparó dos balazos, sin lograr herirlo.

En cuanto a Joaquín Herrera, ambos fuimos reporteros en la Agencia Mexicana de Servicios Informativos (AMSI) y después sólo tuvimos encuentros ocasionales, pero siempre gratos. Nos encontramos, por ejemplo, en el Club Primera Plana cuando él ya dirigía Últimas Noticias en tiempos de otra apreciada amiga, Patricia Guevara, como directora de la Cooperativa Excélsior.

Lo vimos por última vez en agosto de 2018 en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Entonces nos dedicó su interesante libro ampliamente documentado Excélsior, un siglo ante el poder y la historia (uno de los varios que escribió), donde narra cómo surgió ese diario y llegó a ser uno de los más influyentes de América latina. Dice, por ejemplo, que primero fue de propiedad privada y su propósito era hacer la versión mexicana de The New York Times, y en 1932, ya con problemas financieros, se convirtió en cooperativa a instancias y con el apoyo del “jefe máximo” Plutarco Elías Calles, a quien antes había atacado en sus páginas.

Cuando Joaquín ganó el premio nacional de periodismo, fue por un reportaje sobre los indigentes en la Ciudad de México que escribió luego de haber vivido entre ellos por un tiempo. “Creo que gano más como limosnero que como reportero”, le dijo alguna vez a su colega y amigo Antonio Rafael Ortigosa Aranda, y de esto nos enteramos por su hijo Antonio Ortigosa Vázquez, quien así lo comentó en un artículo para el sitio Expediente Ultra (http://expedienteultra.com/joaquin-herrera-y-su-arte-de-hacer-periodismo-y-entranables-amigos/).

También relata en ese texto, que más de 50 gatos “se asoleaban” en un Lincoln 1989 que era el “coche predilecto” de Joaquín. Un dato para quienes creen que Elena Garro o Carlos Monsiváis tenían demasiados gatos.

Otros dos -porque han sido muchos- colegas y amigos, se han adelantado. Nuestro pésame para sus deudos y en particular para Anita de Flores Llamas.

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