La fiscal Amanda Liskamm señala a Joaquín 'El Chapo' Guzmán. JANE ROSENBERG EFE

El Chapo, declarado culpable. Ese es el veredicto del jurado popular que durante casi tres meses ha examinado en Brooklyn los testimonios y la masa de evidencias presentadas contra Joaquín Guzmán Loera en el mayor juicio por narcotráfico celebrado en Estados Unidos.

La suerte de El Chapo, de 61 años, ha estado en manos de ocho mujeres y cuatro hombres, vecinos anónimos de los barrios de Brooklyn, Queens y Long Island.

En el momento de la extradición hace dos años, El Chapo fue imputado con 17 cargos penales. Se concentraron en 10 para agilizar el proceso. La Fiscalía tuvo que probar que distribuyó droga de manera concertada con al menos cinco personas y que actuó como gestor de la organización. También que sobornó, torturó y asesinó para proteger y hacer crecer el negocio.

Si sus tácticas no funcionaban, siempre tenía un plan para evadir la captura. “¿Quién viaja en vehículos blindados con guardias de seguridad? ¿Quién no tiene uno sino una serie de túneles para escapar? ¿Quién tiene una armada de gente peleando por él?”, dijo en las alegaciones finales la fiscal Andrea Goldbarg. “Era porque sabía que era culpable”, aseguró. Le describió como un criminal astuto y cruel.

Durante el juicio se cruzaron decenas de testimonios y cientos de evidencias para demostrar cómo El Chapo hizo piña con un grupo de criminales para compartir los beneficios y los riesgos del narcotráfico. Se identificó como colíder a Ismael El Mayo Zambada, aún prófugo. Se ayudaban para ser más fuertes compartiendo territorio, la infraestructura, la inversión en los cargamentos y los sicarios.

La Fiscalía presentó su causa durante 11 semanas. Llamó al estrado a 56 testigos, 14 de ellos cooperantes protegidos. Dibujaron con su recuento el cuarto de siglo durante el que Joaquín Guzmán lideró el cartel. La defensa lo hizo en media hora y con un solo testimonio. Concentraron la munición en el interrogatorio a los delatores. “Algunas veces”, dijo el abogado Eduardo Balarezo, “la mejor defensa es una buena ofensa”.

En lugar de planificar una extensa batería de testigos con la que torpedear al todopoderoso Departamento de Justicia, la estrategia de la defensa buscó presentar a los testigos como criminales mentirosos que con sus confesiones pretendían reducir las condenas y proteger a sus familias. También pusieron en evidencia inconsistencias en el recuento que hicieron de su vida personal y el negocio.

Doce de los 14 cooperantes tenían acuerdos de colaboración, como los capos colombianos Juan Carlos Ramírez, alias Chupeta, y los hermanos Cifuentes. “No les pedimos que tengan simpatía hacia ellos”, dijo la fiscal, “solo que determinen si sus testimonios tienen sentido con las pruebas aportadas”. Once trabajaron o fueron socios del cartel bajo el liderazgo de El Chapo e Ismael Zambada.

Ya con Jesús El Rey Zambada (hermano de El Mayo Zambada), el primer testigo estrella, quedó claro que Joaquín El Chapo Guzmán tenía poco que hacer. Los testimonios se apuntalaron a partir de la segunda mitad del juicio con cientos de llamadas interceptadas y mensajes del acusado con sus asociados. Fueron una ventana abierta a cómo gestionaba la empresa criminal. Con sus propias palabras se mostró a sí mismo como el patrón.

Una prueba crucial para demostrar que estuvo al mando fue que ordenara crear un sofisticado sistema de comunicaciones encriptadas con sus asociados para proteger el negocio. Y, por supuesto, el recurso a la violencia. “Como jefe”, dijo Goldbarg, “decidía quién vivía y quién moría”. Tampoco le importó, afirmó, “mancharse las manos de sangre” ejecutando a quien representara una amenaza.

Aunque se trataba de un juicio por narcotráfico, los cooperantes describieron cómo la corrupción empapó todos los niveles de gobierno en México. La defensa argumentó que se trata de una trama y denunció una conspiración entre las autoridades mexicanas y el Gobierno de EE UU para que El Mayo Zambada siga campando a sus anchas tras medio siglo liderando el cartel mientras les paga sobornos.

Aparte de los testimonios, no se presentaron evidencias que lo demostraran. Incluso si era cierto, como dijo Cogan al inicio del juicio, eso no eximía a El Chapo de los cargos que se le imputaban. La defensa trató también de hacer ver al jurado que El Mayo sacó tajada del mito que supuestamente se fabricó en torno a su socio, lo que le permitió dirigir en la sombra la empresa criminal y preservar su poder.

El testimonio de los cooperantes no entró en cuestiones políticas, pero puso en evidencia que la construcción del muro con México no sirve para frenar el tráfico de droga. La cocaína cruzaba la frontera escondida en compartimentos secretos en coches de particulares con permiso de trabajo, camiones dedicados al transporte de alimentos, trenes cisterna, yates y pesqueros.

Y el efectivo obtenido por las ventas de la droga en Nueva York o Chicago regresaba a México de la misma manera. El cartel también utilizó al principio sofisticados túneles que conectaban casas particulares a ambos lados de la frontera, incluido uno construido muy cerca de la oficina de la patrulla fronteriza en Arizona. Era la manera más rápida, cuando El Chapo empezó a emerger como el gran líder.

El Chapo usó así todos los métodos posibles para que la droga llegara en la mayor cantidad posible a los EE UU. El tráfico de estupefacientes le generó retornos multimillonarios.

Guzmán, como demostró la acusación, sabía que el dinero provenía de la droga y lo reinvirtió para mantener engrasado todo el operativo. Para ocultar la fuente, adquirió propiedades bajo nombres falsos y empresas tapadera. El Chapo, concluyó la Fiscalía, diseñó y ejecutó así un plan para dominar el mundo de la droga. Ahora, 12 ciudadanos de Brooklyn han decidido que debe pagar por sus crímenes.

EL PROTAGONISTA DE DOS FUGAS DE PELÍCULA
Guzmán Loera fue capturado por primera vez en Guatemala en 1993, aunque ocho años después logró escapar, ya en México, de una prisión de alta seguridad oculto en un cesto de lavandería. El 22 de febrero de 2014 fue arrestado de nuevo en México, con la colaboración de EE UU. En julio de 2015, el líder del cartel de Sinaloa volvió a escapar.

El capo protagonizó otra huida de película en el penal de máxima seguridad de El Altiplano, a poco más de una hora de la capital mexicana, al fugarse por un túnel de 1.500 metros que conectaba la ducha de su celda con un inmueble en obras. La magnitud de la obra y la impunidad que revelaba todo el increíble plan de fuga puso en duda la capacidad del Gobierno mexicano para hacer frente al narcotraficante. En enero de 2016 fue capturado de nuevo por la Marina mexicana en su tierra natal, Sinaloa.

En los meses siguientes, un juzgado en materia penal negó dos amparos promovidos por la defensa del líder del cartel de Sinaloa y sobreseyó tres recursos más que buscaban frenar la extradición de El Chapo a Estados Unidos. Esta se produjo finalmente en enero de 2017.

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