¿Pero es México un país seguro? Foto: Cuartoscuro.

La primera vez que se comunicó públicamente la propuesta de que México firmara un acuerdo de “tercer país seguro” con Estados Unidos para aminorarle a su vecino del norte el problema de la inmigración centroamericana, la opinión pública mexicana reaccionó con un “no” rotundo. Al día de hoy, las cosas parecieran haber cambiado. En tiempos de caravanas migrantes y elecciones intermedias en Estados Unidos, la participación de Mexico en un acuerdo de este tipo podría estar más cerca de lo que suponemos.

Fue la administración de Trump, apoyada por diversas opiniones en los principales medios de comunicación de nuestro hemisferio, quien propuso un acuerdo de tercer país seguro para contener los flujos de centroamericanos hacia los Estados Unidos en el cual México—como supuesto país seguro—procesaría las peticiones de asilo de aquellos que emigran desde Centroamérica huyendo de la violencia y la extrema pobreza. Bajo un acuerdo de este tipo, los migrantes que busquen refugio en alguno de los países firmantes del acuerdo deberán solicitarlo en el primero de estos al que tengan acceso. Bajo este esquema, sería México quien absorbería la mayor parte de los costos administrativos del nuevo sistema y estaría obligado a atender las necesidades urgentes de los solicitantes.

El acuerdo representaría un gran costo económico y social para México en muchos sentidos, al tiempo que favorecería enormemente a Estados Unidos quien evadiría, por así decirlo, la responsabilidad histórica que mantienen con Centroamérica, y se ahorrarían una gran cantidad de recursos al no recibir directamente a quienes desean buscar refugio en su país. A cambio de su esfuerzo, México recibiría algunos recursos para operar el sistema y quizás para promover el desarrollo en algunas partes del país para incorporar a las actividades productivas a los recién llegados. En lo general, queda muy claro quién se beneficiaría plenamente del acuerdo y quién sufriría las mayores consecuencias de lo que se ha denominado frecuentemente “una crisis migratoria”.

Un acuerdo como este afectaría enormemente a México, que crece a una tasa bastante reducida y experimenta hoy en día una enorme crisis de seguridad, al tiempo en que registra las tasas de homicidio más altas en las últimas décadas. Es preciso recordar el enorme rechazo a la propuesta por parte de los mexicanos en julio—justo después de las elecciones—cuando llegó al país la delegación de alto nivel estadounidense encabezada por el Secretario de Estado Mike Pompeo para reunirse con Andrés Manuel López Obrador, el próximo presidente de México. Ahí mismo se comunicó muy formalmente el deseo por parte de Estados Unidos de que México participara en un acuerdo de “tercer país seguro”. La respuesta por parte de la opinión pública mexicana no se hizo esperar: México no serviría de “patio trasero” ni absorbería las responsabilidades de Estados Unidos en el tema migratorio y de Centroamérica. Eso era lo que decían los expertos y algunos otros que opinaban sobre México.

La caravana migrante—que pareciera ser una de las más grandes en la historia del país—parece haber movido a una parte de la opinión pública mexicana en otra dirección. Cabe destacar que Trump ha utilizado las imágenes de la caravana como herramienta política de manera muy exitosa, precisamente a unos cuantos días de las elecciones intermedias. El mandatario estadounidense entiende bien que su agresivo discurso anti-inmigratorio divide a los pueblos y a las conciencias. En Estados Unidos, una parte importante de la opinión pública cierra filas con Trump y pide una reacción enérgica para detener a los que considera invasores violentos y peligrosos. Dicha reacción parece haber tenido, al mismo tiempo, un impacto importante sobre una parte de los mexicanos que opinan sobre el tema.

El resentimiento hacia Trump modifica las actitudes de varios actores en México con respecto al tema de los centroamericanos y surgen inmediatamente expresiones de apoyo para con aquellos que salen de sus países huyendo de la violencia y la pobreza extrema. Es interesante apreciar cómo de pronto México se convierte en hermano mayor y cómo, para algunos, ya es responsabilidad de este país atender las necesidades de nuestros hermanos centroamericanos. Según este discurso, no podemos parecernos a Trump y debemos ser solidarios. Esta nueva aproximación al problema embona perfectamente con la lógica del acuerdo de tercer país seguro. Lo anterior queda plasmado en expresiones como la siguiente: “No debemos caer en la criminalización y xenofobia de #Trump, es lo peor que nos puede pasar como región, como gobierno y como sociedad; el presidente de #EEUU quiere q #México actúe como tercer país seguro, lo está incitando por la vía automática.”

Así se expresa Eunice Rendón, experta en temas de migración y coordinadora de Agenda Migrante, quien ocupa un espacio importante en los medios de comunicación cuando de temas de migración se trata. En la misma línea se encuentra el pensamiento de Alejandro Solalinde, miembros de la pastoral de movilidad humana, defensores de derechos humanos y otros miembros de la sociedad civil que viven del discurso solidario. Este sentir apoyaría en gran medida los esfuerzos estadounidenses por presionar por la vía blanda a México para que acepte un papel como “tercer país” que daría cabida a los refugiados a quienes Trump ha cerrado las puertas de manera definitiva.

¿Pero es México un país seguro? Y considerando el estado de la economía mexicana, ¿puede el hermano mayor solidario dar empleo, seguridad y una mejor vida a sus hermanos centroamericanos? Considerando las estadísticas sobre crímenes violentos y homicidios en México, la nueva configuración del crimen organizado, así como el número de desaparecidos y extorsiones de los últimos años, en lo que menos puede pensar uno es en un país seguro. El ejército sigue en las calles y el tema de la inseguridad y el crimen organizado ocupan un espacio central al pensar en los principales problemas de México. La prosperidad económica tampoco ha caracterizado a nuestro país en los últimos años. Sólo basta recorrer el sur de México y sus comunidades indígenas, así como los cinturones de miseria en las grandes ciudades para darnos cuenta de las grandes contradicciones y carencias.

Para quienes no conocen bien la realidad de México, sobre todo en el tema de seguridad, México ciertamente puede proteger a muchos y tiene una responsabilidad moral con los refugiados y migrantes centroamericanos, ideas que eventualmente podría llevar al gobierno de nuestro país a justificar la participación de México en un acuerdo de “tercer país seguro”. Como sucedió recientemente con el “nuevo” acuerdo comercial con Estados Unidos y Canadá, los tomadores de decisiones en México parece que caerán nuevamente en las trampas que les tiende Trump a ellos y a nuestro país en general. Sin apelar a nuestro interés nacional, absorberemos un costo material y social enorme, al tiempo que absolveremos a Estados Unidos de su responsabilidad histórica con una región en la que intervino y a la que afectó masivamente.

Trump, extraordinario comunicador y negociador, maquiavélico y siempre victorioso—sobre todo cuando se trata de su relación con México—lleva a cabo, una vez más, una estrategia maestra que no solo le sirve para movilizar los votos de su base de apoyo en las elecciones intermedias. Utilizando las imágenes de una caravana migrante de dimensiones sin precedente y un discurso que genera miedo, el hábil mandatario estadounidense justifica la aplicación de medidas extremas o de tolerancia cero a la inmigración ilegal y de paso se consolida como el líder del proyecto de “América Primero” (America First) bajo el cual sólo él y su país ganan y México (junto con Centroamérica) pierde.

Nota sobre la caravana y la movilización social:

Según las teorías de movimientos sociales se requieren ciertos elementos para eliminar el problema de acción colectiva que limita la movilización social. No obstante las precarias condiciones o la explotación que experimentan algunos pueblos o grupos de personas, la movilización social no se genera de manera inmediata o espontánea. Para que se forme un verdadero movimiento social, deben existir al mismo tiempo ciertas condiciones que incluyen, entre otras, la existencia de recursos materiales, estructuras movilizadoras, capacidades de liderazgo, etcétera. Es por ello que dadas las condiciones actuales en los países del Triángulo norte—relativamente estables y sin incrementos espectaculares en las tasas de homicidio o deterioro económico masivo—sorprende se haya formado una caravana tan enorme, tan aparatosa, sin la participación algún actor externo con recursos importantes y una agenda específica. Los tiempos y la cobertura no podían haber sido mejores; parecen perfectos. Existen entonces algunas razones para pensar en teorías conspiratorias.

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