Reportajes
04/11/2017

Laika, la ‘perra del espacio’ que impulsó la carrera entre Rusia y EU

Se cumplen 60 años del lanzamiento del primer ser vivo al espacio exterior, un acontecimiento respondido por Kennedy con el envío del primer hombre a la Luna

A pesar de los 60 años transcurridos, su nombre –Laika- es todavía tanto o más popular que el de Gagarin o Armstrong. El primer ser vivo que se aventuró por el espacio exterior ocupa un lugar de honor en el imaginario colectivo.

El lanzamiento del primer Sputnik, en octubre de 1957 no fue anunciado como un acontecimiento excepcional. Apenas mereció una modesta columna arrinconada en la primera página de Pravda, bajo el inicuo titular “Informe de TASS”.

La reacción en Occidente fue muy distinta. Aparte de la sorpresa ante un éxito tecnológico que nadie esperaba estaban sus implicaciones militares: el Sputnik demostraba que la Unión Soviética disponía de un misil intercontinental capaz de alcanzar cualquier punto del globo. Occidente, no. Y en muchos círculos la sorpresa dejó paso a una sensación de temor casi histérico.

Esa reacción cogió por sorpresa al propio dirigente soviétivo Nikita Kruschev. Nunca antes había considerado el valor propagandístico de un lanzamiento espacial pero el Sputnik le abrió los ojos al instante y no tardó ni un día en reaccionar. La siguiente edición de Pravda le dedicaba la portada íntegra, describiéndolo como “una gran victoria en la competencia pacífica con el capitalismo”

A los pocos días del lanzamiento, Serguéi Korolev, el anónimo padre del Sputnik, fue recibido por un exultante Kruschev quien le hizo una petición sorprendente: “Sergei Pavlovich: Nunca creímos que pudieras lanzar un Sputnik antes que los americanos. Pero lo hiciste. Ahora, por favor, lanza algo nuevo al espacio para celebrar en próximo aniversario de nuestra revolución”. Sería en noviembre. Tenía un mes.

Hoy en día, nadie soñaría con proyectar, fabricar y lanzar un satélite en un plazo tan corto. Pero Korolev puso a trabajar a su equipo tan febrilmente que no había tiempo para diseños refinados ni controles de calidad. Los planos pasaban directamente del tecnígrafo al taller. Se utilizaría una copia del primer Sputnik para aprovechar sus baterías y equipos de radio. Sobre él, irían unos sencillos detectores de radiación y debajo, una cabina presurizada capaz de albergar un perro pequeño.

Casi todas esas piezas estaban ya disponibles. La Unión Soviética había realizado varios lanzamiento de cohetes zona con perros a bordo, así que ya poseía experiencia en el tema. En total, el conjunto pesaba algo más de media tonelada. Era una carga inconcebible para la tecnología americana, que todavía estaba limitada a unos pocos kilos. Pero que no planteaba ningún problema para el formidable cohete de Korolev, el R-7, pensado para llevar ojivas nucleares de cinco toneladas.

Para ir a bordo del segundo Sputnik se seleccionaron tres perros de raza indefinida, todos recogidos en las calles de Moscú: Albina, Laika y Mukha. Los científicos rusos preferían estos animales, asumiendo que si habían sobrevivido a las duras condiciones de la vida en la calle, sin duda serían ejemplares vigorosos. De los tres, Laika (“Ladradora”, en ruso) resultó el de temperamento más dócil, así que al final le correspondió a ella el dudoso honor de ser el primer ser vivo en realizar un vuelo orbital. Viaje sólo de ida, claro. La tecnología de la época no permitía ningún intento de recuperación.

Laika no recibió un entrenamiento especial. Al fin y al cabo, las reducidas dimensiones de su cabina tampoco le permitirían más que ponerse en pie o echarse. Se le implantaron unos electrodos para registrar su respiración y también un sensor de pulso y presión sanguínea en una carótida. El 31 de octubre se la acomodó en su alojamiento en el morro del cohete.

El pobre animal estaría tres días encajonado allí a la espera del lanzamiento. En la desolada estepa de Tyuratam, noviembre es un mes muy frío, y la única concesión a la comodidad de Laika fue un sistema de calefacción que la mantendría a temperatura agradable no solo a ella sino también a los equipos electrónicos de la nave.

Por fin, el 3 de noviembre, a tiempo para celebrar el aniversario de la revolución de octubre (cosas del calendario juliano) se lanzó el segundo Sputnik. La telemetría mostró un aumento del ritmo cardíaco del animal durante el despegue, pero al cabo de unos minutos, ya en órbita, se tranquilizó sin mostrar, de momento, signos alarmantes.

Por desgracia, no todo fue a pedir de boca. El satélite no estaba diseñado para separarse del cohete portador, el sistema de refrigeración no funcionó como estaba previsto y la cabina empezó a recalentarse casi desde la misma entrada en órbita. La cápsula de Laika llegó a registrar más 43ºC . Al cabo de unas horas, el animal sucumbía, probablemente a causa de un síncope por hipertermia. Su nave le sobreviviría seis meses justos, antes de desintegrarse en la atmósfera entre el Caribe y América del Sur.

El Sputnik 2 provocó aún más consternación en Occidente que su predecesor. Seis toneladas y media (el satélite más el cohete ya agotado) en órbita era algo de todo punto impensable. Y con un perro a bordo, además. Este era sólo un detalle pintoresco pero que contribuyó a cimentar el prestigio de la URSS en la naciente tecnología aeroespacial.

El éxito de los dos primeros Sputniks forzó a la administración del presidente Eisenhower a acelerar el lanzamiento de su propio satélite. Había sido una apuesta personal del presidente: diseñar un cohete “civil” para evitar dar la imagen belicosa asociada a un cohete militar. Los rusos no habían tenido tantos remilgos y gracias a eso habían ganado la carrera.

El Vanguard americano arrastraba serias dificultades de diseño. Todavía le faltaban varios vuelos de prueba y, para colmo, el diminuto satélite que debía poner en órbita más parecía un pomelo (en palabras de un sarcástico Kruschev) que un artefacto comparable a los rusos.

Pero había que intentarlo. En diciembre, deprisa y corriendo, a la vista de las cámaras de cine y televisión de medio mundo, se dio la orden de lanzamiento para el primer satélite Vanguard. El cohete –con un hermoso diseño, eso sí- se elevó justo un metro antes de desaparecer en una nube de llamas. Añadiendo insulto a la injuria, el cono de proa se abrió, el satélite cayó al cemento de la plataforma y empezó a transmitir su bip-bip. Al terminar 1957, la Unión Soviética no era sólo una potencia espacial. Era la única potencia espacial.

La leyenda de los supercohetes rusos se asentó durante muchos años. Y no era sólo una ilusión: los americanos tardarían mucho en disponer de lanzadores comparables. Al mismo tiempo, espoleado por un Kruschev cada vez más entusiasmado con el impacto propagandístico de esos vuelos, Korolev orquestó en poquísimo tiempo una serie de asombrosos hitos: El primer planeta artificial, el primer impacto y el primer descenso de una sonda en la Luna, el primer hombre en órbita, la primera mujer, la primera cápsula triplaza, el primer paseo espacial…

A mediados de 1961, exasperado ante el inesperado anuncio del vuelo de Yuri Gagarin, el presidente John F. Kennedy embarcó al país en el desafío de llevar un hombre a la Luna antes del fin del decenio. Esa decisión marcaría a la larga un cambio de tendencia absoluto en la carrera espacial.

La propuesta de Kennedy se ha estudiado mucho en las escuelas de negocios. Fue un modelo de liderazgo en el que se establecía qué hacer (ir a la Luna) y un plazo (nueve años) y –sobre todo- se dotaba a la agencia espacial de cuantos medios fueran necesarios para conseguirlo. En algunos momentos, la NASA recibió más del 4% del presupuesto federal.

No ocurrió lo mismo en la URSS. El Politburó no se decidió a poner en marcha su programa lunar hasta dos años más tarde, con una financiación insuficiente. Estallaron numerosas rencillas personales. Diferentes diseñadores compitieron entre sí para favorecer su propio proyecto y torpedear el del competidor. Korolev falleció en 1967, sin dejar un sucesor con su carisma. A partir de ese momento, la organización de un programa tan complejo, fue acumulando fallos y retrasos.

Hacia 1967, al terminar el programa Gemini, podría decirse que la tecnología espacial americana había sobrepasado a la soviética. Entre los factores clave estaban su experiencia en miniaturización electrónica, la puesta a punto del nuevo lanzador Saturn 5, la exitosa colaboración entre industria, universidades y agencias estatales y –muchas veces ignorado- el desarrollo de una serie de técnicas de ingeniería de sistemas para gestionar proyectos de enorme complejidad.

Tras el desembarco en la Luna del Apolo 11, en 1969, la URSS mantuvo su propio proyecto lunar activo hasta que en 1972 decidió abandonarlo. En su lugar, se concentró en la creación de laboratorios orbitales, un campo en el que cosecharía notables éxitos.

 

Fuente: 
El País

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