Reportajes
25/11/2017

Amargas noticias sobre el azúcar

Los alimentos y refrescos azucarados están siguiendo el itinerario de las tabacaleras. Quien hace trampas se cae del tablero

A principios de los años sesenta, mientras los Beatles barrían el planeta Tierra, empezaron a acumularse las evidencias de que el consumo de azúcar se relacionaba con el trastorno metabólico y la enfermedad cardiaca. La Fundación para la Investigación del Azúcar, creada y financiada por la industria azucarera y sus refrescantes derivadas, pagó en 1965 para que el New England Journal of Medicine, una de las revistas médicas más influyentes, publicara un artículo técnico que descartaba esos resultados. En 1970, la misma fundación pseudocientífica costeó unos experimentos en animales con la intención de demostrar la salubridad de su producto. Cuando los resultados fueron los contrarios de los esperados, sin embargo, la fundación abortó el proyecto y prohibió a los científicos que publicaran esos resultados. Y esas prácticas dañinas perduran hasta hoy mismo.

La comparación con el tabaco salta a la vista. Uno de los grandes argumentos que permitieron a los abogados contratados por la Casa Blanca empapelar a las tabacaleras –un golpe del que todavía no se han repuesto— fue justo la evidencia de que esas empresas habían conocido durante décadas los daños del tabaco, y los habían ocultado, cuando no pervertido, con el desprecio más obsceno hacia la salud pública, y con un foco exclusivo en sus intereses económicos que las descalificó como agentes sociales solventes. Los refrescos azucarados, los bollos y las chuches pronto seguirán el mismo camino, si es que la historia nos enseña algo.

La analogía del azúcar con el tabaco tiene otro ángulo interesante. Es improbable que exista ahora mismo un solo terrícola que ignore que fumar daña la salud. Y sin embargo seguimos fumando. Los seres humanos no nos regimos, en general, por argumentos racionales. La verdad ayuda a contener nuestras tendencias insanas, pero no basta para exterminarlas. Dale a un ratón una palanca que le administre cocaína, otra que le procure comida, y le verás atónito morir de hambre para agarrarse un buen colocón. Ni en eso nos distinguimos de las bestias.

Parte de la industria farmacéutica ha incurrido en prácticas parecidas a las de tabacaleras y azucareras, ocultando los resultados adversos a sus fármacos, financiando ensayos clínicos sesgados e incurriendo en otras malas prácticas que no provienen de sus laboratorios científicos, sino de sus tiburones ejecutivos. Si una empresa no es capaz de discernir su ética de su cuenta de resultados, no merece la confianza del público. Los abogados de las azucareras han hecho un flaco favor a sus empleadores, y un daño objetivo a la sociedad que los acoge tragando bollos y bebiendo veneno.

¿Conclusión? Ciencia pública. Por todo lo que estamos viendo, solo ella podrá promover la ciencia de calidad que necesitamos. Las empresas alimentarias están perdiendo la confianza de la opinión pública.

 

Fuente: 
El País

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