Mujeres
16/02/2017

Feliz no San Valentín

La cultura occidental está llena de víctimas de la creación de un mito que es reproducido sin descanso y que perpetúa la desigualdad entre hombres y mujeres

Madrid.- Cuánto daño hicieron (y hacen) Pretty Woman, Oficial y Caballero, Notting Hill, Romeo y Julieta, Love Actually, Crepúsculo; las tragedias del Romanticismo y las actuales, que son las mismas con distintos protagonistas; Julio Iglesias, The Bodyguard, Alejandro Sanz, Barry White, Los Chichos, Whitney Houston y el reggaeton; los cupones 2x1, las flores y los bombones, el rosa y el azul, la mayoría del imaginario Disney y Federico Moccia.

El siglo XX, lleno de pasos hacia delante, ha sido incapaz de frenar el patrón sobre el amor que promete felicidad eterna, mariposas eternas, fidelidad eterna... y sacrificios eternos que, por qué no, pueden olvidarse al menos un día al año, en San Valentín, una festividad que la Iglesia Católica retiró en 1969, que España masificó de la mano de Galerías Preciados y que nace de los lupercales, unas rituales llenos de violencia (y libertad) sexual en la Antigua Roma que el clero decidió vetar cuando vio que aquello se le iba de las manos.

Desde entonces la idea del amor ha ido evolucionando para anular mejor y más sutilmente a las mujeres: ha ido cambiando el color de las cadenas. Ahora tiene los tonos de un atardecer, —o de un amanecer, o de una noche en blanco paseando por alguna ciudad, o de un festival de música, o de una cafetería con sofás, o de ese coral asalmonado del Tinder, según los gustos—, le ha crecido la barba, se despeina con cuidado y tiene como banda sonora una lista de Spotify.

El fondo sigue siendo el mismo. El flechazo inevitable, química; la certeza de la media naranja y la absoluta imposibilidad de separarse, un constructo social; el sacrificio y la entrega continua y total, el valor insuperable de la relación, la postergación del propio deseo, la anulación de la autonomía, la exaltación de la dependencia, mutar en el otro, respirar por el otro, no dormir por el otro... distorsiones tóxicas que ha bordado la cultura occidental, basada y sustentada por una sociedad patriarcal que decidió hace décadas poner como ideal un modelo de relación emocional imposible.

Con ese ejemplo nos bombardean desde un momento tan temprano que, cuando queremos escapar de él, nos damos cuenta de que ya hay patrones que hemos seguido, ideas que hemos dado por buenas, respuestas que no dimos y situaciones que no evitamos. Hace un par de meses me senté con mi hermana a leer, extendimos sobre la mesa La bella durmiente, Sherezade, un libro con el alfabeto en inglés y La aventura de la vida, y le pedí que eligiera uno. Eligió La aventura de la vida y a la media hora, cuando se cansó —ella tiene cuatro años y el libro es a partir de ocho— cogió el siguiente, La bella durmiente. Le pregunté si no prefería otro, porque a mí ese no me gustaba demasiado y ella, contrariada, me contestó: "¿Por qué no? Es muy bonito porque al final se casan, son felices y comen perdices. Viene un príncipe y le da un beso a una niña muy guapa con el pelo largo que se despierta cuando le da el beso y entonces se ríe y es feliz".

Intenté averiguar de dónde había sacado esa idea absurda, porque para el resto de ámbitos de su vida tiene una concepción igualitaria, incluso rebelde y combativa: no cree que no pueda jugar al balón por ser niña, reivindica su derecho a decidir si quiere llevar leotardos, y sabe perfectamente que cocinar, recoger o limpiar no son tareas caídas del cielo para la mujer. No conseguí saberlo, por más veces que le pregunté quién le había dicho que las cosas son bonitas cuando te casas, que las niñas tienen que tener el pelo largo y que solo se ríen y son felices cuando un príncipe les da un beso, lo más que conseguí fue un "porque es así". Después le puse Brave. Y después quiso ver Frozen. Pensé que no estaba todo perdido.

Fuente: 
EL PAIS

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