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11/09/2017

El futbolito en tiempos de Guerra

El gallego Alejandro Finisterre se presentaba como el inventor del futbolín, una especie de balompié de mesa en los años de la Guerra Civil de España, de Franco y del Divino Zamora, aquel portero del Madrid FC que se despidió con la Copa Presidente de la República en 1936. Por Ricardo, muchos muñecos usaban la legendaria gorra

CIUDAD DE MÉXICO.- “Inventor del futbolín”, así se presentaba el gallego Alejandro Campos Ramírez (1919-2007), escritor y poeta conocido como Alejandro Finisterre, quien por cosas del destino sería famoso por ser el hombre que patentó aquel juego en el que se enfrentaban once vs. once dentro de una caja de madera.

La historia del futbolito (futbolín, futillo, metegol, matraquinho, foosball, pebolim o babyfoot) comienza en 1936, cuando una bomba nazi sepulta al adolescente de 16 años y es llevado, con lesiones en las piernas, a Valencia y de ahí a un hospital en Barcelona. La mayoría de los afectados eran mutilados de guerra, niños a los que los adultos les habían arrebatado la infancia en un tris.

Alejandro era de los mayores y escuchaba que los pequeños contaban historias de futbol, de aquellos días que corrían tras la pelota en la provincia de España. Querían futbol, pero muchos carecían de extremidades inferiores. Fue entonces que el todavía llamado Alejandro Campos ideó poner once jugadores contra otros once en un juego de mesa. Como el ping-pong.

“¿Jugadores dentro de una caja de madera?”, le preguntó su amigo y carpintero Francisco Javier Altuna, a quien le fue encomendado hacer el primer futbolín en tiempos en los que el Divino Ricardo Zamora –con suéter y cachucha-  defendía los tres palos del Madrid FC, aquel equipo que el franquismo tomó como símbolo.

Imagine el lector un muñeco de madera, con cachucha y atravesado por los costados por un tubo. Justo en un hueco que hace el papel de la portería madridista. A los niños les gustaba jugar a ser el Divino Zamora, quien ese año se despedía del Madrid FC. El equipo de los franquistas. Los otros muñecos pintados de blanco: Ciriaco, Quincoces, P. Regueiro, Bonet, Sauto, Eugenio, L. Regueiro, Sañudo, Lecue y Emilín.

Del otro lado, muñecos pintados de azul y grana. Barcelona, el equipo catalán, el de los rebeldes que pondrían tierra de por medio en los tiempos del general Franco. La oncena en miniatura y suspendida también por tubos con manijas a las orillas. Ahí estaban Zabalo, Iborra, Areso, Argemí, Franco, Balmanya, Ventolrá, Raich, Escolá, Fernández y Munlloch.

Eran los jugadores de moda, aquellos que disputaron la gran final de la Copa Presidente de la República (ahora Copa del Rey), casi un mes antes de que se diera el golpe de estado que desató la Guerra Civil. Aquel partido se desarrolló el 21 de julio de 1936 en el Estadio Mestalla, en Valencia. Zamora colgaría las botas con un triunfo merengue de 2-1 y el portero hecho leyenda sería levantado en hombros.

A eso jugaban los niños mutilados por la guerra, a ser aquellos ídolos aunque fuera por conducto de muñecos de madera, hechos de una sola pieza y dentro de una improvisada caja de madera. El balón, se dice que era de plomo, como balas de cañón.

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Aquellos jugadores que sirvieron de modelo para el primer futbolín cambiarían sus rumbos tras la Guerra Civil. Algunos madridistas como Sañudo y Ciriaco regresaron a sus ciudades natales, Torrelavega y Eibar. Los hermanos Pedro y Luis Regueiro eran republicanos y participaron en actos de propaganda  a favor de la República y el gobierno vasco. Pasaron un tiempo jugando partidos a beneficio de los huérfanos y hospitales. Al ser vascos, junto con Emilín, fueron llamados por el gobierno de Euskadi para realizar una gira por Europa.

El equipo viajó al nuevo continente y terminó jugando en México como Deportivo Euskadi y fueron campeones en la temporada 1938-39. Los Regueiro fundaron el Asturias y aquí se quedarían a vivir. Los secundó Emilio Alonso.

Pocos saben que Zamora era portero y periodista. Trabajó para un diario católico en Madrid, causa por la que fue perseguido. Fue enviado a la cárcel Modelo y se dice que estuvo a punto de ser fusilado (algo irónico, tratándose de un portero). Resulta que un soldado lo reconoció como aquel ídolo del Madrid y lo ayudó a escapar. El Divino Zamora huyó, con su familia, a Francia. Luego a Niza.

Y para aquellos que dicen que Hugo fue el primer mexicano en el Real Madrid, decirles que José Ramón Sauto, aquel compañero de Zamora, era paisano nuestro. Sauto, quien aparecía en el futbolito, buscó refugio en la embajada mexicana en Madrid. Viajó, junto a cientos de mexicanos, a Francia.

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Volvamos con Alejandro Campos, quien por aquellos años no consiguió que su futbolín fuese fabricado a nivel industrial, ya que durante la Guerra Civil las fábricas de juguetes se dedicaron a construir armamento.

Poeta y escritor rebelde, cambió su nombre por el de Alejandro Finisterre. También huyó a Francia, con la maldición de perder los papeles de la patente en el camino, algo que fue aprovechado por otros para hacer popular el futbolito. Sin embargo, Finisterre recibió dinero por parte de una fábrica de futbolines y viajó hacia América, donde su juguete cobró popularidad.

Llegó a Guatemala y el futbolito se multiplicó hasta llegar a México. En nuestro país, algunos viejos futbolitos aún tienen a sus porteros con gorra, como el legendario Ricardo Zamora. Cabe mencionar que en nuestro país fundo la Editorial Finisterre.

Alejandro Finisterre regresó a España tras la muerte de Franco y se sorprendió de la enorme popularidad que habían adquirido aquellos futbolistas de madera metidos en una caja y movidos por manos de todas las edades.

En 2003, el escritor Manuel Ruiz Torres imprimió una charla en la que Alejandro Finisterre decía lo siguiente: “Conseguí la inmortalidad a los 17 años. Este pequeño juguete, que igual entra en los cuarteles que en las cárceles y en todos los barrios del mundo, es mi pequeña contribución a la humanidad, la huella de que Alejandro Finisterre estuvo aquí, de que estuve vivo”.

Finisterre murió en 2007. Algunos dicen que el futbolito se inventó en 1890 y que un alemán llamado Brotto y un suizo conocido como Mr. Kicker se disputan la paternidad del juguete. Lo cierto es que Alejandro Finisterre siempre se presentó ante propios y extraños como “el inventor del futbolín”.

Fuente: 
EXCELSIOR

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