Cultura
14/11/2017

'Aquí hallamos la vida soñada'

Alan Glass está leyendo dos libros; uno, poesía de Henri Michaux, y dos, Le Grand Jeu (El gran juego), de Roger Gilbert-Lecomte, fundador del grupo surrealista homónimo, Le Grand Jeu.

Por la mañana repasaba los textos, buscando un verso que lo define y que habla de la invisibilidad.

El artista de origen quebequense, pero mexicano por naturalización, dejará su cueva en la Roma para enfrentarse a un escenario donde mañana será condecorado con la Medalla Bellas Artes, abandonando, por un rato, la invisibilidad.

Glass, enemigo de los reflectores, ha dicho que nació surrealista, aunque la vida lo situó en Montreal, donde llegó al mundo en 1932, pero elegiría como casa los bastiones del movimiento surrealista, primero París y luego la Ciudad de México.

Llegó becado a la capital francesa tras estudiar en la Academia de Bellas Artes de Montreal.

París era la capital que todo artista anhelaba, recuerda.

"En Canadá empezaba el arte moderno. Estaban (Alfred) Pellan y el que llevó el automatismo, Paul Émile Borduas, un movimiento paralelo al surrealismo, al menos en pintura. Gracias al lado francés de Canadá, tuvimos acceso al surrealismo; todo era publicado en francés, y eso le dio ventaja a los francocanadienses de conectar con la vanguardia en el mundo de las artes", recuerda en entrevista.

Llegar a Europa le fascinó.

"Francia no estaba globalizado. Vivían como en el siglo 19", cuenta Glass.

Aprendió español en el edificio donde vivía, en Montmartre. Su casera era una señora española que pronto lo cautivó. No había agua corriente ni calefacción, recuerda, pero no importaba.

"Era vivir en la poesía", define Glass.

Pronto conoció a Alejandro Jodorowsky, con quien hizo todo tipo de trabajos para sobrevivir, desde pintar paredes hasta envolver supositorios para una farmacéutica. También trabajó en un club de jazz a donde acudían famosos de todo el mundo.

Dentro de esa andanza conocería a André Bretón y Benjamin Peret, quienes le organizaron su primera y única exposición en París, en 1958, en la Galería Le Terrain Vague.

Un día, tras una década en Europa, Glass descubrió una calaverita de azúcar en la casa de la hija de Bretón, Aube Elléouët.

Enterado que venía de México, se embarcó al País, desde Barcelona, en 1963, pasando antes por Brasil y Venezuela.

"Fue extraordinario. Llegando a Veracruz, había gente vendiendo loros, marimbas. Era extraordinario, extraordinario", señala el artista.

Jodorowsky lo adentró en el País y le dio cobijo en su casa, para después mudarse a la calle Sonora, en un edificio que pertenecía a David Alfaro Siqueiros, quien personalmente pasaba a cobrar la renta, recuerda.

A Leonora Carrington la conoció de inmediato, forjando una amistad que se prolongaría hasta la muerte de la pintora, en 2011.

En México produciría Glass el grueso de su obra, caracterizada por sus gabinetes surrealistas, cajas cargadas de curiosidades y sueños, collages tridimensionales conformados por objetos comprados en tianguis y mercados de pulgas.

México era entonces el país surrealista por excelencia.

"Aquí encontramos la vida soñada en la cual creíamos. México estaba al margen del mundo. Tiene una fuerte personalidad", sostiene Glass.

El artista tuvo su última gran retrospectiva en 2008, en el Museo de Arte Moderno, pero no ha parado de crear: "Estoy trabajando mucho, grabados y cajas. Tengo acumulada mucha obra. Quisiera hacer una última exposición importante. Quisiera en un lugar bien. A lo mejor esta medalla me abre puertas. Sería maravilloso si pudiera ser Bellas Artes", desliza, mientras en su comedor descansa una calaverita de azúcar decorada con un penacho colorido, que le recuerda a los matachines.

"(La calavera de azúcar) sigue teniendo el mismo impacto sobre mí, después de 50 años".

Fuente: 
REFORMA

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