Una cigarra adulta recién emergida toma el sol en una hoja el 16 de mayo de 2004 en Reston, Virginia.RICHARD ELLIS / GETTY IMAGES

“El suelo lo es todo y un solo gramo es un universo en sí mismo”, afirma Josep Peñuelas, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el CREAF (Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales). Sin embargo, esos gramos esenciales pierden su equilibrio natural. Un estudio reciente publicado en Science Advances concluye que una elevada concentración de ozono troposférico, producto de la quema de combustible, entre otros, dificulta la comunicación química de los seres vivos y empobrece las comunidades de microorganismos del suelo. Con ello, se perjudica el reciclaje de nutrientes, la retroalimentación entre el suelo y las plantas y los ciclos globales del carbono o del nitrógeno.

El trabajo sugiere que, de aquí a 2100, las zonas con una gran riqueza endémica como las islas del Atlántico en el hemisferio norte, la cuenca del Mediterráneo, África ecuatorial, Etiopía, la costa de la India, la región del Himalaya, el sur de Asia y Japón serán las más perjudicadas. “Tenemos un fenómeno ambiental importante a considerar”, advierte Peñuelas, uno de los autores del estudio. Lo primero que le ha sorprendido son las cifras altas que aumentan con el tiempo, pues se pensaba que ya habían tocado techo. Lo segundo fue cómo estas cantidades afectaban la vida en el suelo, que, a su vez, altera el ciclo de los nutrientes. “Era algo que hasta ahora pasaba desapercibido. Estamos olvidando una parte muy importante: el cambio que supone en el microbioma”, subraya el experto. La presencia del ozono interfiere en su buen funcionamiento y en su papel en el ecosistema. Los microorganismos que hay bajo tierra pierden su lenguaje, las hojas de las plantas que dependen de ellos disminuyen así como su calidad y, siguiendo el efecto dominó, la población de insectos está amenazada.

Hay que descarbonizar nuestra economía. Si evitamos los óxidos de nitrógeno que van ligados al uso de los motores de combustión, tendríamos en gran parte la solución
Los investigadores han probado distintas concentraciones de ozono en cada uno de estos ámbitos conectados entre sí: insectos, plantas y suelo. Cada planta reaccionó de manera distinta a los niveles del gas contaminante, lo que implica que algunas especies desaparecerán, mientras que otras dominarán. En cualquier caso, se perderá biodiversidad. Los resultados anuncian también que cuanto más ozono hay, más elevadas son las alteraciones de los compuestos volátiles que utilizan los polinizadores. Por lo tanto, las llegadas de estos insectos a las flores disminuyen. “Hay una clara alteración de la capacidad sensorial de los insectos”, precisa Peñuelas. Aunque 2100 parece muy lejano, el experto alerta que los impactos ya se empiezan a sentir y que el planeta alcanzará valores de ozono muy altos en las próximas décadas. De hecho, los límites ya se sobrepasan: “A veces se superan las concentraciones tolerables para el ser humano, sobre todo en verano”, subraya.

Para Felipe Bastida, investigador en el Centro de Edafología y Biología Aplicada del Segura del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CEBAS-CSIC), lo bueno que tiene el estudio “es que integra todo el conocimiento que podría estar disperso”. El trabajo permite saber cuáles son las tendencias globales y cómo van a responder en un futuro los ecosistemas terrestres del ozono y predecir sus respuestas. Eso sí, siguen muchas cosas por resolver, entre ellas, lo que ocurre en el suelo. “No hay un consenso sobre cómo influye el ozono en el nivel de biodiversidad del suelo. Ella es la responsable de que sea fértil y de que el ser humano pueda comer. El suelo es muy complejo y se tiene que estudiar a niveles distintos. Hace falta trabajar más en el tema para poder concluir algo más claro”, subraya Bastida.

A veces se superan las concentraciones tolerables para el ser humano, sobre todo en verano
JOSEP PEÑUELAS, DEL CSIC EN EL CREAF Y AUTOR DEL ESTUDIO
Del ozono también se pueden sacar beneficios, por ejemplo para la agricultura. Bastida explica que este gas oxidante es capaz de degradar pesticidas y contaminantes en el suelo. “Puede sanear un suelo, pero el contrapunto es que no se sabe suficiente sobre el impacto que tiene en la biodiversidad del suelo. Estoy trabajando en ello”, explica el experto que forma parte de un proyecto centrado en eso, financiado por la Comisión Europea y coordinado por el Instituto Murciano de Investigación y Desarrollo Agrario y Alimentario (IMIDA).

El Mediterráneo, un caso aparte
Los umbrales de toxicidad del ozono varían en función del lugar. El Sur de Europa es otro foco a tener en cuenta y que necesita un tratamiento particular. La cuenca del Mediterráneo funciona como una olla que pone a ebullición el óxido de nitrógeno que proviene de la actividad humana. Estos precursores fomentan la acumulación de núcleos contaminantes de ozono troposférico que alteran todo el ecosistema, desde el suelo hasta el cielo. La llegada del aire frío en las alturas ahuyenta estas concentraciones que se desplazan desde África ecuatorial hasta la India. Y el ciclo vuelve a empezar, una y otra vez. Es lo que explica Millán M. Millán que fue director del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM) y asesor en la Comisión Europea desde los años 70 hasta su jubilación. “Se hablaba de una anomalía Mediterránea y el problema sigue ahí”, asegura. “No tenemos la tradición de investigar nuestros propios problemas, pero necesitamos un tratamiento específico”, añade.

Cuenta María José Sanz Sánchez, directora científica del Centro Vasco para el Cambio Climático (BC3) que siempre fue muy difícil demostrar ver que había un transporte del ozono a larga distancia pese a que haya evidencias del transporte de partículas desde 1960. “Me alegro de que este tema de la circulación empiece a tomar fuerza”, precisa. La investigadora está preocupada por el conjunto de impactos, más que por una sola cosa concreta. “Tenemos muy poco conocimiento de las comunidades microbianas en el suelo y en otros contextos. Cualquier cosa que averigüemos sobre los factores que pueden afectar su comportamiento, es importante”, afirma en relación con el estudio.

Solución
Para mitigar los efectos del ozono hay una posibilidad: un mejor uso de las fuentes de energía. “Hay que descarbonizar nuestra economía. Si evitamos los óxidos de nitrógeno que van ligados al uso de los motores de combustión, tendríamos en gran parte la solución”, propone Peñuelas. En definitiva, hay que disminuir la presencia de los precursores del ozono de origen industrial como el óxido de nitrógeno. Bajo el punto de vista de la directora de BC3, los ciudadanos tienen que entender un mensaje general: “El modelo energético y de transporte que permite estas concentraciones de contaminantes que se elevan en la atmósfera tienen un impacto en todos los ecosistemas, incluidos nuestra salud”.

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