Quiero comenzar manifestando mi extrañeza por la poca difusión que ha tenido en los medios de comunicación más importantes del país, el gravísimo problema de la falta absoluta de equipo especial para la protección individual de doctoras y doctores, enfermeras y enfermeros, personal de aseo y desinfección, personal administrativo y manual, camilleros, laboratoristas y choferes de ambulancias y de otros vehículos de transporte de enfermos, en todo el sistema de salud pública del país (afortunadamente, esto ha comenzado a cambiar en los últimos dos o tres días).
Esa falta de información me hace temer que yo tenga una visión exagerada sobre la verdadera magnitud y gravedad de lo que, de otra manera, resultaría impensable, increíble en las actuales circunstancias. En efecto, a primera vista resulta sencillamente absurdo que todo el personal ubicado en la primera línea de combate contra el Covid-19, que todo el personal que lo enfrenta directamente y en primerísima instancia, tratando de salvar la vida de los ya infectados y de disminuir la velocidad del contagio de los demás, no tenga él mismo ni siquiera lo más elemental para proteger su propia vida, su propia salud y capacidad de trabajo para su delicadísima tarea. Resulta inaudito que ninguna autoridad responsable, ni la Secretaría de Salud, ni los miembros del Congreso de la Unión, ni los gobernadores de los estados (con honrosas y muy minoritarias excepciones), ni el subsecretario López-Gatell digan nada sobre el despropósito que señalo.
Todo esto junto, repito, me hace dudar de la exactitud de mi información. Sin embargo, de una cosa sí estoy bien seguro. El problema existe en alguna medida importante, es real y crítico en más de un caso, aunque falten cifras precisas sobre la escala del mismo. ¿De dónde saco yo esta seguridad? Muy sencillo: la gente nos conoce bien a todos los antorchistas del país; y aunque mucha de ella se ha quedado con la imagen torva y feroz que la guerra mediática en nuestra contra le ha vendido, cada día son más las personas de buena fe y dispuestas a emplear su cabeza para reflexionar por su cuenta, que se han desengañado de las tonterías y estupideces que les cuentan, que han comenzado a vernos con otros ojos, a dejar de lado sus temores y prejuicios y a buscar nuestro apoyo solidario cuando se encuentran en una encrucijada difícil.
Y esa es ahora, precisamente, la situación del personal de muchos hospitales del sistema de salud pública. En Puebla, en el Estado de México, en Baja California, en Michoacán, en San Luis Potosí, hay gente angustiada que nos llama, que nos busca y pide auxilio porque siente en peligro su vida y porque sufre, así nos lo dice, un profundo sentimiento de impotencia frente a las personas que acuden esperanzadas a su centro de trabajo en busca de ayuda contra el terrible ataque del Covid-19. Puedo dar nombre y ubicación de los hospitales, pero no puedo proporcionar la identidad de las personas que nos han hablado a nombre de sus compañeros. Todas ellas sin excepción nos han pedido mantener en reserva absoluta su nombre y cargo, no por temor, sino porque tienen la absoluta seguridad de que habrá represalias en su contra en caso de ser identificadas. Así se los han advertido claramente en sus centros de trabajo.
Y ¿qué dicen o qué denuncian estas personas? Que en el hospital donde trabajan no las han dotado absolutamente de nada de lo que hace falta para manipular con seguridad a los pacientes con Covid-19. Ni trajes aislantes, ni cubrebocas con filtros capaces de impedir el paso del virus, ni guantes impermeables, ni lentes protectores para los ojos, que son particularmente sensibles a la infección. Nos ordenan –dicen– simple y llanamente, recibir y atender a los infectados, sin que al parecer les preocupe un bledo nuestra propia salud y nuestra propia vida. ¿Eres médico o médica; eres enfermera o enfermero profesional? Pues entonces tienes que estar dispuesto, mentalizado, para correr todos los riesgos inherentes a la profesión que elegiste; tienes que dar la batalla al coronavirus a pecho o a cara descubiertos, como buen y sufrido soldado de la guerra contra el coronavirus. No hay de otra. Así parecen pensar nuestros jefes. Y lo curioso e indignante, nos aseguran, es que ellos no se aplican la misma receta: se aíslan, se protegen con todo lo necesario y nunca se acercan, ni por descuido, a un infectado.
En relación con la atención de los enfermos, la situación es idéntica. Nadie nos ha explicado con exactitud los protocolos actualmente en uso para manipular correctamente a los enfermos de Covid-19; no hemos recibido ninguna capacitación práctica ni se nos ha instruido sobre los fármacos que se están empleando en el mundo para bajar la carga viral del enfermo (fármacos que, por supuesto, tampoco existen); no hay salas realmente adecuadas para el correcto aislamiento del enfermo, y ya ni hablar de filtros respiratorios, y de ventiladores para la respiración asistida o de camas y espacios suficientes para la terapia intensiva. De aquí nace nuestra angustia profesional, la desesperación de sabernos impotentes para prestar ayuda eficaz a quienes la necesitan. Nos sentimos como falsos vendedores de esperanzas, como verdaderos impostores que prometen lo que de antemano saben que no pueden cumplir.
Y una última complicación, por si hiciera falta. Nos prohíben hablar de todo este desastre, pero en particular, del número de pacientes con coronavirus que tenemos en el hospital. Nos prohíben dar información veraz a sus familiares y se nos instruye para que hablemos de “neumonía atípica”. Esta misma ficción se asienta en el acta de defunción de las personas que desgraciadamente fallecen. Cuando los familiares llegan a enterarse de la verdad, o al menos a tener fuertes sospechas de que los estamos engañando, montan en justificada cólera que descargan sobre nosotros, los menos responsables del fraude. Y peor sucede cuando los familiares reclaman el cadáver de su ser querido, que no murió de Covid-19 sino de “neumonía atípica” según la versión del hospital. Llegados a este punto, les tenemos que revelar la dura realidad para disuadirlos de reclamar el cuerpo y evitar que se propague el contagio. Por eso está creciendo la amenaza de ataques violentos a los hospitales. Y todo esto se hace, nos comentan los quejosos, con el único fin de sostener la mentira oficial del bajo número de contagios y defunciones por Covid-19, para probar que México ha hecho las cosas mejor que los países más ricos del mundo.
Hasta aquí lo que conozco por boca de quienes piden nuestra ayuda. A pregunta mía de por qué acuden a nosotros, la respuesta es casi idéntica en todos los casos: porque ya recurrimos a nuestros superiores, inmediatos y remotos, al gobernador del estado, al subsecretario López-Gatell, a nuestro sindicato, e incluso a los medios y a la opinión pública, pero nadie nos hace caso. Nuestra situación es desesperada. Por mi parte, me veo forzado a explicarles que nuestras posibilidades reales de hacer algo efectivo por ellos también son extremadamente escasas. Y hoy más que nunca ante la imposibilidad de llevar a cabo protestas y denuncias masivas en la calle por las restricciones impuestas frente a la contingencia. Les he prometido, y con este artículo comienzo a cumplir mi promesa, de que pondríamos al servicio de su causa toda la capacidad de propaganda mediática del Movimiento Antorchista Nacional, que tampoco es nada espectacular.
Pero así es la vida y así es la lucha. Cuando se unen multitud de pequeños e insignificantes arroyuelos en uno solo, dan origen a los ríos más caudalosos y potentes del planeta; cuando muchas debilidades logran unirse entre sí y fundirse en una sola, se transforman en una fuerza temible y muchas veces imparable. Ojalá que todos los trabajadores del sector salud se den cuenta y acepten esta sencilla verdad. A partir de ella podrán saltar por encima de todos los frenos burocráticos y sindicales, por encima de todas las amenazas de despidos y represalias en su contra; podrán formar un solo movimiento de protesta, un solo torrente de lucha que obligue a los amos del presupuesto nacional a dedicar el dinero que haga falta para dotarlos del equipo indispensable a su protección individual, y de todos los elementos para prestar a sus pacientes el mejor auxilio al alcance de la medicina moderna.
Por parte de los antorchistas del país, debo aclarar que estamos dispuestos a prestarles todo el apoyo que podamos por el tiempo que sea necesario. Y aunque sobren los mentecatos que salgan con que queremos lucrar con la crisis, que queremos llevar agua a nuestro molino, a punto de derrumbarse según ellos, mantendremos firme nuestra promesa. Y es que, al hacerlo, cumplimos no solo con el deber moral de prestar ayuda a quienes nos ayudan, a quienes se juegan la vida por salvar la nuestra, sino también porque estamos muy conscientes de que proteger la vida de ellos es proteger directamente la vida y la salud de todos nosotros, de todos los mexicanos. ¿Qué pasará si se generaliza el contagio de médicos y enfermeras en los hospitales dedicados al Covid-19? ¿Qué será de los más desvalidos, que somos la inmensa mayoría de los mexicanos, si nos llegaran a faltar no solo medicinas, filtros de aire, respiradores mecánicos y salas de terapia intensiva, sino también médicos, enfermeras, camilleros y choferes para el traslado de los enfermos?
No es puro altruismo ni pura solidaridad lo que nos debe mover a protestar contra el descuido de la salud y la vida del personal de las clínicas y los hospitales del país; es nuestro propio instinto de conservación el que nos debe obligar a ello, el que nos debe llevar a sumarnos a todas las voces que protestan por el brutal derroche de la vida de los trabajadores de la salud que está ocurriendo ante nuestros ojos. La recompensa será la seguridad de nuestra propia vida y la de aquellos con quienes convivimos y trabajamos todos los días. Y muchas veces a lo largo de toda nuestra vida. ¿Hace falta más?

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