Centro de Coyoacán en la Ciudad de México. México avanza en la paralización de su actividad social y económica para frenar la transmisión del coronavirus. La población pese a que se ha declarado el estado de emergencia sanitaria se trasladan a sus empleos o en espacios públicos. Algunos comercios han cerrado y a quienes no por ejemplo los restaurantes se insta solo ofrezcan comida para llevar. 31 de marzo del 2020, Ciudad de México, México.

En las calles de la Ciudad de México, no hay rastro de la emergencia sanitaria decretada por el Gobierno la noche del lunes, que restringe la operación de los negocios no básicos para la población en tiempos de la cuarentena. La capital, con nueve millones en un primer perímetro y más del doble sumada su periferia, es un fiel reflejo de todo el país, que no es uno, sino dos. Está el México que se ha curado en hospitales privados los primeros casos de coronavirus y el que aún amasa con las manos tortas y tortillas en los puestos callejeros; el oficinista que teletrabaja y el señor del carrito que vende chucherías junto al limpiabotas. Los dos países conviven: los acomodados se han autoimpuesto el aislamiento hace días, sin necesidad de la orden del Gobierno. Para los segundos, la falta de un dólar es una comida menos. Las calles de la ciudad estaban vacías después del anuncio como si fuera un domingo de lluvia, pero las tiendas y los puestos ambulantes siguen abiertos. ¿Son negocios de primera necesidad? Para el que vende, sí. Las voces que pregonan su mercadería suenan aún, hora tras hora, poniendo la banda sonora a la ciudad más grande de Latinoamérica.

Estado de emergencia se titula un libro de Carlos Fazio que se vende en una tienda del centro de la capital. Los quioscos cuelgan sus periódicos con esas mismas palabras. Pero la frase no significa mucho. El presidente ha llamado a la voluntad de los vecinos, a la bonhomía de los empresarios, para que la orden se cumpla, pero los dependientes de las zapaterías, joyerías, boutiques, ferreterías, bares y restaurantes ponen cara de ‘esto no es para mí’ y siguen su jornada. Unos policías desayunan en la famosa Casa de los Azulejos, en el Centro Histórico. Oigan, ¿este local no debería estar cerrado? “No, solo los bares, esto es un restaurante”, se excusan. En realidad, es un gran centro comercial con productos para satisfacer al más consentido en la noche de Reyes Magos. Cuatro puertas más allá, otra pareja de policías desayuna en McDonalds. En el medio de esta popular calle que conduce al Zócalo, otros dos agentes: ella dice que sí, que muchas tiendas deberían estar cerradas. Él, que tiene un guante de látex roto por completo, informa de que los comercios tienen un horario reducido. Otro agente monta en bicicleta en la calle República Argentina, a la puerta de una tienda de cuentas de plástico para hacer bisutería, que no es de primera necesidad. “Debería estar cerrado, sí, pero nosotros no podemos hacer nada, eso ya es bajo su responsabilidad”, asegura.

La noche del lunes y la mañana del martes durante la conferencia de prensa del presidente Andrés Manuel López Obrador se pidió a la población permanecer en sus casas. Se dio un paso más. Se decretó la emergencia sanitaria, pero ningún dependiente ha recibido orden de los patrones. A las once de la mañana, disciplinados como un ejército, levantaron las cortinas de los negocios. Donde manda el hambre, no hay decreto que valga. El Gobierno lo sabe bien, por eso lleva días moviéndose en una paradoja: si cierra la actividad económica, condena a la miseria a la mitad de la población; pero si dejan los negocios abiertos el virus se extenderá como una mancha de aceite y los hospitales se convertirán en morgues.

Lo que se ha adueñado de las calles es el desconcierto. Unos locales están abiertos esperando las indicaciones de la empresa; otros, poniendo el cartel de hasta nuevo aviso y los más combaten el hambre mediante el ambulantaje. La cámara nacional de restaurantes, Canirac, calcula que en las dos semanas anteriores han cerrado en México 6.000 restaurantes y temen que la cifra aumente. De hecho, así se ha ordenado. En total, el sector reúne a 550.000 establecimientos, un 90% de ellos medianos o pequeños. El peso de la industria en el mercado laboral representa el 8% del total de empleados, es decir más de dos millones de trabajadores. “Es un impacto muy fuerte, mucho más grave que hace diez años [con la epidemia de influenza H1N1], y al extenderse un mes más, las pérdidas serán mucho más acentuadas, habrá quienes desaparecerán porque 45 días [de paro] son demasiados”, lamenta Francisco Fernández, presidente de Canirac.

Así se ha decretado, hasta el 30 de abril. Dicen que las tiendas de alimentos pueden seguir operando, pero alimentos es lo que venden miles de puestos en cada esquina. El de tortas, huaraches, birrias, vampiros, tlayudas y tacos. Está el señor de los cocos, la mujer de la fruta y los que venden dulces a las puertas de los colegios cerrados desde el 20 de marzo. Son alimentos. Y si esos carritos pueden vender, por qué no el de los helados, el de la miel, el del café, y el que recoge los cartones y periódicos y el de los cordones de zapatos y el de las pilas, las gafas, los cinturones o las fundas de los móviles. La pobreza en México ahoga a la mitad de la población de un país con 127 millones de habitantes.

De nuevo el Gobierno juega con dos barajas: ordena, pero no persigue. Habla de sanciones, pero a quién. ¿A la famosa cadena de almacenes Sanborns, repartida por toda la ciudad, donde hoy mismo se puede comprar un libro, un paraguas, una joya, un producto farmacéutico o comer en el restaurante? ¿A los 7 Eleven, también abiertos? ¿A las grandes tiendas de moda? ¿A las tiendas de electrodomésticos Elektra? ¿O a los boleros? ¿A la señora que vende gelatinas y flanes? A cuál de los dos México van a sancionar.

Kilómetros al sur de la ciudad, las medidas de emergencia son también imposibles de acatar. En Xochimilco, el famoso barrio de las barcas turísticas, está a medio gas, pero sigue abierto. Los mercados están abastecidos, y las jugueterías, zapaterías, peluquerías y artesanías siguen abiertas. Vecino que pasa, vecino que saluda a María Aranda Molina, que toma una sopa de pasta bajo su sombrilla ambulante, como si fuera la dueña de esa esquina, donde lleva 20 años vendiendo artesanía. Confiesa que tiene miedo al bicho, a sus 62 años y con un marido en paro, diabético e hipertenso. En cuanto llega a casa, María se mete en el baño y se desinfecta. “Anda uno con miedo, pero la necesidad es más grande”.

México tiene una pirámide de población muy joven, esa es una fortaleza ante la pandemia, pero la temeridad puede arrasar con ella y los jóvenes parecen más inconscientes. Lo mismo Marcos Flores y Montserrat Hernández, de 26 y 18 años, que pasan el tiempo en su tienda de juguetes. “Sí hemos visto las medidas pero bueno, por ahora vamos a seguir abiertos, sería una ruina cerrar”.

En Paseo de la Reforma, una de las grandes arterias de la ciudad, se alinean los edificios que buscan el sol. Cientos de torres, miles de oficinas, pasos apresurados cada mañana con el café en una mano y el maletín en la otra, los tacones, la comida rápida entre reunión y reunión. Hoy todo está más calmado. La ciudad mexicana se cuece a fuego lento. Los recepcionistas de estos grandes edificios dicen que están a la mitad de la actividad, que en unas plantas han venido a trabajar, en otras menos… Cierto es que el tráfico ha caído notablemente, para bien de una urbe que se ahoga en la contaminación, pero los coches aún circulan a una velocidad amenazante.

El Gobierno ha pedido a los empresarios que no despidan a los empleados durante la contingencia. El canciller Marcelo Ebrard dijo la noche del lunes que a nadie puede privarse de su salario hasta el 30 de abril. Y este martes, el presidente López Obrador citó al magnate Carlos Slim como ejemplo a seguir. ”Ahora con la emergencia es un mes de retiro, de permiso con goce de sueldo. Se puede ayudar de esa manera”. Pero en la calle, podría hacerse un anuncio publicitario con las risas de tantos cuando se les interroga por su confianza en que el patrón les va a pagar un mes en casa.

En las últimas horas, algunas patronales han confesado sentirse confundidas por la ambigüedad del mensaje gubernamental. Los industriales del Estado de Nuevo León, uno de los motores económicos del país, han sugerido a sus socios una negociación con empleados y sindicatos para modificar las condiciones laborales durante la contingencia y ante la falta de claridad del decreto gubernamental.

El Centro de Estudios Espinosa Yglesias calcula que la situación deja en extrema vulnerabilidad a cuatro millones de empresas pequeñas y medianas. Por ello, el Consejo Coordinador Empresarial ha pedido una especie de amnistía fiscal para permitir el pago de impuestos en 12 plazos sin recargos y postergar los plazos de las declaraciones anuales, que vencen, para las compañías, este 31 de marzo.

Mientras, buena parte del trabajo de oficina se ha trasladado a la casa, donde los niños no tienen clases y los ordenadores echan humo. Pero por la ventana se oye aún ese otro México que da todas las horas del reloj: el que vocea el gas a las siete de la mañana (servicio esencial, pero que se podía escalonar); la campanilla insistente de la patrulla de la basura, a las 10, a las 12, a las cinco de la tarde (esencial, pero sobrarían algunos toquecitos); el vendedor de las nieves (esencial, para el que vende), a las tres de la tarde; la furgoneta de la fruta, a las siete; el comprador de electrodomésticos y lo que usted guste vender, media hora después; los moles verdes, rojos y dulces, a las ocho; la irritante chimenea del que asa los camotes, cuando la película está en su mejor momento. Muchos ruidos no han bajado aún de intensidad en esta ciudad, porque algunos de ellos son esenciales para seguir viviendo.

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