Los 2.500 millones de barriles de crudo que yacen en el subsuelo de Siria son como una gota en el océano de petróleo de Oriente Próximo, frente a los 300.000 millones de barriles que atesora Arabia Saudí o los 150.000 de Irán e Irak. Las reservas sirias, insignificantes para el mercado mundial de la energía, representan sin embargo la clave del control efectivo del país árabe. Antes de la guerra aportaban una cuarta parte de los ingresos del Gobierno de Damasco y en pleno conflicto convirtieron al Estado Islámico (ISIS, en sus siglas inglesas) en una guerrilla acaudalada. Pese al anuncio de retirada de todas las tropas de Estados Unidos destacadas en Siria tras haber proclamado la derrota de los yihadistas del ISIS, el presidente Donald Trump ha acelerado para recular en su política errática y ha acabado aceptando el despliegue de al menos 600 militares, que garantizan junto con sus aliados kurdos el control sobre los principales yacimientos.

“La permanencia de EE UU actúa como elemento disuasorio ante las amenazas, tanto de Ankara como de Damasco, de atacar a las Unidades de Protección del Pueblo [YPG, milicias kurdas aliadas] para apoderarse de su territorio”, destacan los analistas de International Crisis Group en una revisión del vuelco experimentado en el conflicto en el noreste sirio durante los dos últimos meses. La ofensiva turca de octubre —que amenazó con derivar en una guerra mundial de baja intensidad ante la presencia de tropas norteamericanas y rusas, junto a fuerzas gubernamentales sirias, kurdas y rebeldes islamistas— ha concluido con la implantación de un nuevo statu quo entre las partes en liza.

El Ejército leal al presidente Bachar el Asad ha regresado a la frontera de Turquía por primera vez desde 2012, cuando se vio desbordado por la insurgencia en el resto el país, para poner fin a la hegemonía en esa región del Frente Democrático Sirio, alianza kurdo-árabe encabezada por las YPG. A cambio, Damasco ha tenido que pagar el precio de tolerar el control turco sobre una franja fronteriza de 120 kilómetros y 30 kilómetros de profundidad en la zona de seguridad ocupada por tropas de Ankara.

El Asad ha acusado al presidente Trump de practicar “bandidaje de Estado” al haberse apropiado de los pozos de crudo. La Casa Blanca y el Pentágono argumentan que el objetivo de la toma de control del 70% de los recursos de hidrocarburos sirios era impedir que células durmientes del Estado Islámico puedan volver a apoderarse de esa riqueza. El ISIS llegó a ingresar en 2015 hasta 40 millones de euros mensuales con el contrabando de petróleo, antes de que la campaña de bombardeos aéreos liderada por EE UU arrasara las instalaciones de gas y petróleo.

Al iniciarse la guerra, en 2011, Siria extraía 385.000 barriles diarios. La producción se desplomó hasta los 40.000 barriles en 2015, después de que el ISIS conquistara la provincia oriental de Deir Ezzor, que concentra dos terceras partes de los yacimientos.

El resto del petróleo se sitúa en el noreste y el centro del país. Los kurdos pueden estar obteniendo ahora menos de la mitad de los ingresos que alcanzaron los yihadistas, de acuerdo con estimaciones de expertos internacionales. Los mismos intermediarios que colocaban la producción del Estado Islámico en el mercado turco —o posteriormente en manos de empresas sirias— estarían operando ahora para las milicias kurdas YPG, según una información publicada ayer por el diario árabe con sede en Londres Asharq al Awsat.

El inspector general del Pentágono ha alertado en su último informe de que el Estado Islámico puede estar aprovechando la tensión desatada por la invasión turca y el repliegue parcial de las fuerzas de EE UU para “reactivar sus operaciones en Siria y preparar atentados terroristas en Occidente”. Los servicios de inteligencia militar temen también que grupos clandestinos liberen a combatientes detenidos en campamentos custodiados por el Frente Democrático Sirio.

Desde la derrota territorial que sufrió el califato la pasada primavera a orillas del Éufrates, el ISIS no ha dado señales de haber reconstituido sus milicias. Mientras tanto, el ISIS se ha visto obligado a designar como nuevo líder a Abu Ibrahim al Hachemí al Qurashi, tras reconocer la muerte de Abubaker al Bagdadi. El autoproclamado califa fue abatido en una operación militar lanzada a finales de octubre en el noroeste de Siria por fuerzas de élite estadounidenses.

Cobra fuerza la versión manejada por expertos y analistas de que Washington retiene los yacimientos para impedir que caigan en manos del Gobierno de El Asad y de sus aliados rusos. El control sobre los hidrocarburos explica de nuevo el despliegue estadounidense en Siria, a la vez que compensa a las milicias kurdas —fuerza de choque sobre el terreno que apuntaló la derrota militar del Estado Islámico— por las pérdidas territoriales sufridas en las ofensivas de Turquía.

El nuevo statu quo en el noreste de Siria ha tenido un alto coste humano. La invasión turca de octubre se saldó con más de 200.000 desplazados y 120 civiles muertos, así como 500 bajas mortales entre las fuerzas enfrentadas. Durante los dos meses que duró la ofensiva turca contra el cantón occidental de Afrin, a comienzos de 2018, 200.000 kurdos fueron también expulsados y 190 civiles perdieron la vida, así como dos millares de combatientes.

La pérdida de Afrin, primero, seguida ahora de la denominada zona de seguridad fronteriza, han sido los mayores reveses sufridos en la guerra por las YPG. Ankara buscaba en Afrin la continuidad territorial para garantizar su presencia en Idlib, la provincia cercada por las tropas sirias y rusas, último feudo de la rebelión a la que Turquía sostiene desde el inicio del conflicto. En el área central comprendida entre Tel Abyad y Ras el Ain, se ha intentado poner fin al sueño de un Kurdistán sirio independiente.

Baza negociadora
El petróleo es la gran baza negociadora que se ha reservado EE UU para la posguerra siria. El secretario de Defensa, Mark Esper, confirmó a Reuters durante la reciente cumbre de la OTAN en Londres que mantendrá a unos 600 militares en Siria, un 40% menos que los desplegados antes de que la Casa Blanca diera la orden de retirada.

Mientras las fuerzas gubernamentales sirias controlan pozos de petróleo en Homs (centro) y campos de gas en Palmira (este), según informa Asharq al Awsat, Rusia confía en poder perforar en las reservas gasísticas situadas en la zona marítima exclusiva de Lataquia, estimadas en 250.000 millones de metros cúbicos. Egipto e Israel explotan desde hace años yacimientos frente a sus costas en el levante mediterráneo.

Rusia y Siria firmaron en 2018 un acuerdo que concede a Moscú derechos exclusivos para la reconstrucción del sector de hidrocarburos. Aunque Trump llegó a decir que su país puede “hacer lo que desee” con el crudo sirio, un asesor del Pentágono citado por la BBC precisó que los ingresos de los yacimientos de petróleo “irán a parar al Frente Democrático Sirio y no a EE UU”. “Custodiamos el petróleo, el combustible que movía al ISIS”, enfatizó Trump en el cónclave de la OTAN.

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