“El chelo es como un refugio cuando pasan cosas malas a mi alrededor”, dice un integrante de la agrupación

CIUDAD DE MÉXICO.- Morro da Providência es una de las favelas más antiguas de Río de Janeiro. Para la joven Gláucia da Silva, intérprete de música clásica, el camino de media hora de la base de la favela hasta la casa de su madre sigue una cuesta inclinada y pasa por un sendero bordeado por hoyos de bala.

Hay mucha violencia aquí y me preocupa quedar atrapada en eso”, dijo Da Silva, de 19 años, mientras practicaba el tercer concierto para violín de Mozart en su habitación. Normalmente cubre el estuche de su violín con un pañuelo colorido “para que la policía no lo confunda con un arma”.

Da Silva es parte de un cuarteto llamado Orquestra da Rua (orquesta de la calle) junto con otros músicos clásicos de favelas cariocas. Se conocieron por medio de la iniciativa juvenil de música som + eu, y se han vuelto cercanos por medio de sus actuaciones en las calles y el metro de Río de Janeiro; la primera tocada fue hace dos años en una pizzería cercana a la universidad donde estudia uno de ellos. En 20 minutos, con una mezcla de música clásica y éxitos pop, pudieron recaudar suficiente dinero para aprovechar el bufé estilo “todo lo que puedas comer” y llevar algo de dinero extra a sus familias.

Cada vez que toco con el grupo siento que estoy con gente que entiende lo que significa ser músico clásico en esta ciudad”, dijo Da Silva.

Jessica D’ornellas, de 21 años, es la violinista del grupo. “Mi madre me forzaba a tocar cuando era niña, pero con el tiempo empecé a amarlo y me dediqué de tiempo completo”, dijo. Actualmente estudia en la universidad, al igual que el resto del cuarteto. Sin embargo, a principios de mayo el presidente Jair Bolsonaro anunció recortes importantes al presupuesto para universidades federales como en la que estudia D’ornellas, la Federal de Río de Janeiro. Muchos estudiantes, entre ellos los miembros de Orquestra da Rua, salieron a las calles a protestar por todo Brasil en una de las manifestaciones más grandes desde la elección de Bolsonaro.

Lucas Freitos Nascimento, de 21 años, es el chelista. Compró su instrumento con lo que ganó al dar clases de música, pero dice que “no es el mejor” chelo. “Uno bueno cuesta 12 mil reales (unos tres mil dólares), y ninguno de nosotros puede pagar eso”.

El chelo me ha mantenido a salvo en las favelas”, dijo Nascimento, quien creció en el vecindario Morro dos Macacos. “Es como un refugio cuando pasan cosas malas a mi alrededor”.

Además de practicar, actuar, enseñar y estudiar, los integrantes de Orquestra da Rua son voluntarios en un centro juvenil. Ahí dan talleres cada semana para niños de Morro da Providência. En el último año recaudaron suficientes fondos para conseguir un piano y otros instrumentos para los chicos.

Juliane Nascimento de Souza, de 21 años, proviene de familia musical. “Mi abuelo tocaba el violín en la iglesia y ha sido una inspiración para mí”, dijo durante el descanso de un ensayo en la terraza de su familia en Mangueira, comunidad conocida porque tiene de las mejores escuelas de samba de Brasil. “La gente siempre se sorprende de que soy música clásica, pues la mayoría acá tocan samba”, comentó. “Nadie espera que una mujer negra y pobre toque el violín”.

Carlos Vainer, profesor de Planeación Urbana en la Universidad Federal de Río de Janeiro, dirige un programa de música y artes. Invitó a la Orquestra da Rua a un acto reciente. “El liderazgo político actual amenaza los fondos para la música y las artes en todas las escuelas públicas”, le dijo Vainer al auditorio. “La música es un bien público y grupos como éste muestran que la música necesita estar disponible para todos en nuestra sociedad”.

Aunque el futuro del financiamiento para su música esté en peligro, D’ornellas no deja de pensar en los lugares a los que podría llegar gracias a su instrumento. “Un día quiero tocar en ciudades europeas como Berlín”, dijo en su apartamento, acompañada por su prometida. “Siempre ha sido mi sueño”.

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