Para mi hermano Manuel Aspiros Villagómez, en su cumpleaños el día 28.
Bienvenido a la siguiente década.

(Primera de dos partes)

La Historia no es un asunto del pasado, ni para el olvido o la ignorancia. Es un tema muy presente y tiene connotaciones políticas. No sólo en México; en todo el mundo. Por eso la Historia debería ser una de las materias más sólidas en la enseñanza primaria, lo mismo que el civismo y el idioma español, pero con tantos experimentos habidos en los programas educativos, parece que ahora lo importante es que los chicos aprendan inglés.

En estos días que hay tanta gente escandalizada porque se les pidió a España y el Vaticano una disculpa por lo ocurrido durante la Conquista, suponemos que muchos mexicanos jóvenes conocen poco del tema porque, hace una década, cuando fue secretario de Educación Alonso Lujambio y subsecretario el yerno de la maestra Elba Esther Gordillo, fue suprimido de los textos gratuitos de Historia para primaria precisamente todo lo relativo a ese episodio y también a los tres siglos siguientes, los del virreinato.

Sin embargo, cuando son removidos hechos de nuestra historia y sus protagonistas, siempre se abren cicatrices, afloran posturas ideológicas y visiones encontradas, se alzan las intolerancias y surgen los protagonismos y las agresiones. Ya ha ocurrido. Baste recordar las sonoras polémicas durante las veces en que se habló de repatriar los restos del ex presidente Porfirio Díaz.

Y como el tema es político, cabe mencionar cuando Vicente Fox retiró de Los Pinos la pintura de Benito Juárez por su rechazo ideológico a ese personaje histórico, y la manera como restó solemnidad al aniversario natal del propio Benemérito y a los de la Constitución y la Revolución Mexicana, al crear en enero de 2006 los fines de semana “largos” y convertir esas fechas cívicas en simples días de descanso.

Y porque también es histórico, recuerde usted cómo el presidente Carlos Salinas quiso cambiar el nombre oficial del país, para que en lugar de Estados Unidos Mexicanos se llamara simplemente México. Lo mismo ocurrió en 2003 a propuesta del entonces coordinador de los diputados del Partido Acción Nacional, Felipe Calderón Hinojosa, y la iniciativa fue retomada -nuevamente sin éxito- en vísperas de los centenarios de 2010 cuando ese político gobernaba el país.

En fin, habría que recordar que hace apenas dos años, el ex candidato presidencial Cuauhtémoc Cárdenas y el abogado Guillermo Hamdan Castro propusieron que el presidente Enrique Peña Nieto avalara presentar una demanda legal ante la Corte de Justicia Internacional, para anular el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848.

Imagínese: se referían a aquel tratado “de paz y amistad” firmado ante la presencia militar de invasores en el país, por el que México perdió la mitad de su territorio en beneficio de Estados Unidos. Usted puede ver de qué tamaño era antes su extensión, en el inmenso mapa mural que ostenta en su salón de actos la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en el centro histórico de la capital federal.

En ese antiguo mapa, por cierto, se aprecia con toda claridad la isla Bermeja que “desapareció” durante el gobierno de Ernesto Zedillo y luego dijeron que nunca había existido, cuando se negociaban con la Unión Americana los límites marítimos en el Golfo de México para efectos -y en detrimento de nuestro país- de la exploración y explotación soberana del petróleo submarino.

Quienes viven atentos a criticar todo lo que diga o haga el ahora presidente Andrés Manuel López Obrador, dado su muy personal estilo de gobernar, tuvieron un motivo más de hacerse notar por su carta al rey de España y al papa Francisco en demanda de disculpas a México, que fue presentada muy a tiempo porque este año se cumple medio milenio de la invasión española, y dentro de dos habrá diversas maneras de conmemorar lo mismo: cinco siglos de que fueron derrotados los mesoamericanos por esos extranjeros. (Y dos siglos, también en 2021, de la independencia de México, que será otro tema para la confrontación política).

Para unos, serán 500 años de evangelización; para otros, de sometimiento; dirán algunos que de mestizaje, y, para los más, simplemente de conquista como tantas que han ocurrido en numerosos lugares y épocas de la historia mundial.

En cualquier caso, esa carta presidencial parece el arranque hacia un 2021 de discusión, ojalá que enriquecedora y de altura, aunque ya se sabe que nunca nos pondremos de acuerdo sobe quiénes somos y qué queremos. Porque, tristemente, según encuestas del pasado reciente, hasta hay compatriotas que quisieran ver a México como la estrella 51 de la vecina nación del norte (aunque Trump no lo permitiría) y eso sí debería preocupar a todos, incluidos los inconformes por el reclamo de disculpas.

(Concluirá)

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